Todos sueñan lo que son

Hombre durmiendoLa entrada del miércoles pasado motivó una interesante discusión en el Facebook de Viena Directo. Quien quiera y tenga la paciencia puede leérsela aquí (también puede darle al “me gusta”, que es cosa que siempre me hace ilusión). Durante esa discusión dije algo que creo firmemente y es que no solo somos lo que somos, sino que también somos, y en no poca medida, lo que creemos que somos y lo que los demás creen que somos. Este post es una explicación algo más extensa (y espero que amena) sobre este asunto.

 

13 de Agosto.- Querida Ainara (*) : desde los albores de nuestra conciencia, por alguna razón, todos reaccionamos más a unos estímulos que a otros; en mí, desde que era niño, esa reacción siempre se ha producido por medio de la palabra. Cuando leía algo, o alguien lo leía delante de mí, y ese algo me llegaba, siempre pensaba para mí “!Eso es! Yo no lo hubiera dicho mejor”.

Recuerdo que una de esas cosas fue el monólogo de Segismundo, de La Vida es Sueño, de Calderón.

Tuve que leerlo en el colegio pero, mientras que, para la mayoría de mis contemporáneos, supongo, el monólogo fue un trozo de letra muerta, yo me lo aprendí de memoria la primera vez que lo escuché porque fue para mí, desde el principio, más que un texto literario, un trozo de verdad. Particularmente la frase “todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende”.

Desde la primera vez que la leí, supe que Calderón y yo habíamos tenido la misma intuición. Y es esta: no solo somos lo que somos, sino que somos también, y muy especialmente, lo que soñamos (tradúzcase por creemos) que somos.

Aprendiendo “para el futuro”

Yo lo interpreto así: durante el proceso en el cual nos convertimos en personas, ese proceso en el cual se nos educa para que formemos parte de una sociedad, durante el cual adquirimos los usos del tiempo y del lugar que nos acoge y sobre los que se desliza nuestra vida, no solo aprendemos para el presente sino que también la sociedad se asegura su propia estabilidad haciéndonos aprender “para el futuro”. Esto es, aprendemos cómo creemos que se espera de nosotros que reaccionemos, en el caso de que una situación equis se presente.

Ese corpus es tan nosotros, forma hasta tal punto parte de la imagen mental que tenemos de nosotros mismos, que nos acompaña durante el resto de la vida. Madurar, en mi opinión, es también relativizar ese lastre, no comportarnos siempre conforme a lo que se espera de nosotros, sino elaborar nosotros mismos un patrón moral propio que nos ayude a ser más justos, a adaptarnos mejor la situación, a arrumbar prejuicios estúpidos sobre las personas y las cosas. En una palabra: a ser mejores hombres y mujeres.

Te podría poner ejemplos infinitos de cómo, ante determinados estímulos, no sale nuestra auténtica naturaleza, sino lo que creemos que causará más placer a nuestro entorno y nos granjeará valoraciones favorables de nuestros semejantes. Los hay de nivel primario, por ejemplo, en el lenguaje gestual. O sea, los gestos y sonidos que emitimos buscando quedar prestigiados ante los que nos observan y creemos que nos juzgan, porque pensamos que nos asocian a valores y cualidades deseados, como por ejemplo la juventud o la modernidad o la pertenencia a la generación que está “en la cresta de la ola”.

Como esas personas que, para expresar alegría o placer (por ejemplo en un concierto de su zorritonadillera favorita) dan gritos como han visto hacer en las películas americanas a las cheerleaders o expresan la emoción honda, por la muerte de una mascota, por ejemplo, con el tipo de gestos que han visto en los realities, en donde todo, todo, todo, se desarrolla conforme a un guión.

