Una mañana de domingo en Viena

EnchufeHoy he pasado una mañana un poco peculiar ¿Me acompañas en mi viaje?

12 de Octubre.- Ayer por la tarde, estuve con unos amigos en la Kellergassefest de Stammersdof. El amigo que me llevó en su coche a la Kellerfestgasse no pensaba beber alcohol ayer pero, como suele suceder, la cosa se metió en jarritas de Sturm y, ante el riesgo de que los de la porra le pillaran y le hicieran soplar, mi amigo decidió aparcar el automóvil para ahorrarse disgustos y puntos.

Stammersdorf está un poquito a tomar por saco a la derecha de donde vivimos mi amigo y yo, así que ir a por el coche se ha convertido en una manera de gastar esta mañana de domingo que ha terminado teniendo cierto intríngulis.

En primer lugar, hemos cogido el tren de cercanías al objeto de atravesar el Danubio y ponernos en Floridsdorf. El cercanías, en su tramo urbano, trincha Viena por sus distritos más populares y, como corre en una especie de semisubterráneo hace que Viena se parezca mucho a París, esa ciudad que vive entre la mugre, la riqueza obscena y la carbonilla de la revolución industrial.

Los vagones del cercanías de Viena son de los ochenta, con las paredes pintadas de naranja minio y los sillones tapizados con una especie de terciopelo azul que, en su momento, debieron de escoger porque les pareció un color sufridito. Yo iba sentado en contra de la marcha del convoy cuando he visto que, en Quartier Belvedere (antiguamente Südbahnhof) se subía al tren un hombre que, evidentemente, tenía sus facultades mentales perturbadas. Era muy gordo (aunque una cosa no tenga que ver con la otra, lo consigno) y llevaba puesta una camiseta negra llena de lamparones y un pantalón de deporte también negro. En las manos, una bolsa de plástico llena hasta los topes de papeles y un folleto del Ikea con un bolígrafo Bic negro.

Al llegar, el loco ha sacado de la bolsa un papel de propaganda de Billa (famosa cadena de supermercados) y, con cuidado, lo ha extendido sobre el terciopelo de asiento. Luego, se ha sentado como si el papel fuera de arroz y temiera romperlo. Luego, se ha vuelto a levantar para ver si el papel se había movido. Un segundo después, se ha vuelto a sentar. Ha repetido la operación unas diez veces –cosa nada fácil, porque el traqueteo del tren intentaba tirarle todo el rato y, cuando se ha sentido satisfecho por fin, ha cogido el catálogo de Ikea y, con el mismo aire de importancia que si repasase los números del índice Dow Jones, ha empezado a trazar enigmáticas figuras sobre las fotos.

Al poco rato, en Praterstern, se ha subido al tren un toxicómano joven, quizá de unos veinte o veinticinco años (era difícil saberlo porque estaba completamente desdentado), llorando como un niño chico. Con un desconsuelo que partía el alma, el drogadicto ha empezado a lamentarse de que, tras doce horas mendigando por cualquiera sabe qué laberintos (¡Mendigando! Como un perro, ha dicho) no había conseguido más que once euros con cincuenta. Ha hecho una completa exposición de la problemática del ser mendicante y luego, ha cogido una bola de miga de pan del tamaño de un puño y ha empezado a masticarla con la boca abierta, mientras lloraba y se lamentaba de lo dura que la gente tenía la víscera cardíaca. Mi amigo y yo no sabíamos muy bien qué hacer porque darle unos céntimos a aquel hombre no dejaba de ser una cosa bastante inmoral, como darle una bala para que la metiera en el tambor de un revólver con el que luego se pegase un tiro en la olla. Pero, por otro lado, ni mi amigo ni yo estamos hechos de mármol y, cuando el tipo, sollozante, con la boca a rebosar de miga de pan blanca, se nos ha puesto de rodillas con los brazos en cruz, la verdad es que no sabíamos donde meternos. Por suerte, la alucinación que le decía al drogadicto lo que tenía que hacer le ha debido indicar que no se molestase, que nosotros no éramos ricos ni le íbamos a sufragar la próxima papelina, así que, tras un minuto de lamentaciones, ha puesto cero al cociente y ha pasado a los viajeros siguientes.

