Usuarios e incidencias

Go gatschSi uno lo piensa, al final todo se reduce a lo que decía mi abuela: «trabajar con el público es muy esclavo».

11 de Septiembre.- Uno de los mascarones de proa de lo que yo llamo “lenguaje de teleoperador” o “lenguaje de call center” es la palabra “incidencia”. Antes, la gente tenía problemas con su batidora nueva, por ejemplo; o se compraba una pastillica en una tienda de internet que le ponía el miembro en posición de firmes durante una semana entera y, al final, los médicos tenían que tomar cartas en el asunto y arriarle la bandera por la fuerza de las armas; o “se iba la luz” y había un corte de suministro; o, si había pedido una sopa en un restaurante y se encontraba un pelo o una mosca nadando felizmente en el líquido nutricio, uno podía quejarse al camarero y este no le decía:

-Ahora mismo le arreglo la incidencia.

También sucede por ejemplo con “servicio”.

Todos los días somos espameados por tierra, mar y aire, con cosas que sus dueños pretenden cubrir de prestigio llamándolas “servicio”.

Por ejemplo, esa usura moderna de los créditos instantáneos a un interés exorbitante es un “servicio”, las obreras del amor hacen un “servicio” también; los que intentan encasquetarte cualquier producto mandándotelo a casa a precio de oro en barras también llaman a sus chiringuitos virtuales “servicio” y los señores que, antiguamente, se iban de chatis, ahora, lo que hacen es utilizar “este servicio” de las trabajadoras de los campos de plumas. A estos, antiguamente, se les llamaba “puteros” o “putañeros”, de manera más quevediana. Ahora, simplemente, son “usuarios de un servicio” a los que los ayuntamientos discuten si multar o no.

Otra palabra que, como esos cangrejos foráneos que invaden los deltas de los ríos y se meriendan las especies autóctonas, está destruyendo lo que antes era un bonito y ordenado ecosistema léxico.

En la antigüedad, éramos clientes de un banco, prestatarios de libros en una biblioteca, éramos lectores de un periódico (aunque fuera virtual), éramos pasajeros a los que una línea aérea sacaba las entrañas por un billete y luego las cocinaba encebolladas delante de nosotros, o viajeros que se movían de un lado para otro. Éramos automovilistas despistados o ángeles del infierno que rodaban por las autopistas, en busca del turrón navideño en casa de cada uno. Éramos contribuyentes que penaban por las covachuelas de la administración, arrastrándose de mostrador en mostrador en busca de una póliza o de una apostilla. Éramos enfermos a los que les tenían que extirpar un apéndice o curar un juanete o arreglarles el tabique nasal.

Ahora, no. Ahora somos: “usuarios de un servicio financiero”, “usuarios de una biblioteca” (se advierte a los señores usuarios…) , “usuarios de las autopistas”, “usuarios de una línea aérea de bajo coste”, “usuarios de la administración pública” o “usuarios del servicio hospitalario”.

Una pena.

Obviamente, todas aquellas cosas que nacieron después de la invención de esta amojamada y estúpida neolengua han pasado a ser nombradas “a lo moderno”. Por eso, todos somos “usuarios” de Facebook.

Paco y los señores usuarios

Prácticamente desde su principio, soy administrador de los grupos de Facebook “Españoles en Viena” y “Españoles en Austria”. Es un trabajo que normalmente hago con muchísimo gusto, porque la mayor parte del tiempo en ambos grupos reinan la paz, la solidaridad y la cortesía más exquisitas. O sea, que es una cosa placentera, relativamente fácil y, gracias a la cual se conoce a una gente estupenda.

Como parte de un equipo muy bien avenido de administradores (me acompañan otras cuatro personas a las que, desde aquí, rindo mi homenaje, porque hacen una labor de quitarse el sombrero) ejercito todos los días la sana virtud de intentar ser lo más ecuánime posible.

Procuro tomarme con tranquilidad budista incluso los casos de spam más grosero (“Su madre la obligó a acostarse con su padrastro, vean lo chévere que se vió” o “Wow! Este vídeo de cómo se aparean las comadrejas está siendo censurado en internet, compártalo antes de que se borre”). Me muerdo los codos ante aquellos casos en que la ortografía o la puntuación de los comentarios le pondrían los pelos de punta a un pitecántropo. Y, al hacerlo, me digo que “el sufrimiento purifica” y ofrezco el mío por la salvación de mi alma o, por lo menos, para el perfeccionamiento de mi paciencia.

Sin embargo, yo, que soy el más pacífico de los hombres, tengo un punto débil que me roba la calma y, con relación a los usuarios, es este: se trata de esa clase de “usuario”, afortunadamente muy poco frecuente en los grupos de que hablo, que utiliza el “servicio” Facebook como antes se utilizaban las puertas de los wáteres de caballeros, paraíso de la expresión irresponsable (irresponsable no por temeraria, sino porque uno puede decir lo que quiera sin temor a que nadie le atice un collejote).

Esos usuarios, utilizan Facebook y otras redes sociales como desahogo. Responden a un retrato robot muy definido: suelen ser utilizadores discontínuos de la red social, que solo aparecen cuando necesitan resarcirse de una bronca con la parienta o de un disgusto laboral que les roba parte de su autoestima (para ellos, Facebook es una auténtica “Zona de Descarga” muy diferente de la que, cada sábado, le alegra la vida a los lectores de este blog). Operan bajo un alias o nombre supuesto que piensan que salvaguarda su identidad (y, como son fundamentalmente cobardicas, también piensan que les garantiza la impunidad) y que no se sienten en la necesidad por lo tanto de cuidar el ecosistema de las relaciones del grupo ni a guardar la mínima cortesía imprescindible.

Su modus operandi suele ser el de la provocación. Además, grosera e innecesaria. La polémica es favorable a sus objetivos, que no son otros que lo que, en lenguaje castizo, se llama “joder la marrana” (con perdón, lo que sucede es que, tratándose de este tema, en algún momento lo soez sale a colación).

Si uno intenta hacerles entrar en razón, e intentar que no agredan a otros usuarios, que tienen el mismo derecho que ellos a salirse por los cerros de Úbeda pero que, sin embargo, no lo ejercen, se escudan en la libertad de expresión.  “Yo digo lo que quiero”, “En este foro hay censura”, “Esto es una dictadura”, “¿Por qué a mí me decis cosas y a X –generalmente quien, con más o menos salero, se ha defendido- no le decís nada?”. No atienden nunca a razones (en general, porque no tienen razón) y no hay manera de conseguir de ellos un comportamiento más o menos cívico.

Sin embargo, lo que a mí más me fastidia es que la sensación de que, de alguna manera, cuando uno les trata con decencia, estos usuarios a los que me refiero le están tomando el pelo (o intentándolo) a uno, a los compañeros de uno y a las otras personas que sí, que acuden al foro buscando consejo, ayuda o solidaridad, mediante el expediente de aprovecharse de la buena fe de quienes intentamos que no impere la ley de la selva.

Esa es, quizá, la peor incidencia.

Bunker

La fecha se acerca: el nuevo Zona de Descarga ya está a punto de llegar pero, mientras tanto, puedes escuchar el último, el más fresco, el más interesante ¿Te animas?

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2 Responses to Usuarios e incidencias

  1. Sandra dice:

    Oídos sordos a las «incidencias» provenientes de aquellos cuyo mayor placer está en hacer desagradable la vida al resto sólo porque no tienen paz en el alma.Qué bonito es el respeto,y tu Paco en tu blog eres ejemplo de tolerancia.Un saludo sin más incidencia

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