Desde Austria hasta España (y zurück), tercera parte

De izquierda a derecha Grete, Franz y Mónika, hablan sobre sus experiencias en España
De izquierda a derecha Grete, Franz y Mónika, hablan sobre sus experiencias en España

Hoy como ayer, los niños, siempre los niños. En la penúltima parte de este largo especial presenciamos el encuentro de los chavales con las naranjas y otras cosas fascinantes.

2 de Febrero.- El viernes pasado, sentado alrededor de una mesa con Gerardo y otros cuatro abuelos que fueron, en los cincuenta, niños austriacos en España, uno no podía dejar de pensar en los tiempos que corren.

Ahora también miles de niños son desplazados por conflictos que no pueden entender pero que tienen una enorme influencia sobre sus vidas, tanta, como para arrancarles del sitio en donde nacieron y lanzarlos a lugares que son para ellos extraños ¿Qué pensarán los niños sirios o afganos de nosotros dentro de cincuenta años? ¿Nos recordarán con el cariño que las personas que yo tenía cerca conservan aún por España? ¿Quedará en sus memorias de niños la mezquindad con la que algunos adultos hablan ho de ellos, la frialdad con que sus vidas infantiles son reducidas a votos, a asquerosos eslóganes populistas o se borrará todo eso y quedará solo lo bueno? Quién puede saberlo.

Lo único cierto es que hoy, en este principio de 2016, la voz de Gerardo, Gerhard, en el salón del piso en donde nos hemos encontrado, aún se quiebra por la emoción cuando habla de aquellos años, y de lo que supuso para ellos, de niños, la posibilidad de salir de Austria en aquellos tiempos más difíciles para recuperarse un poco de la enorme necesidad que pasaban. Monika, una señora simpatiquísima que puntúa sus recuerdos con unas risas cascabeleras y juveniles, también habla de sus „hermanos“ y de sus „hermanas“ españoles, de su familia. Hermann, que acude a nuestra cita con un maletín del que va sacando fotos y documentos (entre ellos el librito „Niños austriacos en España“, de Gerda Ederndorfer de Sagarminaga, del que están sacadas muchas informaciones de este artículo) habla aún de „sus padrinos“ y me enseña una foto en la que aparece una pareja que ya, desgraciadamente, solo existe en su recuerdo. Franz, el cual, por el camino ha perdido casi totalmente el español que aprendió en su infancia, me cuenta en alemán su viaje repleto de peripecias, cincuenta años después, al encuentro de Pozuelo de la Orden, una diminuta aldea en las cercanías de Valladolid en la que ahora ni siquiera para el autobús.

Hablando con estas personas, uno tiene la sensación de que España es para ellos más que una parte de su pasado, un ancla que ha dado sentido a su vida después y que la experiencia fue intensísima (sobre todo, si se tiene en cuenta que muchos niños solo estuvieron en España por espacio de unos meses).

Monika

Esta experiencia empezaba en la estación de Viena, la misma a la que, poco tiempo antes (en 1948) había llegado Orson Welles para el rodaje de El Tercer Hombre. Allí, con orden muy germánico, se separaba a los niños de sus padres. Los chavales pasaban a manos de voluntarios de Cáritas los cuales se encargaban, durante todo el viaje (un largo viaje en tren, de cuatro días y tres noches a través de Suiza) de su cuidado, de su seguridad y de su higiene. Cada niño llevaba su comida para el viaje. Según la señora Ederndorfer, estaban colocadas en cada vagón con la indicación de lo que había que comer en cada momento. Era comida aportada por la familia de cada niño.

No es extraño que las criaturas pensaran que habían aterrizado en Jauja cuando pasaron la frontera por Port Bou y les dieron de comer chocolate y pan blanco (artículos, por cierto, que eran escasos también para la población española). También les sorprendieron las frutas: fantásticamente lujosas naranjas y platanos que ellos solo habían conocido en los libros, pero que jamás habían visto en carne mortal. Claro, que tuvieron algo de problema para comérselas, porque como las naranjas no traen instrucciones, nadie les había enseñado que había que pelarlas y claro, los chavales, muertos de hambre y, además, acostumbrados a las manzanas centroeuropeas, no tuvieron mejor idea que hincarles el diente.

De Port Bou, el tren fue a Pamplona, que era el lugar en que se había centralizado el reparto de los niños. Allí, los angelitos empezaron a darse cuenta de que, como Dorothy, ya no estaban más en Kansas. Como primera medida, les quitaron la ropa que llevaban (para lavarla) y les uniformaron y allí también tuvieron el primer contacto con el aceite de oliva (ese trauma para todos los austriacos). Era en Pamplona en donde las familias tenían que recoger a los chavales, pero también hay que pensar en la época. A pesar de que España hacía diez años que había salido de la guerra, el país, económicamente, era una catástrofe. Sumido en la autarquía (esa dieta económica de caballo que estuvo a punto de conducir a España a una ruina definitiva, de la que la salvó el Plan de Estabilización de Fuentes-Quintana). Lo dicho: muchas familias tenían que atravesar España, en trenes de la guerra del catorce, obtener salvoconductos en un país que, como la dictadura castrista, remediaba el desempleo a costa de crear una burocracia brutal. Y claro, se retrasaban. Sin embargo, al final no quedó ningún niño en Pamplona.

Franz

En la última parte de este largo reportaje especial, que probablemente se publicará el viernes (el jueves tenemos Baile de la Ópera) abordaremos el único trauma que ni aquellos niños ni sus familias habían previsto ¿Adivinas cuál es?

Articulo publicado en Historias de la Historia. Guarda el enlace permanente.

2 Responses to Desde Austria hasta España (y zurück), tercera parte

  1. Itxaso dice:

    Preciosa serie de artículos, Paco

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.