Vacaciones con Kodak, vacaciones como las de antes

Yashica LynxY es que a mí me preguntan ¿Te interesa? Y no tengo dudas: siempre digo que sí.

5 de Agosto.- El otro día, frente a sendas tazas en un café vienés (el que está pared con pared de la Schottenkirche) charlaba yo con un fotógrafo amigo mío sobre una perplejidad que nos ha asaltado a los dos últimamente.

Antes de empezar con el meollo del asunto

Los dos tenemos muchas cosas en común. Paso a enumerarlas.

Los dos, por ejemplo, somos españoles. Los dos, llegamos a Austria más o menos al mismo tiempo. Empezamos a hacer fotos cuando ya estábamos en Austria (creo). Los dos, tenemos también en común que nos ganamos las habichuelas con otra cosa pero creo que, más o menos al mismo tiempo (en esta sincronía que nos une) a los dos nos está pasando lo mismo: lo que al principio era una afición que nos llenaba el tiempo libre, está empezando a ocupar más y más espacio en nuestra vida hasta el punto de que, supongo, nuestro entorno lleva ya un tiempo preguntándonos/preguntándose “y bien, ¿Qué vas a hacer con toda esta inversión en tiempo y material?”. O, como a mí me preguntaron el otro día: “Y luego, con todas esas fotos ¿Qué haces?”

Resulta un fenómeno extraño, porque, vista desde fuera, nuestra situación no ha cambiado y la fotografía, sobre todo de cara a nuestra cuenta corriente, sigue siendo una afición, porque no ganamos dinero con ella. Sin embargo, creo que a los dos nos duele un poquito en el pundonor que nos califiquen de fotógrafos “aficionados”, máxime cuando los dos conocemos fotógrafos de los llamados “profesionales” que, modestia aparte, hacen unas fotos que no tienen ni la mitad de gracia que las nuestras.

A mí, el tema me ha dado mucho que pensar, pero creo que he dado por fin con una respuesta a la pregunta ¿En qué nos diferenciamos este hombre y yo de los fotógrafos “aficionados”? Y creo que nos diferenciamos, fundamentalmente, en cómo nos mira la gente.

O sea, que para nosotros están empezando a ser normales cosas que no son normales para la gente que se compra una réflex en el Mediamarkt y la tienen, cosa más triste, toda su vida en automático. Esto es: lo de ir todo el santo día con una cámara colgando (del tipo que sea); lo de, a falta de otros modelos, poner a nuestras familias, amores y amistades delante del objetivo ¿Para qué? No para retratarles (o no solo) sino, muchísimo más divertido, para INVESTIGAR.

Mi amigo (el cual ya tiene una obra respetable a las espaldas, aunque no estoy seguro de que él considere sus fotos así) y yo, sospecho que nos pirramos por aprender, por ese proceso que consiste en incorporar a nuestra colección un nuevo aparato y exprimirle todas las posibilidades. Jugar constantemente, como juegan los niños al ¿Qué pasaría si…? Y expandir nuestros límites como se conquista un espacio nuevo que ofrece apasionantes posibilidades. Hoy, aprendemos a revelar (él, que yo no sé todavía) como ayer aprendimos a encuadrar. Prueba y error, aprendizaje, perfeccionamiento, acercando cada día más la realidad de la artesanía al deseo.

Por lo demás, mi amigo y yo, como fotógrafos, salvo pertenecer a lo que, en el futuro, no tengo dudas, se llamará “El grupo español de fotógrafos en Viena”, tenemos poquísimo en común.

Yo soy predominantemente digital (utilizo mis fotos normalmente como ilustración de mis textos, y eso impone un ritmo), él es analógico. A mí me fascinan las personas, él es un ser que consigue ese milagro de convertir la geometría cotidiana en poesía. Yo publico mis fotos diariamente en este blog y él, muy despacito, conforme las va revelando.

Retomando lo que decía un poco más arriba, el cómo nos mira la gente, contaré la historia de varias imagenes que ilustran el artículo de hoy.

Yashica 1C Lynx

Hace unas semanas, un amigo me mandó desde España un whatsapp con una foto de la belleza que ilustra estas líneas: una Yashica del año 1968 que había pertenecido a su padre ¿Te interesa? Me dijo y yo, inmediatamente le dije que sí. La Yashica fue, en su día, una cámara muy deseada por los aficionados y, en cuanto se coge en la mano y se empieza a jugar con ella, uno se da cuenta de por qué. Es un aparato robusto y, esta de la que hablamos, sigue haciendo unas fotos estupendas aunque, sospecho, la grasa de los componentes interiores, como sucede a veces, se ha endurecido un poco y eso hace que, aproximadamente en una foto de cada treinta, el diafragma se atasque un poquitín. Este modelo en cuestión fue uno de los primeros electrónicos y lleva un fotómetro con una batería (no lo he probado porque, sospecho, la batería se debió de gastar a primeros de los setenta). Cuando me la trajo a casa, inmediatamente me enamoré de ella y, como siempre hago cuando llega a mis manos una cámara nueva, la cargué (un carrete Kodak de 36, nada menos, 200 ASA) y me la llevé de vacaciones a un fin de semana que pasé hace dos en Salzkammergut, en Salzburgo.

¡Qué placer! Hacer fotos como antes. Una vista, pimba, una foto. Sin tirar ráfagas, con ese puntito como budista que da eso de decir “no, no hago otra por seguridad, si tiene que salir, pues que salga y ya está”. Eso de ir a llevar los carretes a revelar y esperar (poco, porque ahora son muy rápidos) a ver las fotos.

Es otra manera de hacer fotos, eso de llegar a las 36 y decir “hale, aquí cierro el kiosko” o eso de decir “jo, he hecho treinta y cuatro, venga, voy a hacer dos fotos chorras para llevar el carrete a revelar”. Un placer.

Vacaciones con Kodak, vacaciones como las de antes.

(Todas fotos de este artículo menos, obviamente, la cabecera, están hechas con la Yashika).

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Un comentario a Vacaciones con Kodak, vacaciones como las de antes

  1. Sandra dice:

    ¡Qué maravilla!,¡cómo corría yo de ilusionada hacia el «fotógrafo» para que me diera el sobrecito con aquellas fotos en papel reluciente y sin terminar de pagar,y delante de los otros clientes,ni esperaba,las sacaba y de allí no me movía hasta que las veía todas,»oiga,y ¿está usted seguro señor fotógrafo de que han salido todas?,déjeme que repase los negativos….»je,je aquellos años….

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