Episodios de xenofobia en Viena

gatoEs que, señora, el miedo al diferente se esconde donde uno menos se lo espera. Hasta en casa de uno, mire usté lo que le digo.

15 de octubre- Querida Ainara (*): a veces, a la realidad le da por ponerse extrañamente simbólica.

Verás: desde hace unos meses, tengo una gata, Mathilde. Tiene unos meses de edad. Como no es bueno que los gatos estén solos (y más en una casa), antes de que se acostumbre a vivir sola, decidí comprar otro gato (macho esta vez, para que la cosa no remedase a “Cosa de Hembras”, la película de John Waters). Me puse a mirar en un portal de anuncios austriaco y encontré a una señora de Burgenland que vive pegadita a la frontera del país vecino, la cual vendía un cachorrillo que me pareció que sería el compañero ideal de Mathilde.

Una vez apalabrada la compra por teléfono, me personé en casa de la señora, una húngara más o menos de mi edad, la cual se dedica a gastarse en tierras magiares los euros que gana en Austria (le sale a cuenta, porque pasando la frontera los precios de todo son mucho más económicos). La mujer vive en una casa que dedica a criadero, con jaurías de perros y manadas de gatos en venta, en las cuales deben de mezclarse las generaciones. Los vecinos de la mujer, por cierto, están que bufan y la odian. Los padres de mi gatete son una especie de gigante de la raza Maine Coon y una hembra de la raza Rag Doll. Ambas variedades están muy indicadas para vivir en pisos, porque son animales tranquilos y plácidos, de carácter amable, y que gustan de la compañía humana.

La húngara me explicó que el ejemplar que, a estas horas, anda por mi casa, fue en realidad un penalti y que en la camada sólo era él (No sé si creerla, la verdad; no estoy muy al corriente, pero a mí me da la sensación de que las hembras felinas son, en general, multíparas, pero bueno).

La eficaz húngara cogió el dinero, lo contó (juraría que mojándose el índice en la lengua, para que no se le pegara ningún billete) y, desapasionadamente, me dio un cursillo completo de cuidados de bebé de gato (el minino tiene tres meses). Cuando se cercioró de que le había dado hasta el último euro del precio estipulado, me proporcionó comida para los próximos días (hoy he comprado la que se ha gastado), la documentación necesaria que prueba que el gatete está vacunado y, sin más que hacer propaganda de una clínica veterinaria húngara que, según ella, no sisa en los precios como las clínicas veterinarias austriacas, se despidió procurando tranquilizarme (por la cuenta que le traía, supongo) cuando yo le expliqué que, la bolita de pelo que me llevaba, tendría que vivir con Mathilde, la cual está dejando poco a poco de ser un bebé. Me dijo la húngara que nunca se había dado el caso de que nadie le devolviera un gato por no haber conseguido aclimatarse.

El gatete se pasó estresado el camino desde la frontera con Hungría hasta Viena (no es de extrañar, le habíamos arrancado de su madre y del cuidado amorosísimo de su gigantesco padre), se procuró tranquilizarle con palabras amables. Como se hace con los niños, se bajó el tono de la voz y se le aseguró que aquel traslado era para bien, que le esperan, si Dios quiere, por lo menos doce o catorce años de vida regalada, de comida fresca, de agüita y de arena para gatos límpia. Más de una década de calefacción en invierno y, en verano, las delicias de dos balcones: el mío y el que los vecinos ponen a la disposición de los habitantes gatunos de mi casa (a mis vecinos, una pareja joven de recién casados, provenientes los dos de la Austria rural, les encantan los gatos).

Al llegar a casa, dejé en el suelo del salón el trasportín y abrí la puerta. Mathilde se acercó curiosa y…En cuanto olió lo que a ella, instantáneamente, le pareció un competidor, fue Troya. Se puso a bufar como una cobra y de nada sirvió enseñarle al cachorro para intentar excitar su instinto maternal –el cachorro entretanto hubiera querido fundirse con la pared de atrás del trasportín-. Desde entonces, los tres hemos emprendido una terapia de desensibilización. Por un lado, se está intentando que el gatete, que tiene como nombre provisional Stanislas, aunque se barajan otros, como Ferenc –por sus antecedentes húngaros- o incluso, ya puestos en plan exótico, Juan Carlos (escrito a la austriaca Huan Coarl) se está intentando, digo, que el gatete se acostumbre a su nuevo hábitat –ahí vamos teniendo éxito-; por otro lado, en dosis moderadas, se está intentando que Mathilde se acostumbre a su nuevo compañero –no está siendo fácil y los progresos, de momento, son discretos-.

Pensaba yo, Ainara, si no seremos todos, en algún momento, como mi Mathilde. Si no estará grabado en lo más profundo de nuestro cerebro, en ese estrato que heredamos de los más cerriles de nuestros ancestros, el germen de la xenofobia (literalmente: “del miedo al extraño”). Y pensaba yo si no será ese miedo, ese repeluzno, esa aversión irracional, tanto mayor cuanto más próximo sea a nosotros el compañero que nos proponen para que comparte nuestra vida. Empecé con los gatos, pero no pude evitar extrapolar la situación a otras alturas, como la deriva independentista de Cataluña, con la cual creo que tiene mucho que ver la situación de “desencuentro” (qué bonito eufemismo) que reina entre mi Mathilde y mi nuevo gatete. Los dos de la misma raza, los dos del mismo país, los dos con la comida asegurada, y los dos, como algunos catalanes (no todos por fortuna) y muchos españoles, en una situación de atontolinamiento que es totalmente contraproducente para sus intereses mútuos y que yo tengo la tentación de pensar que es, lo que le pasa a Mathilde y a Stanislas, pero con un estuco de palabrería que no hace más que embrollarlo todo. Pero no hace falta irse tan lejos: la misma relación tienen muchos austriacos con sus vecinos alemanes o los españoles (por lo menos antiguamente) la teníamos con los franceses, y los portugueses que no quieren pasar la raya de Extremadura.

En fin, ahora lo importante es que mis dos gatos se acostumbren el uno al otro y que todos vivamos en buena harmonía. Ya te contaré.

Besos de tu tío.

 

(*)Ainara es la sobrina del autor

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4 Responses to Episodios de xenofobia en Viena

  1. prb dice:

    No compres, por Dios, adopta. Hay miles de animalitos muriéndose en los refugios o camadas que acaban muertas porque sus dueños no pueden/no quieren encontrar a alguien que se haga cargo de ellos…
    Cada vez que leo que alguien compra animales, se me parte el corazón.

  2. prb dice:

    PD.: Al margen del «rapapolvo» de mi comentario anterior, te felicito por tus gatetes <3
    Maine Coon es de mis razas preferidas!

  3. Sandra dice:

    El miedo a lo diferente está incluso entre alguien que es rubio y otro moreno,aunque sean del mismo pueblo.Es un ejemplo simple,pero también lo es el ser humano que se queda sólo en la puerta de otras almas,hace años dejé atrás diferencias por colores,lenguas,maneras de pensar,apariencias….y sólo pongo un cerco de espinas ante el ser humano con su maldad y estupidez.

  4. Uno que comparte vocación dice:

    ¿Por qué no le llamas Kubala?; también era húngaro y un buen futbolista que tuve el placer de conocer.
    Schönen Tag noch!, tanto tú, Mathilda como Kubala. Jajajajaja.

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