¿Nos hacemos o no nos hacemos? (Inmigración y amigos)

amigosUna de las raíces de la felicidad del inmigrante son los amigos ¿Hispano o germanoparlantes? Con los primeros hay gente que se come la cabeza.

24 de Enero.- Querido lector, querida lectora: este artículo va dirigido principalmente a ti, que vives en Austria desde hace…Pongamos más de dos años, que te has integrado, que hablas alemán, que tienes un trabajo aquí, que eres feliz y que no te planteas volverte a tu país de origen (bueno, este artículo va dirigido a esos lectores pero, con suerte, los que no cumplan estas condiciones también podrán sacar enseñanzas valiosas de él).

Cuando uno lleva una vida así, uno de los componentes de la felicidad son los amigos. Naturalmente, si uno está integrado en el país que le acoge, probablemente tendrá amigos aborígenes (es muy sano y es una de las señales definitivas de que uno va por el buen camino) pero también pasará que probablemente, en su vida, habrá personas procedentes de su país de origen.

En relación a las amistades hispanoparlantes existen algunas consideraciones:

La primera que, como la soledad es mala, normalmente (sobre todo al principio) uno se junta aquí con personas a las que, en su país, ni siquiera hubiera considerado como amistades potenciales. Por un lado, es una cosa muy agradable y uno de los efectos beneficiosos de la emigración, este de que la necesidad de contacto humano haga que uno deje de lado los prejuicios y, como Agatha Christie en sus memorias diga a los otros „Ven y dime como vives“. La experiencia demuestra, sin embargo, que solo terminan prosperando aquellas amistades que se fraguan con personas que tienen unos intereses parecidos a los de uno o, por lo menos, que se mueven en lo que podríamos llamar „un ancho de banda“ parecido al que uno tiene.

Esto es lógico, claro: una vez desaparece el factor de cohesión, que es la necesidad de hablar en el mismo idioma (como Gloria Estefan) pues la amistad se desinfla.

La segunda consideración que hay que tener en cuenta con las amistades hispanoparlantes que se hacen en el extranjero es que hay una cláusula de la ley de Murphy especialmente dedicada a ellas. Y es esta: si encuentras a una persona con la que te entiendes muy bien, una de esas personas a las que, en el caso de que te tuvieran que hacer un transplante les dejarías la nevera de playa en la que transportan los órganos, si encuentras alguien así, que haya leido los libros que tú has leido, que haya visto las mismas películas, con quien compartas un sentido del humor igual o parecido, es muy probable que esa persona, en algún momento del futuro, tenga que irse de Austria por alguna razón y vuestra amistad tenga que ser a distancia (después de diez años, yo tengo alguna que otra así; en cualquier caso „dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa razón“).

Es natural: la gente sale de su país y se viene a Austria por una multiplicidad de razones. Está el amor, claro (y si el amor se acaba, y la persona no tiene anclajes en Austria, pues la persona piensa con razón que para sufrir mal de amores en Viena se sufre mal de amores en pongamos Tomelloso, lugar que cuenta a su favor con la estupenda cocina de mamá). Está la economía, naturalmente. Y si el español encuentra trabajo en España o lo encuentra en otro lugar, como el bonito municipio de Copenaghe, pues ese español, que tiene la costumbre de comer todos los días, pone en una pesa de la balanza las amistades y en la otra el sustento, y se decide por el sustento.

En fin, podríamos seguir y la lista sería prácticamente interminable.

Ante esta realidad de la amistad que se forja en el exterior del país de origen, hay españoles (los menos) que deciden no tener amigos hispanoparlantes, lo mismo que hay personas que no se quieren comprar una mascota porque cuando se mueren da mucha lástima.

Luego también hay españoles que son todo lo contrario, o sea que solo quieren tener amigos españoles y/o hispanoparlantes (estos son, en mi opinión, el otro extremo de la campana de Gauss y, en mi opinión también, el extremo más pernicioso si uno quiere vivir en Austria y no sobrevivir) y por último hay españoles, entre los que me encuentro, que prefieren la amistad al dolor potencial de una potencial pérdida.

A mí me parece, queridos lectores, que todas las personas que nos topamos en nuestra vida nos aportan algo y que, de todas maneras, nadie sabe lo que nos va a pasar mañana . Ni a nuestros amigos ni a nosotros mismos (¿Me volvería yo a España? Está difícil, pero quizá con un buen Euromillón…). Por eso creo que es muy importante vivir las amistades a fondo, con interés, cordialmente, con risas, con solidaridad, sin pensar en el tiempo que durarán (cruzando los dedos, claro está, para que Murphy se quede dormido).

En este aspecto, yo he tenido (y tengo) muy buena suerte. Aunque quizá sea pecar de inmodesto, a mi alrededor tengo un estupendo ramillete de amigos (muchos empezaron siendo lectores de Viena Directo y ahora son lectores y, además, para mi gozo, amigos muy buenos).

Espero que se siga ampliando.

Articulo publicado en Austria. Guarda el enlace permanente.

Un comentario a ¿Nos hacemos o no nos hacemos? (Inmigración y amigos)

  1. Sandra dice:

    Algunos amigos se van aún más lejos,dejando impregnada en el alma del que se queda toda su esencia….Ni la distancia es el olvido ni el fínal de una vida se lleva una buena amistad.Un brindis siempre por los BUENOS amigos,estén donde estén…..

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