El arte de sacudir alfombras

Hombre pensativoEspero que mis lectores me perdonen el «jose-luis-morenismo» si digo que hoy, Viena Directo, se viste de gala. Pero es que es así. Hoy tenemos una colaboración muy especial que ha atravesado el Mediterráneo -!Qué sería de nosotros sin la fibra óptica!- para llegar hasta estas páginas. Mi primo, Iñaki, que vivió en Viena y que conoce a los austriacos y los quiere como yo los quiero, con sus cosas buenas y sus cosillas no tan buenas, utiliza una figura que fue superpolémica en su tiempo, la del polémico presentador Hermes Phettberg, para hacer una disección sagacísima del alma austríaca y de la relación que los aborígenes tienen con sus ciudadanos prominentes.

Es, de verdad, para disfrutarla muchísimo.

El arte de sacudir alfombras

AUTOR: Ignacio Delgado

Para mi mujer, B., por todas las formas en que me inspira.

Austria mantiene una ambivalente relación con sus intelectuales, artistas y enfants terribles.  Por un lado presume de su alta cultura  y honra a sus artistas (siempre que éstos lleven décadas muertos o apartados de la vida pública y no puedan contradecir el discurso oficial) con constantes celebraciones de aniversarios, bicentenarios y retrospectivas. Sin embargo, mantiene una prudencial distancia con aquellos que, por estar vivos, son susceptibles de polemizar, provocar o cuestionar esa amable armonía que parece regir las relaciones entre sus ciudadanos arrojando luz sobre su tenebroso reverso: las corrientes subterráneas (los sótanos, si lo prefieren, pese a sus macabras connotaciones, pero no creo que sea casualidad que se hable, por ejemplo, de Kellernazis) donde laten las más bajas pasiones, la solapada violencia y la mezquindad.

Esa gran igualadora que es la muerte obra entre los artistas, con la ayuda del paso del tiempo y la reiteración del homenaje oficial, un curioso truco de magia: garantiza la entrada al panteón de los ilustres, el retorno al seno de la madre patria que vela por todos sus vástagos, incluso por los díscolos que abjuraron del azucarado sentimentalismo con el que suele recubrir a sus mitos y la conversión en símbolo de Austria.  A cambio, diluye la obra, silencia las críticas que el artista pudo verter contra su país, y oculta los aspectos más polémicos, dudosos e incómodos (para el establishment) del personaje.  Piensen, por ejemplo, en Egon Schiele y en sus retratos de púberes prostitutas famélicas o en sus autorretratos.  Cada pocos años se celebra una retrospectiva de su obra y los amantes del arte se pasean entre pre-adolescentes desnudas en extraños escorzos y primeros planos de enormes falos enhiestos, porque la muerte y el paso del tiempo (y, no menos importante, la calidad artística) han convertido en aceptable lo que escandalizó a su época.

Y es que, el escándalo y el escandalizarse, la provocación y el dejarse provocar parece ser un divertido juego (con algo de catártico) al que el público austriaco le encanta jugar. Hermes Phettberg, nombre artístico de uno de los enfants terribles de los noventa y presentador del Nette Leit Show, se definía como sadomasoquista, se hacía azotar por jovencitos en shorts en performances públicas, y declaraba públicamente su homosexualidad o hablaba de sus defecaciones durante sus delirantes entrevistas, casi monólogos, con personajes famosos.  Cuando abordaba temas escabrosos o hacía declaraciones polémicas en su programa, se podía oír entre el público esa risa nerviosa de quien se regocija como un niño en lo malsonante (caca, culo, pedo, pis) y al mismo tiempo se escandaliza como una beata ante la barbaridad pronunciada.

Sin embargo, ese regodearse en la fealdad, la violencia, el sexo extremo, y la mezquindad humana, ese poner el acento en lo macabro y lo grotesco que parece aquejar a los grandes artistas e intelectuales austriacos (piensen, por ejemplo, en la desnuda crueldad de las películas de Ulrich Seidl, la inquietante violencia solapada de las películas de Haneke, los Kellernazis o el sexo aberrante de las novelas de Jelinek, los locos que oscilan entre la brillantez y el delirio de las novelas de Bernhard, o los despreciables protagonistas, como Herr Haslinger, de las canciones de Hirsch), no busca escandalizar por escandalizar, sino que se sirve del escándalo para criticar la complaciente imagen de perfección que Austria ofrece de sí misma, mancillar su belleza barroca, cuestionar esos valores de Heimatfilm (solidaridad entre vecinos, temor de Dios, la bondad congénita de su muchachada, la familia en la que impera el amor y la justicia, el respeto a la autoridad) que supuestamente anidan en el corazón de cada austriaco, y poner al austriaco frente a lo que es: un ser humano, admirable y despreciable como cualquier otro, capaz de desinteresada bondad y gratuita crueldad.

El papel que los artistas e intelectuales austriacos cumplen es el romper a martillazos la gruesa y empalagosa capa de azúcar que recubre y preserva como el formol los mitos que Austria se cuenta a sí misma, sacudir las alfombras bajo las que se intentan ocultar los problemas, iluminar las zonas en sombra (una incompleta desnacificación, el racismo, el sexismo, la brutalidad) a las que nadie quiere mirar, y ofrecer al público reflexión y catarsis.

Resulta, sin embargo, triste pensar que los malditos de hoy que tanto se afanan en desmentir las falsedades que asumimos como ciertas serán los símbolos edulcorados del mañana.

Nacho

Ignacio Delgado es periodista y escritor. Entre otros países ha vivido en Israel, Rumanía y Austria. Actualmente, reside en El Cairo.

 

 

 

 

 

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