Daños colaterales en Austria del referendum griego

Bajo el aguaAyer, a las ocho de la tarde, hubo un sitio en donde se seguramente se alegraron tanto o más de los resultados del referendum.

6 de Julio.- Ayer, después de conocerse los resultados de la consulta griega, hubo un sitio en donde se alegraron más que en el despacho de Alexis Tsipras y fue en la sede de la ultraderecha austriaca.

Por muchos motivos. Primero porque, a diferencia del nuevo ministro de economía griego, ellos no tienen que ir a Bruselas a pedir por amor de Dios (otro argumento más solido no tienen, los pobres). Aunque hay que reconocer que, durante los días previos al referendum, el juego poli malo (Varoufakis)- poli bueno (lo que venga) con el ministro de economía griego charging the inks todo lo posible para darle algo de oxi(geno) a su sucesor, ha sido una jugada bastante hábil.

La tormenta perfecta

Después porque Varoufakis y sus kourós han seguido punto por punto el guión pre-establecido con el que la ultraderecha lleva comiéndole la oreja a la población austriaca desde que estalló la crisis.

Esto es, y repitan conmigo: la Unión Europea es una casa de meretrices, en la que mandan los burócratas y de la que solo se benefician esos de ahí abajo, que aparte de ser sospechosamente morenos se pasan el día tocándose las zonas íntimas sin dar un palo al agua. Y es que, señora, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra y, si los populistas de izquierda se han despachado a su gusto llamando terrorista y dictador a todo el que se les ha puesto a tiro, también los de derechas, cuando se ponen a cantar por las bulerías de los estereotipos, se lucen. A ver quién tiene más guasa, mi arma.

Lo primero que ha dicho el que pasa por ser el cerebro de Strache, Harald Vilimsky, que está ahora sirviendo en Bruselas y muñendo pactos con las otras ultraderechas del continente a ver si terminamos todos como en la Rusia de Putin, que es como el Irán de Amadinejad, un país muy macho en el que la homosexualidad no existe, es que, si los griegos han convocado su referendum, pues vale, chachi; pero que ya es hora de que los que les pagamos el guateque también convoquemos los nuestros (uno en Austria, uno en Francia, otro en Hungría, y tire usted por ese camino) para que los ricos decidan si siguien dándole dinero a los de la Hélade a cambio de insultos y quejas sobre lo malos que somos.

Es una línea de pensamiento que, aunque no sea el colmo de la sofisticación, estoy seguro, suscribirían hoy muchísimos ciudadanos austriacos. No me atrevo a decir que la mayoría, porque yo todavía tengo esperanza en el futuro de este país pero sí que diría que, a nivel de calle (gracias Varoufakis, rey moro) la ultraderecha es desde ayer más fuerte aquí de lo que era hace cuarenta y ocho horas. Ole con ole y olá.

El euro de dos velocidades

Vilimsky, eurodiputado, por cierto, también ha dicho que el referendum griego también demuestra la incapacidad de la Unión Europea para lidiar con esta clase de crisis. Y aquí se da la paradoja de que un tipo que no cree en la Unión está cobrando el sueldo (un suelo muy respetable) de esa entidad política a la que le gustaría destruir.

Strache, por su parte, se ha acogido a su teoría de siempre: o sea, la película del Euro de dos velocidades. O mejor: del Euro de dos clases. De los Alpes y los Balcanes para arriba, un Euro fuerte, que puedan utilizar los europeos del norte, ole salero, para irse de vacaciones al sur y comprarle a las niñas bonitas frigidaires y aeroplanos de chorro libre que corten el aire; y un euro “blando”, for the poors, para que los griegos, los españoles, los italianos, los portugueses y otras gentes sospechosas, puedan comer lo justo y, si hacen barrabasadas y trampas al solitario, le den al resto de los europeos el por saco imprescindible.

No se sabe qué pasará. El referendum de ayer fue como preguntarle a un enfermo de cáncer terminal si quiere curarse. El enfermo contestó, claro, lo que usted y yo contestaríamos en un caso semejante. Pero la respuesta de un enfermo no cura, por sí sola, la enfermedad. Esperemos que termine triunfando la inteligencia. A veces, no muchas, pasa.

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