Viena, 19 de Noviembre de 1975

Viena años setentaTal día como hoy, hace cuarenta años, fue el último día completo de la vida de Francisco Franco. Martin E., nos enseña cómo era Viena el 19 de Noviembre de 1975.

19 de Noviembre.- Cuando Martin E., entonces de catorce años, llegó del colegio aquel día, 19 de Noviembre de 1975, tenía solamente una lejana idea de quién era Francisco Franco y del hecho de que estuviera muriéndose.

Hablando en puridad, la realidad de que aquel viejo fuera a dejar el mundo de los vivos unas horas más tarde, le traía prácticamente sin cuidado (a los catorce años la muerte es una cosa que solo les pasa a otros y esos otros suelen ser, en general, una gente con una edad que uno piensa que no cumplirá nunca).

La única relación de Martin E. Con España era que un tío suyo, del que apenas se hablaba en casa, había muerto en la guerra civil, no por un heroismo especial, sino huyendo del austrofascismo y de la guerra civil austriaca, a finales de los años treinta. Cosas de meterse en política. La madre de Martin no hablaba demasiado de él, quizá porque a nadie le gusta que su hermano favorito se haya muerto de esa manera o bien porque, después de todo, a nadie le apetecía recordar aquellos tiempos que parecían tan lejanos.

Sobre la mesa de la cocina de la casa de Martin E. , había un ejemplar del Kronen Zeitung del día. Hacía menos de un mes se había constituido el tercer gobierno del canciller Kreisky al cual, algo más de un mes más tarde, le tocaría lidiar con una durísima crisis, cuando un grupo de terroristas tomó la sede de la OPEP en la Ringstrasse.

La madre de Martin E., vestida con un delantal color butano con un estampado de amebas,hacía la cena mientras escuchaba un transistor que emitía canciones de Caterina Valente y de Peter Alexander (en aquellos momentos Tipi-tipi-tipsi, la señora tarareaba) y el padre, en la sala de estar, miraba las fotografías de las últimas vacaciones de la familia en Italia porque, en aquellos días, en Esta Pequeña República, las funciones de los sexos estaban muy repartidas y el padre de Martin solo entraba en la cocina para secar la vajilla una vez que la madre la había lavado (eso sí, con los visillos echados, no fueran a verle los vecinos y pensaran que era un calzonazos). De hecho, la navidad de 1976 le trajo a la familia el lujo asiático de un lavavajillas automático, gasto prohibitivo que el cabeza de familia afrontó para quitarse del engorro de secar los platos con nocturnidad y alevosía.

Martin se fue a su habitación para hacer los deberes (en realidad, para leer a escondidas un sobadísimo comic del Prinz Eisenherz, que le había prestado Erich, su mejor amigo). Al chico le apuntaba ya el bozo y su madre, mientras hacía la cena, pensaba en el día, no muy lejano, en que el chico recibiría de sus manos la primera cajetilla de tabaco (terreno, el nicotínico, en el que Martin E. Había hecho ya alguna que otra incursión clandestina que lo único que le había provocado eran accesos incontrolables de tos). Aunque a ella se ponía de los nervios cada vez que veía a su marido meterse en el baño con el Kronen y un caliqueño (para el señor E., administrativo, la operación de desalojar el intestino era la oportunidad de deshacerse del estrés) la madre de Martin comprendía que los chicos tenían que fumar como una especie de rito iniciático.

En la emisora que tenía puesta la frau E. Empezó a sonar el éxito del momento, una canción francesa que se llamaba „Tu t´en vas“.

Franco, agonizante, allá abajo, en España, siempre le tuvo manía a Francia, porque Francia era, para él, un sospechoso nido de hembras minifalderas y gente que hablaba idiomas y el dictador, en su fuero interno, sospechaba que todos los hombres que hablaban idiomas o eran maricones o eran comunistas o las dos cosas a la vez. Qué hubiera dicho de un país en el que el ayuntamiento de la capital fomentaba la práctica del nudismo en un espacio que la próspera Austria estaba ganándole a una de sus señas de identidad: el Danubio. Hacía tres años que se había empezado a hacer realidad el faraónico proyecto de la Donauinsel. Austria, a diferencia de España, se podía permitir aquellos gastos. Después de la guerra mundial, los aliados habían puesto las bases de la prosperidad que el país disfrutaba.

Las diferencias entre Austria y España eran las mismas que las diferencias entre las biografías de los alcaldes de sus capitales. En 1975, el alcalde de Viena era Leopold Gratz, un hombre guapo, con cierto parecido al actor Paul Newman, socialista, miembro de una élite que terminaría enfangada en los escándalos de corrupción que acabaron con la era Kreisky. El alcalde de Madrid era, como decía Loles León en La Niña de Tus Ojos, „Un farcista de tomo y lomo“, un viejo con el pelo graso, falangista de la primera hora. El símbolo perfecto de una época, la dictadura que, tal día como hoy, hace cuarenta años, hacía mutis por el foro de la Historia.

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