Esta operación de camuflaje se hace también a niveles más complejos, por ejemplo, el ideológico. Y a veces resultaría divertida si no fuese porque este tipo de cosas pueden ayudar a j*der mucho la marrana (con perdón) a personas malintencionadas. Por ejemplo: yo tengo un amigo que se precia de ser muy progresista el cual es amigo a su vez de un bicho con forma humana que es gay. Durante mucho tiempo, el gay le ha hecho la vida imposible al progresista de todas las formas a su alcance y, sin embargo, mi amigo el progresista nunca hará nada para defenderse del gay (ni siquiera dejarle de hablar), porque a él le parece que lo que se espera de una persona de su ideología es tener una tolerancia infinita con los homosexuales y no darse cuenta de que la normalización del hecho homosexual consiste exactamente en lo contrario, en tratar a los gays también como lo que son: personas comunes y corrientes, ricos y pobres, cabrones con pintas y honrados, generosos y tacaños, etcétera.

Los hombres no lloran

Una de las cosas en las que más se manifiesta ese aprendizaje “a futuro” es en los roles asociados a cada sexo.

No quiero caer en el extremo de afirmar que, salvo la pilila o la almejilla todo es cultural, pero sí que es cierto que, dejando aparte los condicionantes biológicos –el sexo, en mi opinión, reside mayormente en el cerebro y los cerebros de hombres y mujeres son diferentes- nada hay más movedizo que lo que se supone que los hombres y las mujeres somos o se supone que debemos ser para desempeñar nuestro papel. Es una cosa tan arbitraria y tan sujeta a modas –no hay más que ver la evolución de la cuestión durante el siglo pasado- que casi ruboriza el tener que andar explicando lo evidente.

Entre Marte y Venus, o sea, hay una infinita gama de grises.

De esto se da uno cuenta, sobre todo, cuando es un hombre que no encaja en el patrón, como me sucedió a mí durante toda mi infancia y, en ciertas cosas, me sucede aún hoy.

No me gusta el fútbol, me emociono con facilidad y no me da miedo que se note, y siempre me gustaron los juegos “de niñas” a pesar de que la sociedad, en forma de un grupo de condiscípulos más o menos cafres, intentaron devolverme al redil de la “masculinidad” (tal como ellos la entendían, eso sí) en más de una ocasión.

Por eso, Ainara, me alegra infinitamente el saber que tú juegas al fútbol mil veces mejor de lo que yo lo haré nunca y que te gusta y disfrutas haciéndolo, porque creo que cada uno, siempre que no moleste a nadie, debe ser libre para que le dejen ser como es y hacer lo que le guste sin fastidiarle la vida al prójimo y sin tener que verse en la necesidad de ponerse la opinión de los otros por montera, cosa que siempre es un coñazo.

La civilización consiste, en mi opinión, precisamente en eso.

Besos de tu tío.

(*) Ainara es la sobrina del autor

Articulo publicado en Cartas a Ainara con las etiquetas: , , , . Guarda el enlace permanente.

4 Responses to Todos sueñan lo que son

  1. Sandra dice:

    El quererse a uno mismo es una aventura que dura toda la vida y en el camino puede que,buscando ese querernos, tengamos que reinventarnos muchas veces,pero siempre hay que mantener la libertad del alma y no venderla por mucho que los demás insistan.Un abrazo muy grande a las almas valientes.Me ha gustado hoy este post,gracias.

    • Paco Bernal dice:

      Muchas gracias por tus comentarios, Sandra. Me comentas casi todos los días y todos dices algo con mucho sentido 🙂 Es un placer. Un saludo

      • Sandra dice:

        El placer es mío

        • Sandra dice:

          Además,tu manera de escribir sencilla sin artificios,sin más intención que compartir lo que pasa por tu mente y tu alma es de agradecer.Transmites muy bien,las sensaciones y por eso mucha gente te lee.Es como un «club clandestino» de españoles cuando buscamos entender a los aborígenes,y mira que en mi caso yo tengo el «objeto de estudio» dentro de casa

Responder a Sandra Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.