Inge Morath: pasión por la imagen (1)

DonauinselfestUna vida marcada por el humanismo, por la contradicción y por una pasión: la fotografía. Hoy, hablaremos de Inge Morath.

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Inge Morath y Ernst Haas (fuente: www.lorakmedian.com)

2 de Noviembre.- La composición de la foto es casi perfecta. Muestra a dos personas, un hombre y una mujer, que conversan amigablemente. El hombre está semidesnudo y ocupa la parte superior de la composición. Es muy guapo, atlético. De unos treinta años. Su única vestimenta es un slip blanco ¿Un bañador? Podría pensarse, porque el fondo de la foto es un paisaje marino, mediterráneo. Pero no: seguramente son unos calzoncillos porque, a causa del encuadre, vemos el reborde arrugado de unos calcetines negros y unos zapatos de cuero.

La mujer ocupa la parte inferior de la composición. Ella es la que nos permite datar la foto. El peinado la sitúa en los años cincuenta del pasado siglo. Va vestida con lo que parece una camisola de percal y mira al hombre a los ojos ¿Están enamorados? No lo parece. Que son muy buenos amigos, se ve a primera vista.

Decía más arriba que la composición de la foto es perfecta.

Efectivamente, las cabezas están unidas por una de las diagonales que cruzan la foto. Al mirar a los dos personajes se siente una curiosa sensación de calma, de relajación, de orden. Son dos fotógrafos: se trata del vienés Ernst Haas (documentándome para esta serie de posts he descubierto su vida, que también es apasionante) y de nuestra protagonista de hoy, la austriaca Inge Morath: una de las mejores fotógrafas del mundo, miembro prominente de la agencia Magnum. Austriaca, de Graz.

Hoy, hablaremos un poco de su biografía aprovechando que es el mes de la fotografía en Viena (por cierto, si mis lectores se pasan por el MUSA podrán recoger información al respecto).

Inge Morath nació en Graz en 1923 y fue hija de dos naturalistas.

Los científicos, antes como ahora, tenían que viajar mucho y los padres de Inge, naturalmente, no fueron una excepción. En 1930, por motivos de trabajo, atravesaron la convulsa europa del momento y se mudaron a Alemania. Primero a Darmstadt y después a la capital, a Berlín. En plena adolescencia, tuvo Inge Morath su primer contacto con el arte y fue, paradójicamente, de la mano de los nazis, los cuales “malgré eux” montaron una de las grandes exposiciones de arte moderno del momento. Nos estamos refiriendo a la famosa “exposición de arte degenerado” en la que la Alemania nacionalsocialista intentó hacer valer su modelo de arte (en realidad una castaña ultraconservadora y cursi) mostrando, por contraste, las grandes obras del arte alemán de la República de Weimar.

A pesar de que solo era prudente realizar ante los cuadros comentarios negativos o escandalizados, Inge Morath quedó fascinada por el arte moderno, el cual luego ejercería una influencia decisiva sobre su obra posterior de fotógrafa. Pero Inge, que aparte de muchilíngüe (hablaba perfectamente alemán, francés, inglés y rumano) era una muchacha listísima, no dijo ni mú y se guardó sus opiniones positivas sobre la vanguardia para sí misma. Es lo que tienen las dictaduras: el que aprende a estar callado, sobrevive.

Por aquellos años de paso de la oca y discursos sórdidos que sonaban a ladrido de perro rabioso, Inge Morath aprobó la selectividad (nuestros vecinos del norte siguen llamándola Abitur, en Austria se la conoce como Matura). Como era norma en aquella época, la sensible Inge tuvo que realizar seis meses de trabajo comunitario antes de poder entrar en la Universidad a estudiar filología. Cumplió este precepto en una guardería de una zona obrera y luego se puso a estudiar Romanistik. Al poco, la guerra empezó a ponerse mal para los nazis y, como a muchos otros estudiantes, le dijeron que ya tendría tiempo de aprender latín cuando “estallase” la Victoria. Los nazis la pusieron a trabajar en una fábrica de armamento cerca del aeropuerto berlinés de Tempelhof. Durante un ataque aéreo, sin embargo, la fábrica quedó destruida e Inge huyó a pie hasta Austria, en donde fue al encuentro de su madre. La experiencia de tener que atravesar a pie una Europa destruida por la barbarie de la guerra fue transcendental para ella, que siempre rechazó hacer fotos de guerra y prefirió mostrar con su cámara las consecuencias.

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