Dumping

lectorLos nuevos adelantos tecnológicos han traido muchas nuevas posibilidades pero también, en cierto modo, han supuesto un retroceso.

12 de Noviembre.- Querida Ainara (*): suele darse por supuesto que cualquier innovación técnica supone un progreso, pero no siempre es así. Por lo menos, al principio.

Por ejemplo cuando, a principios de la década de los treinta del siglo pasado el cine, ya entonces un entretenimiento de masas, aprendió a hablar, los espectadores, hipnotizados con la escucha súbita de la voz des sus ídolos, no se dieron cuenta de que las películas retrocedían mucho en calidad, para convertirse en una especie de teatro filmado, con escenografías y movimientos de cámara acartonados que estaban al servicio de dónde estuviera el micrófono.

Internet, a estas alturas sobra ya decirlo, es la mayor revolución cultural que la Humanidad ha vivido desde la aparición de la imprenta y, por lo mismo, si bien ha traido multitud de cosas buenas –por ejemplo que la información es accesible en tiempo real, prácticamente en todos los lugares del planeta– también es cierto que ha colocado a muchos sectores al borde del colapso. Especialmente al sector de la producción cultural.

Ha sido muy rápido –casi tanto como fue la extensión del cine sonoro en los años treinta- pero se vio desde muy pronto que la difusión de contenidos culturales por internet necesita (aún) de la invención de un nuevo paradigma.

Los seres humanos del siglo XXI, especialmente los que podemos alegrarnos de habitar la parte del planeta en que se vive menos mal, vivimos en una curiosa paradoja.

Como usuarios de internet, por un lado, somos demandantes de contenidos que cuesta dinero hacer. O sea, demandamos, por ejemplo, libros en cuya producción el autor, aún en las condiciones más humildes, gasta su tiempo y su trabajo. Pero no solo: al autor le ayudan toda una serie de profesionales cuyo trabajo no se ve, pero que realizan una labor tanto o más imprescindible para que el objeto libro, en formato fisico o electrónico, llegue al lector final. Por otro lado, sin embargo, no estamos acostumbrados (por tanto, no queremos) pagar por el bien cultural en cuestión. Además, hay otro fenómeno que tampoco hay que perder de vista y cuyo impacto tiene una solución muy difícil, casi irresoluble. A ver si me explico: para que el libro (hablo de él porque es lo que tengo más cerca), para que el libro, decía, pueda ser rentable como objeto de negocio, tiene que tener lo que podríamos llamar un impacto comercial. Una visibilidad. O sea, que tiene que alcanzar una cifra de ventas que, multiplicada por un precio de venta, haga obtener una cantidad de dinero que produzca un beneficio.

Con la aparición de internet tenemos que hay gente que demanda un bien por el que no quiere pagar y, para más inri, todo el mundo tiene en su casa la posibilidad de producir y distribuir ese bien de una manera que, en principio, podría satisfacer al consumidor. Las consecuencias son una distorsión brutal del mercado y la desaparición de varias figuras que, hasta ahora, velaban (en su propio beneficio, pero velaban) para que eso no se produjera.

Por lo pronto, el editor, como árbitro del gusto a través de una acción comercial, dejará de existir víctima de la enorme fragmentación del mercado (cada persona puede ser un editor ahora mismo, porque el libro ya no es un bien que necesite una enorme inversión para ser producido) y, naturalmente, si el mercado está tan fragmentado que las novedades literarias alcanzan unas ventas irrisorias (no hablemos de la piratería), podríamos estar hablando de la última generación de escritores “profesionales”. O sea, de personas que viven de y para la escritura. O sea que, con la tontería, estaríamos volviendo a la misma situación del renacimiento, o a esa que todas las madres de escritores les dicen a los escritores. Aquello de: “Hijo, tú búscate un medio de vida y luego, pues como hobby, si quieres…”. O sea, que solo se pueden dedicar a la escritura y al pensamiento personas que tengan la vida resuelta, con lo que eso supone por ejemplo, de cara al sesgo ideológico de las obras. Por no hablar de que, como en un parterre en donde hay plantadas demasiadas flores, la sobreabundancia hace que sea materialmente imposible la discriminación sobre la calidad, porque nadie tiene tiempo de leerse todo lo que se publica.

Los músicos, teniéndolo crudo, lo tienen mejor. Al fin y al cabo, si la cosa se pone fea, se pone uno a tocar en el metro y pasa la gorra. Pero el escritor ¿Da conferencias? ¿Se hace tertuliano de Ana Rosa o inventa teorías conspiraoicas para Federico Jiménez Losantos? Un papelón.

Por si esto fuera poco, además, existe otra cosa: para obtener la mínima cuota de difusión, los autores que se autopublican se ven en la necesidad de bajar el precio de venta de sus obras hasta el límite de lo posible, llegando incluso a regalarlas, con lo cual, lo único que hacen es restarle todavía más valor al producto cultural –nuestra percepción del valor de las cosas está lamentablemente deformada por su precio-

¿La “liberalización” del mercado del libro ha sido un progreso? ¿A qué precio? ¿Cuántos nuevos talentos escondidos saldrán a la luz y, en cambio, cuántos tendrán que abandonar el mercado por no resultarles la escritura una labor rentable económicamente? (los niños de los escritores también tienen la mala costumbre de comer).

Yo no sé la solución de esto. Tengo claro, eso sí, que la Humanidad encontrará una manera de solucionarlo, porque creo que el hombre no puede vivir sin que le cuenten historias, pero no tengo tan claro que, en este caso, estemos ante un avance.

¿Tú qué crees?

(*)Ainara es la sobrina del autor

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