Andreas Gabalier y Conchita Wurst: pase y conozca las dos Austrias

Andreas GabalierCuando Andreas Gabalier se subió al escenario a recoger su premio pocos estaban preparados para lo que pasó.

30 de Marzo.- Austria y España son dos países que, aunque parecen muy diferentes, en realidad no lo son tanto.

Ambas naciones están construidas, si bien se mira, sobre una tensión.

Las dos Austrias

Si el poeta (Machado) dijo a sus contemporáneos aquello de que una de las dos Españas habría de helarles el corazón (verso, por cierto, del que solo ha quedado en la mayoría de la gente la gilipollez de llamar “españolitos” a sus paisanos) basta echarle un poco de vistazo a la historia austriaca –desde el siglo XIX por lo menos hacia el presente- para darse cuenta de que, lo mismo que España podría caber en el espacio que hay entre Pablo Iglesias (ese ser) y Alejandro Agag (ese otro ser), entre una coleta y las guedejas que todo pijo que se precie lleva, toda Austria, pero toda toda, podría caber en el espacio que hay entre Andreas Gabalier y Conchita Wurst.

La una, representante de una modernidad que, en sus postulados, tiene toda la nobleza del mundo pero que, como todas las modernidades, al hacerse popular se degrada también para caer a veces en sus ridículos y en sus esperpentos. En lo que podríamos llamar “el moelnismo”. En sus veganismos y en su cutrerío de lujo (tan paleto), en su buenismo y en su filosofía y sus ciencias políticas pagadas con el dinero de papá, en su comercio justo comprado onláin con un ordenador Apple para cuya fabricación se explota a la gente cruelmente en Asia, con su Je Suis Charlie, mientras Charlie diga lo que a mí me gusta, etcétera.

La otra Austria, la que se nutre del genuino patriotismo que brota de esta tierra que tiene tantísimas cosas que merecen ser amadas, pero que también se nutre de la aspiración, condenada al fracaso, a que nada cambie. O, peor, a la huida hacia atrás, hacia una arcadia hecha de jovencitos y jovencitas rubias que no existió nunca. Esa Austria que navega por el río más oscuro de los que forman el catolicismo, la que se siente insegura y cobarde frente a lo extranjero, pero lo disfraza pretendiendo la propia seguridad de lo autóctono. Esa Austria que, en el fondo, ya no sabe quién es, pero que clama contra el Islam tratando de establecer una identiad por oposición.

Las dos cuñadas

Pocas veces, las dos Austrias se encuentran (como es bastante improbable, veremos dentro de diez años, que coincidan en cualquier sitio Iglesias y Agag). Mientras no se produce una intersección espacio-temporal, las dos Austrias actúan la mayor parte del tiempo como si ignorasen una la existencia de la otra. A lo sumo, comentarios despectivos a propósito de la trinchera contraria y pare usted de contar. Pero claro, como sucede en esas cenas familiares en donde dos cuñadas que no se tragan no tienen más c*jones que sentarse juntos, hay veces en que las dos Austrias tienen que compartir platea o patio de butacas o pantalla de televisión.

Así sucedió en los premios Amadeus, entregados este fin de semana pasado. Los Amadeus son a Austria lo que los Ondas son a la Madre Patria, para entendernos.

Wurst y Gabalier

Conchita Wurst fue la gran triunfadora de la noche, con tres premios.

Andreas Gabalier se llevó un Amadeus al mejor Live Act (o sea, al mejor concierto en directo). Cuando la encarnación de la Austria rancia subió al escenario a agradecer su premio, empezó lanzando dardos envenenados a quienes le habían entrevistado y luego siguió diciendo que, como hombre “al que le gustan las mujeres” o “mujer a la que le gustan los hombres” estaba difícil hacer música en Austria. Allí, el público entero empezó a pitar a Gabalier y muchos a llamarle de todo menos guapo (véase la prueba gráfica). El realizador de ATV, estuvo muy suelto y, mientras Andreas Gabalier decía que a él, como a Jose María Aznar, le gustaba la mujer-mujer, pinchó a Conchita Wurst que permaneció impasible, elegantísima. Bajo la pitada, Gabalier, como muchos de su clase, pidió la tolerancia que él no estaba dando. Otro folklore más. Al final, aplausos tímidos entre el público.

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