El congreso de Viena (1)

BiedermeierMañana se cumplen doscientos años del inicio de un acontecimiento transcendental para la Historia de Europa. Y sucedió aquí: en Viena.

30 de Septiembre.- El otro día, aburrido en casa, encendí la tele y, aprovechando las ventajas de los modernos aparatos, paré en la estupendísima web de Radio Televisión Española. En ella, están disponibles gratuitamente grandes joyas de cuando aquella Santa Casa no era lo que es hoy, y se esforzaba en aparentar que quería desasnar un tanto a los españoles.

En el apartado de series, empecé a ver “Proceso a Mariana Pineda”, una que a mí, cuando era pequeño (la serie es del 84 más o menos) no me gustó nada, quizá porque la protagonista era Pepa Flores (de niña, Marisol) que es una actriz a la que no terminaba yo de cogerle el punto.

Vista hoy, llaman la atención dos cosas: primeramente, el grandísimo reparto de la serie, en el que concurren algunos de los grandes talentos de la irrepetible generación de actores de los cincuenta y los sesenta. No solo la mencionada Pepa Flores, sino también Puigcorbé, que hoy es una especie de Gerard Depardieu español, o Carlos Larrañaga.

La segunda cosa que llama la atención es que la serie ha envejecido fenomenal y, al contrario de otros clásicos que se han quedado muy añejos (Fortunata y Jacinta, por ejemplo), “Proceso a Mariana Pineda” podría emitirse hoy sin ningún problema, por su estética de cómic y la modernidad con la que está tratado el tema.

La serie se sitúa en la españa de Fernando VII y, dejando aparte las crinolinas y los miriñaques, muchas de las cosas que afligían a los españoles del primer tercio del XIX, bajo la gotosa y alcohólica férula del uno de los reyes más abominables que hayamos tenido, también afligen a los españoles de hoy. La pobreza de la economía, lo descuidada que está la instrucción pública, el embrutecimiento de las masas (entonces debido a que nadie se esforzaba en alfabetizarlas y hoy porque Jorge Javier Vázquez se esfuerza en que cada vez sean más analfabetas), etcétera.

La Europa de la reacción producto de la Revolución francesa

La España de Fernando VII, con su defensa a machamartillo del absolutismo más cerril fue uno de los resultados directos de un acontecimiento de cuyo principio se cumplen, mañana precisamente, doscientos años y al que me gustaría dedicarle algunos posts por haberse producido en esta misma ciudad: se trata del Congreso de Viena, de cuyos pactos ultraconservadores salió la Europa que solo saltó por los aires cien años después, con el principio de la primera guerra mundial.

En 1814, el Congreso fue un intento desesperado de las clases dominantes (Monarquía, Aristocracia y Clero) de volver a una situación más o menos similar a la anterior a la de la Revolución Francesa.

Las revueltas de 1789, las cuales pueden considerarse el pistoletazo (y nunca mejor dicho) del mundo moderno, junto con sus daños colaterales (la orgía de sangre en la que se sumergió la Francia postrevolucionaria), habían traido una serie de innovaciones que ni a los poderosos ni a la Iglesia Católica podían gustarles porque les estropeaban un tinglado que, con las obvias modificaciones, había aguantado fenomenal prácticamente desde la baja edad media. La principal fue la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, la cual consagraba la igualdad de las gentes ante la ley y, por lo tanto, un humanismo que, en la práctica, sacaba a Dios del sistema político, haciendo que la legitimidad de elaborar leyes y el poder de hacerlas cumplir no emanase de los deseos de un supuesto ojo vigilante y omnipotente cuya voluntad el monarca decía interpretar, sino del Pueblo.

De la Francia revolucionaria brotó un auténtico genio destructor/creador, como si fuera una divinidad hindú, llamado a cambiar la faz de Europa: Napoleón Bonaparte. El genio político del corso había convertido Europa en una gigantesca partida de Risk y los miembros de las casas reales europeas se habían tenido que tragar su orgullo y olvidarse de la sangre azul para agachar la cabeza ante aquel plebeyo que había hecho que, de pronto, quedase al descubierto toda la magnitud de su decadencia. Por doquier, los ideales franceses de Libertad, Igualdad y Fraternidad, habían arraigado en los segmentos más cultos y más progresistas de la población y había empezado el constitucionalismo y un republicanismo que, a los europeos más carcas y más interesados en que nada cambiase, no podía más que olerles a azufre.

Y no solo eso: la ilustración francesa, el enciclopedismo –contra el cual luchó la Iglesia con uñas y sotanas– y la ciencia iluminadora del camino del progreso, habían saltado a las colonias americanas y habían incendiado el continente hermano con unos ideales de independencia que aún siguen ahí.

Las fuerzas de la reacción no estaban dispuestas a aceptar aquel estado de cosas y por eso, el día 1 de Octubre de 1814, representantes de las casas reales europeas, con gran pompa y boato, se celebró la reunión inaugural de un ciclo que tenía un solo propósito: devolver Europa a lo que había sido antes de 1789.

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