Im Keller: todo es verdad y todo es mentira (a la vez)

DIFHace pocos días, el polémico director austriaco Ulrich Seidl estrenó su último artefacto.

10 de Octubre.- Hace unas semanas, coincidiendo con su estreno, un grupo de los participantes en la película Im KellerEn el sótano– del director austriaco Ulrich Seidl, los cuales habían sido filmados en un considerable estado de embriaguez en un entorno plagado de cachivaches nazis, se defendían diciendo que no no habían sido más que comparsas (Statisten) y que Ulrich Seidl había montado toda la escena y les había engañado.

Después de ver la película uno puede pensar y hasta decir que tenían razón pero que, al mismo tiempo, no tenían razón.

Nada es verdad ni es mentira

Im Keller se presenta como una película documental pero, desde luego, si lo es, es una película documental en la que casi todo lo que sale en la pantalla es, al mismo tiempo, y sin que resulte ningún problema, verdad y mentira. El pretexto argumental, en el país en que se acuñó la teoría del subconsciente –esa especie de sótano de la mente- , en el que Josef Fritzl tuvo a su familia durante años encerrada en un sótano o en el mismo sitio en el que Natascha Kampusch pasó gran parte de su juventud y su adolescencia en la parte subterránea de una casa, por lo demás, situada en una tranquila zona residencial, no deja de tener su intríngulis. Ulrich Seidl retrata a compatriotas que hacen cosas en sus sótanos.

El sótano aquí es, naturalmente, una metáfora. El sótano, parece decir Seidl, es donde todos, a salvo de las miradas ajenas, nos sentimos libres y nos permitimos ser nosotros mismos. Todos tenemos un sótano, territorio en el que caen todas las cautelas, en el que ser políticamente incorrectos o enseñar partes de nosotros que consideramos –muchas veces con razón- que los demás van a encontrar inconvenientes, repulsivas o, simplemente, poco aceptables. Para algunos, ese sótano es físico pero, para otros, el sótano puede ser psicológico o, incluso, virtual (ese perfil falso en una red social que a algunos les permite ser xenófobos o, simplemente, desagradables con el resto de sus conciudadanos).

Ante la cámara de Ulrich Seidl desfila una procesión de monstruos que se dividen en dos tipos: los monstruos que saben que lo son- por ejemplo esa pareja cuya relación amorosa se concreta en que ella le cuelga a él tres pesas de a kilo de los testículos– y monstruos que no saben que lo son, como el señor que es capaz de decir a cámara que el regalo de boda más bonito que le hicieron fue el retrato de Hitler que tiene detrás –no sabemos qué piensa de todo esto su mujer, a la que no vemos en ningún momento-.

Jugando con “los muñequitos”

Im Keller es, además, ya lo he dicho, un documental en el que, paradójicamente, todo es mentira. Y todo es mentira, por más de una razón. En primer lugar porque, aunque todo lo que los personajes dicen es, probablemente, verdad, Ulrich Seidl compone los planos como si se tratase de una película de ficción. Seidl utiliza las proporciones (16:9) de la pantalla de cine para crear unas simetrías que, difícilmente, están en la realidad. Visualmente, la realidad es sucia e In Keller, también lo es en apariencia. Pero solo en apariencia. Ulrich Seidl dispone a los personajes (“muñequitos” los llamaba la directora española Pilar Miró, y creo que Ulrich Seidl podría estar muy de acuerdo con ella), Seidl dispone a los “muñequitos” cuidando que se coloquen en el ángulo de una habitación, disponiendo los objetos que están en plano de manera que guarden ritmos compositivos (tres botes de gel de baño Palmolive iguales, colocados en una estantería, a una distancia precisa).

En Im Keller todo es mentira también porque muchas de las cosas que pasan suceden, en realidad, en la cabeza del espectador que se las imagina. Y si Im Keller, que es una buena película, pero no es ninguna obra maestra, tiene una virtud, la virtud es esa. A pesar de que parece, y solo parece, que Ulrich Seidl nos lo enseña todo, en realidad, lo que hace la mayor parte del tiempo, es sugerir. Mostrar una parcela de la realidad (a veces, una parcela muy bestia de la realidad) para que nosotros nos imaginemos el resto, la mayoría de las veces en la dirección que él quiere. En ese sentido, Seidl juega constantemente con el espectador, dejándole oir sonidos que, en su cabeza, se transforman en imágenes perturbadoras, asquerosas, pornográficas, etcétera. En otras palabras: Im Keller, no sería nada sin todo lo que el espectador –particularmente el espectador austriaco- se trae puesto de casa.

¿Es un documental? En el sentido tradicional, Im Keller no es, de ninguna manera, un documental y, de hecho, Ulrich Seidl probablemente, dice que es un documental para no tener que dar más explicaciones. De ser algo, en realidad Im Keller sería un mapa de símbolos, o un intento constante de escandalizar a unos espectadores a los que el director presupone encallecidos.

Para mí, fue muy sintomático darme cuenta de que, en el público de la sala donde yo estuve (todos austriacos menos yo, me parece) las reacciones estuvieron divididas entre la risa nerviosa tirando a histérica (había tres mujeres detrás de mí que parecía que no habían visto en su vida un pene en erección) y la reacción indignada de quien va a un cirujano estético y, cuando le pasan el espejo, se da cuenta de que le han dejado la cara como un mapa.

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