Una institución del comercio vienés

FAvoritenstrasseHace cinco años nadie hubiera pensado que la historia de Tlapa fuera a tomar el rumbo que ha tomado.

2 de Abril.- Salta a la vista que, de una empresa, podría decirse, como de una persona, aquello de que es “ella y sus circunstancias”.

Las circunstancias de una empresa son, por ejemplo, lo que les dé por hacer a sus competidores y, así, la actividad empresarial se convierte en una especie de rudo partido de rugby de todos contra todos, en el que los jugadores quieren romperle la nariz a todos sus contrincantes. Otra cosa que influye en la vida de una empresa, más allá de si su jefe es listo o no, son los hábitos de nosotros, los consumidores. De esto, hay muchos ejemplos: el más socorrido es la cantidad de aparatos que nuestro teléfono listo ha convertido en reliquias que solo salen en Cuéntame. Desde los despertadores a las agendas electrónicas y, muy pronto, incluso los teléfonos fijos (yo, por ejemplo, ya no tengo teléfono fijo en casa; lo quité porque no servía nada más que para que me llamaran teleoperadores vendiéndome bragueros).

Las viejas empresas, sobre todo si tienen también una dirección talludita, terminan siendo las más vulnerables a estos cambios. Así ha sucedido en los últimos cinco años con la institución del comercio vienés almacenes Tlapa. Lo que no pudieron hacer las dos guerras mundiales o las crisis económicas lo están haciendo, fundamentalmente, los cambios de hábitos del consumidor. De manera que a los clientes de Tlapa les está pasando lo que, anteriormente, le sucedía a los lectores del ABC, periódico que no es que perdiera compradores, es que se le morían (de viejos).

La única vez que he estado en Tlapa –fue hace más de cinco años- encontré ese ambiente que mis lectores de más edad recordarán del difunto Simago o de las no menos difuntas Galerías Preciados. Esa mezcla de superficies de madera repintadas y un algo polvorientas, maniquíes con pelucas de plástico y ojos de cristal y, en general, ropa viejuna. Quien me acompañaba, que gustaba de ir a Tlapa porque había sido cliente, no veía esto, porque los ojos de la memoria no nos dicen lo que dicen los de la cara; pero para mí estaba claro que, o Tlapa se reciclaba, o estaba herida de muerte.

Tlapa estaba especializada (lo está aún) en ropa de caballero de muy buena calidad. Está situada en Favoritenstrasse, cerca del Columbus Center. Lo que antaño era una zona de tiendas tan concurrida como el Graben pero de precios más económicos, ha sufrido la misma transformación que el barrio. En donde los descendientes de los obreros bohemios que vinieron a construir la Viena de Francisco José, se compraban el traje de novio, hoy sus sucesores, venidos también del extranjero, que limpian nuestras oficinas o que ponen nuestras hamburguesas, prefieren esa modernidad barata que ofrecen las cadenas internacionales que tienen esclavizadas a las criaturas en Bangladesh.

De resultas de estos cambios, así como de la desaparición, en el vestuario del hombre de la calle, de la ropa “seria” (trajes, americanas, etc) Tlapa ha ido languideciendo hasta convertirse en un negocio de aspecto decadente que parece contagiar su tristeza a todo lo que toca. Esta semana, se ha anunciado que, de los cien empleados que aún conserva la casa, serán despedidos sesenta y uno, y que la dirección va a convertir la firma más que centenaria en un “outlet”.

El concepto que han expuesto no está demasiado claro, pero quién sabe, ha habido otros casos de resurrecciones que parecían todavía más chungas que la de Tlapa. Sin ir más lejos, Abercrombie and Fitch, unos almacenes americanos que casi se morían de viejunos y que, cuando empezaron a darse cuenta de que en esta vida, el negocio de vender es, sobre todo vender sueños (en este caso el sueño de la eterna juventud y de las tabletas de chocolate en la tripa de jugosos jovencitos) remontaron el bache.

A ver si pasa igual con Tlapa. El pan de treinta familias depende de ello.

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