La cárcel de papel

SouveniersLos españoles nos quejamos siempre de que el alemán suena muy duro al oído, pero también hay palabras en español que son horribles ¿Encuentras alguna de las tuyas?

14 de Agosto.- Mi compañera Elena –italiana, pero que habla perfectamente español- y yo, mantenemos sabrosas conversaciones filológicas.

El otro día, estábamos en la cocina del trabajo haciéndonos sendos bocatas para doblar el Cabo de Hornos del mediodía cuando ella fue, y me dijo que cómo se nos ocurría a los españoles llamarle a una cosa tan adorable como la cría de cualquier mamífero con una palabra tan tremebunda como cachorro. Y es que sí, aceptémoslo, nosotros es que hemos crecido con el español entre los labios y nos pasa como a esos padres de hijos horrorosos que, cegados por la fuerza de la filiación, ven a sus retoños como querubines, pero la verdad es que “cachorro” es una palabra bien fea. Sobre todo, cuando está destinada a nombrar lo que nombra.

Y es que, pacientes lectores míos, los españoles nos quejamos mucho de que el alemán es un idioma que suena agreste al oído, pero también es verdad que tenemos en español expresiones y palabras que, con las arbitrariedades que, lógicamente, impone el buen o mal gusto de cada cual, son que “pa qué las prisas”.

Hoy hablaremos pues de

Filias y fobias lingüísticas

Pasemos revista a las mías.

Mi hermano, el padre de Ainara, que es un hombre, como Elena, muy sensible a estas cosas del bien hablar, afirma que cada vez que un/a estúpido/a utiliza la expresión “rizar el rizo” se muere un angelito en el cielo. Comparto enteramente su opinión.

Igual pasa cuando algún indocumentado habla de que Paris Hilton está “haciendo sus pinitos” en tal o cual aspecto de su ya larga carrera por el puteo fino. O cuando se dice de alguien que “se ha subido al escenario” (o a los escenarios, aún más indigente). Asimismo, yo siento punzadas en el hígado cada vez que escucho a alguno de los miembros de la tribu que yo llamo de “los seguidores”. Esas personas que, aún habiendo (presuntamente) recibido una formación universitaria, son capaces aún de escribir que fulanito (Enrique Iglesias, por ejemplo) “sigue los pasos de su padre”. Por no hablar del uso de “encantos” en frases de la forma “Miley Cirus –o la mamarracha de lady Gaga- han enseñado sus encantos en Instagram” cuando las aludidas le han enseñado al respetable mamas o nalgas. Hay pesadas a las que había que condenarlas a vivir sin eufemismos.

Esto del odio a las palabras feas y a las expresiones ordinarias debe de ser cosa de familia porque, aún siendo como es el castellano nuestra patria y el bosque frondoso en donde más cómodamente nos movemos, ni mi hermano ni yo podemos soportar ni los cuajarones, ni las Zurrapas, ni los truños, ni los calostros (palabra esta última que nos parece totalmente asquerosa). Yo añado una más: “barboquejo”.

Coincido también con mi hermano en que jamás le atizaría a ninguna mujer con los calificativos “borracha” o “zorra” que, amén de por grosería, son insultos feísimos (debe de ser por esas dos erres que se arrastran por ahí y que arañan y raspan como aquellas paredes de diente de perro de nuestra infancia) y que son dos palabras que tienen la entidad y el peso de dos cantos dirigidos directamente a los dientes (otra expresión, por cierto, que desde niño me ha producido ronchas).

Y como no quiero ser parcial ni restarle a nuestros hermanos de allende la mar océana ingenio a la hora de parir palabras horrendas, borraría de la Memoria de la Humanidad el feísimo vocablo “Chido” el cual factura automáticamente a quien lo pronuncia o lo escribe a la tribu de los diarréicos mentales.

No me temblaría el pulso a la hora de mandar a un correccional de Corea (la mala) a la gran mayoría de los locutores deportivos (ahora que estamos en época de vueltas ciclistas, a todo el que dijese “grupeto” lo podría bajo llave en un sitio cercado con alambradas de espino, para que la Humanidad pudiera por fin sentirse a salvo).

Collejas contundentes para todos los marsupiales que escriben una i latina cuando deberían utilizar la i paisana de la Reina Sofía, siete años (por no poner siete siglos) de mal sexo a los kés, a los quandos y a otras abreviaturas en las que lo punk se mezcla con lo descortés y, por último, fuego eterno a los que, en español, escriben Vienna, con dos enes.

Confieso que esto último me pone enfermo porque no sé si es por vaguería, por cortedad, por analfabetismo o por todo a la vez.

Menos mal que, lo mismo que hay palabras horrendas, tenemos palabras hermosísimas, como sortilegio, plegaria, casa, hogar, parénquima, monumental (esa palabra que la dices y parece que te suenan campanas por dentro), endémico, pionero, cefalorraquídeo (que es una palabra que suena como a reptil cretácico), dominó, paz, aljófar, carminativo, alamar…En fin, la lista sería tan consoladora como interminable.

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2 Responses to La cárcel de papel

  1. Sandra dice:

    Razón «como la copa de un pino» (el pino y la copa me ponen a mí nerviosa).Yo no puedo más que «rascarme las vestiduras» cada vez que alguien utiliza los pronombres incorrectamente,
    «miraaaa que la ha dicho a la Paqui que la compra el pescado»,»no la preocupa demasiado»…..Ahí «los»dejo a ustedes mi comentario

  2. M. dice:

    No puedo con las palabras subnor***, viejo y mari***. De verdad, cuando escucho a alguien decir «¡Pero seré subnor***!» me entran todos los males. Tampoco soporto el dicho «Más vale malo conocido que bueno por conocer». Nunca le he encontrado el sentido. En inglés sí lo tiene (más vale malo conocido que MALO por conocer).

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