10 de Junio de 1984 (y 2)

Trajes de Comunión¿Alguien quiere un «sanjacobo»? Terminamos hoy el paseo por el recuerdo que empezábamos ayer. A ver si así nos refrescamos un poquito del calor vienés.

10 de Junio.- La España de aquel 1984 todavía conservaba aún, sobre todo en esa calderilla de los usos que preservan las abuelas y que se resiste al paso del tiempo, grandes resabios de la posguerra.

Por ejemplo, pervivía aún cierta terminología militar para nombrar cosas que, hoy en día, han pasado completamente a la historia (afortunadamente). Por ejemplo, mi abuela Alejandrina siempre decía que, cuando yo hiciera la primera comunión, sería hora de que yo usara pañuelos “de cadete”, que eran unos pañuelos de tergal con las iniciales bordadas a máquina, de color azul celeste o blanco, que ya tenían casi el tamaño de los de los adultos.

Un traje de hombrecito

La ropa con la que se hacía la primera comunión, en consonancia con este deseo de que los niños abandonaran la infancia y entrasen en una especie de “versión mini” de la edad adulta, era muy importante, porque se suponía que este ritual marcaba la frontera de la infancia y la entrada en la pérdida de “la inocencia” de los niños.

Los chicos, que a la altura de los nueve o los diez años somos todavía más bajitos que las niñas y conservamos aún el aspecto infantil, no planteaban tantos problemas a la hora de comprar los trajes para comulgar –trajes que, por supuesto, se podían reciclar para cualquier otra ocasión que exigiese cierta etiqueta-; pero las niñas eran la pesadilla de las madres porque había muchas que, al filo de los diez años, ya habían empezado a dar el estirón y apuntaban la mujercita que serían poco tiempo después.

“Hija –se decían unas a otras, como si quisieran conservar a las hijas jibarizadas para siempre- como cada día hacen la comunión más tarde, hay algunas que parece que van vestidas de novias”.

Mi traje de comunión se compró en un comercio que ya no existe –supongo que, como con Franco, “el hecho biológico” y el implacable signo de los tiempos, terminó con su clientela-. Se llamaba Poval y, con sus oropeles y sus espejos y su borroso señor con la cinta métrica al cuello, era lo más parecido al glamour a que podían aspirar nuestras madres.

Cada vez que aquellas amas de casa, bastante más jóvenes de lo que yo soy ahora, necesitaban algo “de más vestir” (¡Cómo desaparecen las expresiones, madre mía!) se dirigían a aquella tienda en la que, al pasar, disimuladamente, siempre se espiaban los escaparates.

El día de mi primera comunión fui vestido de pantalón crudo, blazer cruzado azul marino con botones dorados, camisa blanca y una cinta azul marino que hacía las veces de corbata. Todo nuevo. La muda también era nueva así como los calcetines de perlé blanco, muy suaves y distintos de los calcetines bastos, de tenis, con una raya azul y una raya roja, que utilizábamos a diario para ir al colegio. Los zapatos eran negros, mocasines, si no recuerdo mal y, siguiendo a la autoridad máxima en la materia –mi padre, que es zapatero de oficio– los llevé un par de días por casa para “domarlos”, así se decía, y que no me hicieran daño.

La confesión: momento de alta tensión ambiental

Para hacer la comunión, la Srta. Paz y el Don Antonio insistían mucho en que había que estar en ayunas y “en gracia de Dios”. En ayunas no ofrecía ningún misterio (aunque era inevitable pensar en los temibles análisis de sangre y otras pruebas médicas), lo de Dios y su gracia era ya más enigmático. En las últimas lecciones del catecismo, se nos explicaba que, para conseguir estar en gracia de Dios había que confesarse.

Espinoso asunto.

Mi comunión fue tal que un martes –fue el día del Corpus Christi, entonces festivo-; así que nos citaron para confesar el viernes anterior, en una iglesia desierta en la que ya se estaba fresquito en contraste con el calor exterior. El sacerdote, que no era el Don Antonio, sino un hombre joven que se me ha borrado de la memoria, estaba sentado en una cosa como una banqueta de piano, con el asiento forrado de rojo. No había nada que lo separase de los confesandos, que aguardábamos nerviosos sentados en los bancos, en un silencio ominoso –al fin y al cabo, se suponía que íbamos a confesar nuestras culpas-.

Los niños íbamos avanzando de uno en uno por turnos, nos parábamos al lado del cura, decíamos la fórmula “Ave María Purísima” (“sin pescado en la cocina”, decían los más traviesos) y repetíamos disciplinadamente lo que la Señorita Paz nos había enseñado: “verá Padre, es que es la primera vez que vengo a confesarme… –de sobra lo sabía el cura, pero bueno- ¿Y de qué te acusas, hijo mío?”…Y aquí venía donde la mataban, porque claro, a los nueve años ¿De qué coño puede uno acusarse? ¿De antropofagia? ¿De incesto? ¿De simonía?

El día en que nos dijeron que el viernes nos tocaba confesarnos para obetener la gracia divina, yo le pregunté a mi madre, que estaba haciendo unos “Sanjacobos” (¡Otro alimento viejuno!):

-Oye mama –sin acento- oye mama y cuando el cura me pregunte ¿De qué me acuso?

Mi madre, mientras le daba la vuelta a los sanjacobos puso cara de apuro.

-Pues no sé…

-Es que dice la Srta Paz que todos los niños tenemos pecadillos.

-¡Ay, hijo! –contestó mi madre impaciente entre chirrido y chirrido de la sartén- Pues no sé, dile al cura que te has peleado con tu hermano, o que no le has querido dejar algo…

Y yo, muy bien mandado:

-Mire, padre, que me acuso de haberme peleado con mi hermano, de haber desobedecido a mis padres y de haber dicho mentiras. Ya está.

-¿Y estás arrepentido, hijo?

-Mucho, padre.

-Pues hale, vete a tu sitio y reza dos avemarías –ya me las sabía, debido a la diligencia de Don Antonio, el cura drag queeny un padrenuestro y no lo vuelvas a hacer.

-Vale padre. Hasta luego.

-Ve con Dios.

El Gran Día

El “gran día” llegó y yo sentí esa especie de tensión que, en este mes pasado, han debido sentir mis amigos que se han casado. Esa especie de miedo al tropezón que distingue a todos los que, sin quererlo, se convierten en centro de atención más por la fuerza de los acontecimientos que por su propia voluntad.

(Por cierto yo, entonces, era muchísimo más tímido que ahora y solo de pensar en ser el centro de atención me salían ronchas).

Este miedo escénico hace que todos mis recuerdos de ese día estén envueltos en la irrealidad. Recuerdo que todo el mundo me felicitaba por una cosa que a mí, por dentro, ni fú ni fa. Para cuando había llegado el momento de la hacer la comunión, ya se me habían pasado las ganas de ser misionero –que supongo que son unas ganas que, sometidos al atornillamiento de la catequésis, le acometen a todos los niños- supongo que porque, con esa lucidez extraña que los niños tienen a la hora de mirar a los adultos –una lucidez que viene de no estar presos de las cautelas, las reticencias y sobreentendidos con el que el mundo adulto se protege-.

Y es que, queridos lectores, los adultos nos creemos muy listos pero si hay alguien a quien no se puede engañar es a un crío de nueve años, acorazado de inocencia, ignorante de todo. Un crío de nueve años nos ve como lo único que quizá somos: seres humanos cojos, flacos, cortos.

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