Inge Morath: pasión por la imagen (y 4)

ParisLlegamos hoy al último capítulo de este repaso de la vida de Inge Morath. Una existencia con luces y sombras (y no por sus fotos, que son espléndidas)

8 de Noviembre.- Hace unos días, dejábamos a Inge Morath casándose con Arthur Miller. Fue en 1962. Inge tenia entonces 39 años. Al poco, les nació una hija, Rebeca Miller, la cual hoy en día es escritora y directora de cine y administra el legado de su madre. Poco después, la pareja tuvo un hijo con síndrome de Down, que fue ingresado en una institución al poco de nacer y del que el mismo Arthur Miller no quiso saber nada hasta los diez últimos años de su vida.

La historia del hijo oculto de Arthur Miller la cuenta Pedro Almodóvar, por boca de Lluís Homar, en una de las primeras secuencias de “Los abrazos rotos”, una de las películas más incomprendidas de Pedro Almodóvar, y una de las que, con el tiempo, más valor ha ido ganando. Arthur Miller siempre se negó a ver a su hijo con síndrome de Down, hasta que un día, al terminar de dar el escritor una conferencia en defensa de un retrasado mental que había sido condenado a muerte mediante un testimonio amañado, un hombre de entre el público, se le abrazó tiernamente. Arthur Miller no sabía cómo quitarse a aquella persona de encima, hasta que el tipo se separó de él y le dijo: “Estoy muy orgulloso de ti, papá”.

¿Qué hizo Inge Morath entretanto? Lanzarse a hacer fotos como una loca convirtiéndose, junto con Eve Arnold, en una de las fotógrafas más exitosas del mundo. El tandem Morath-Miller funcionó durante años a la perfección y cristalizó en varios libros de viajes, en donde él le daba a ella seguridad y ella le daba a él una visión especial de las personas y los lugares. Estuvieron en China, en la Unión Soviética, estuvieron en Conneticut y luego viajaron por todos los Estados Unidos. Gracias a Miller, Inge Morath conoció a muchas personas que, de otra manera, no hubiera podido tener al alcance del objetivo. Pero, en cualquier caso, la fotógrafa austriaca no era ninguna trepa. En ningún caso. Le gustaba colaborar con otras personas y sus amigos la describen como una persona un poco insegura, que siempre reaccionaba algo intimidadada ante un encargo.

Si hay algo por lo que se caracteriza el estilo de Inge Morath durante este tiempo y en lo que hay que ver una huella profunda de su experiencia durante la guerra, ese algo es la inmensa humanidad que desprenden sus fotografías. Son instantáneas tomadas para reflejar la resistencia del espíritu humano sometido a graves pruebas, llenas de fuerza y de alegría. Yo, personalmente, creo que a Inge Morath, como me pasa a mí, le gustaba la gente. Toda la gente. Famosa y anónima, culta e iletrada y, de todas esas personas, de su espíritu, se impregnaba y luego, esa impregnación, sale en las fotografías. Era una estupenda retratista, tanto de “posados” como de “robados”. Cada vez que visitaba un país, se impregnaba también, tanto como podía, del arte, de la cultura y de la literatura del sitio que fuera. Y es que, si uno se pone a leer cosas sobre Inge Morath hay una palabra que sale siempre relacionada con fotografía y es “lenguaje”. Para ella, fotografiar era expresar, era decir cosas.

También era, como luego se ha demostrado, una hábil escritora. Durante toda su vida documentó con un estilo notable su trabajo a través e cartas, de libros que permanecieron inéditos y de diarios íntimos.

En 1991, Inge Morath volvió a Austria, para visitar su Estiria natal. Publicó sus fotografías en un libro que se llamó “El último viaje”. Morath murió de cáncer en 2002, en Nueva York. Las imágenes que captó, sin embargo, son imperecederas.

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Un comentario a Inge Morath: pasión por la imagen (y 4)

  1. victoria dice:

    Qué pena que no tuviesen la misma humanidad con su hijo. Un cero como padres.

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