En Floridsdorf, hemos cogido el tranvía en dirección a Stammersdorf (es la última parada) .La mañana dominical estaba hermosa. La ciudad se desmigajaba conforme nos alejábamos del centro. Delante de nosotros, una señora con un traje pasado de moda y un peinado (mechas incluidas) anclado en1992, ha desplegado un cuadro sinóptico en el que podían leerse todos los servicios luteranos de las iglesias de Viena dedicadas a esta confesión. La señora lo ha estudiado cuidadosamente con aire satisfecho y luego, lo ha guardado en el bolso. Poco después, se ha subido al tranvía un fraile dominico como sacado de un cuadro de Zurbarán. El fraile y la luterana se han sentado el uno junto al otro, ignorantes de lo que podríamos llamar “su hecho diferencial”, hasta el final de la línea. Llegados a nuestro destino, el fraile –un hombre más bien enjuto en el ecuador de la cuarentena- se ha bajado del tranvía y, arrastrando una maleta con ruedas (¿Qué llevaba dentro? No lo sabré jamás) se ha perdido entre las callecitas de Stammersdorf.

Una vez recuperado el vehículo, mi amigo ha recordado que, entre los 4 y los dieciséis años, estuvo interno en un colegio cercano, y allá que hemos ido, a recorrer los caminos del recuerdo.

Primero, la iglesia. Un templo neogótico del siglo XIX, en el que generaciones enteras de colegiales se habrán aburrido como ostras ante homilías pastosas, o se habrán emocionado con el regalo anual de cada navidad austríaca. Quién sabe si incluso alguno haya convencido a su mujer para casarse en el mismo templo en el que hizo la primera comunión.

Un hombre al que se le notaba bastante que no era muy listo ponía en orden cuatro cosas del templo, sin saber muy bien qué pensar de nosotros ¿Iríamos a robar las calabazas frente al altar? ¿Estaríamos buscando escenarios naturales para el rodaje de una película porno? Deseando que desapareciésemos, ha cerrado las cancelas de la Iglesia.

-¿Hay otra salida? –ha preguntado mi amigo.

-No, no hay otra.

-Entonces, nos gustaría irnos –la conversación ha sido tan estúpida como suena.

El hombre nos ha liberado y hemos salido de la Iglesia.

El colegio, antiguamente un internado religioso en el que estudiaban niños de toda Austria que hoy, además, es un colegio normal, es un complejo enorme cuya parte más moderna fue construida a finales de los sesenta del siglo pasado (todas las fotos que ilustran este post están hechas en él) y los religiosos que lo llevan ante la caida, supongo, de la práctica religiosa y del deseo de dar a las nuevas generaciones una educación que, en bastantes sentidos, va en contra de los valores mayoritariamente aceptados por la sociedad, han tenido que buscar otros medios de financiación. Las (algo ajadas) instalaciones deportivas del centro se alquilan para soñar en fines de semana. Donde a diario los profesores de gimnasia tratan de que los niños sobrevivan a la tentación de caer en la obesidad mórbida, juegan pachangas de fútbol comerciales de telefonía móvil que, como dice mi amigo Manuel, “tienen el huerto cavao” y se olvidan de las presiones conyugales descargando testosterona y haciéndose la ilusión de que son Ronaldo jugando en un Bernabéu rebosante de aficionados berreantes.

Mi amigo y yo paseamos por el jardín y vemos cosas que, los que utilizan el colegio a diario, no ven (porque las tienen delante de los ojos todo el rato) y que son como las capas superpuestas de diferentes momentos del pasado. Capas que hablan de risas de niños desaparecidos hace, quizá, siglos. Una piscina antiquísima, abandonada, con el fondo cubierto de hojarasca:

-Por aquí debe estar…Mirá, “la judía” –es cierto, tiene forma de judía- Aquí nos bañábamos nosotros. Ya era vieja entonces.

Unas casitas de ladrillo, con aspecto de estar abandonadas, con objetos en las ventanas que sus habitantes dejaron allí puede ser que antes de morir hace mil años.

Entre los árboles, en una pizarra, alguien ha escrito “Wie relativ ist die Zeitbegriff?” (¿Cuán relativa es la percepción del tiempo?).

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3 Responses to Una mañana de domingo en Viena

  1. Sandra dice:

    ¡Todo lo que da de sí ir a buscar un coche!,yo hoy he bajado literalmente rodando por una montaña,cosa que a esta hora aún mi parte derrière recuerda en lo más profundo de mis músculos,he comprobado que imitar a las cabras montesas tirolesas no es buena idea si una ha pasado la noche en compañía de «miss Gösser » y Jägermeister.Un saludo desde Hall in Tirol

    • Paco Bernal dice:

      Sandra, yo te aseguro que, aún sin ingesta alcohólica, yo no acometo según qué excursiones !Eso es integración! Saludetes 🙂

      • Sandra dice:

        Paco,es ver acercarse a mi aborigen con un mapa y empiezo a sudar,no sé si es integración ,lo que tengo claro es que las excursiones a las que me veo sometida son una de prueba de amor o de pérdida de la razón 😉

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