La importancia de tener un cliente satisfecho

Hotel imperialQué primor tener dinero para poder hacerse la vida más cómoda. Es lo que ha debido de pensar un cliente tan satisfecho, que ha decidido comprarse el hotel.

16 de Febrero.- Cuando yo era un chaval, se empezó a emitir en España Cheers, la comedia con Ted Danson y Kirstey Alley (cuando Kirstey Alley no estaba hecha una foc…Digoooo cuando estaba más delgadita que ahora).

Para todos los que crecimos en aquella época, la canción de Cheers es la banda sonora de una época. You wanna go where everybody knows your name and they re always glad you came.

La definición perfecta de ese sitio en donde uno está a gusto. O sea, donde no hace falta dar explicaciones porque todo el mundo sabe cómo te llamas, ese sitio en el que estás en casa. Y ya se sabe que, „en mi casa, hasta el culo me descansa“ (lo decía mi abuela). Pues eso mismo ha debido de pensar el muchimillonario árabe que, después de visitar Viena desde hace muchos años y alojarse siempre en el mismo hotel, le ha dicho a una de sus cientoveinticinco esposas:

-Venga Fátima, va: te lo compro.

Y dicho y hecho, ha sacado la chequera, luego una pluma estilográfica de platino y diamantes, le ha dado un chupetoncillo a la punta y le ha dicho a los anteriores dueños del establecimiento:

-¿Qué les debo?

Y los dueños del establecimiento han dicho:

-Pues van a ser setenta y ocho millones ochocientosmil.

Y el árabe:

-Pues aquí tiene usted el cheque. Le redondeo a ochenta kilos y con lo que sobre se toman ustedes algo a mi salud y a la del Profeta. Así pues…El cheque por aquí.

Y los dueños:

Y el hotel por Alá.Digooo por allá.

Esta historia, que parece de coña, se ha producido en Viena estos días pasados. El muchimillonario emiratí (de los Emiratos Árabes Unidos) Khalaf Ahmad Al Habtoor, después de venir, como muchos de sus paisanos, a Viena a disfrutar de la maravillosa hospitalidad de esta urbe que el Danubio riega con sus límpidas aguas, decidió comprarse ese hotel en donde todo el mundo sabía su nombre y los conserjes se doblaban en ángulo recto a su paso para decirle:

-Qué bien se le ve, señor Al Habtoor.

-Qué bien le sienta la chilaba nueva, señor Al Habtoor.

-No pasan los años por su esposa número ciento dieciocho, señor Al Habtoor.

No es la primera vez que el hotel cambia de manos. Desde su construcción lo tuvieron unos príncipes, los de Württenberg, que fueron sus primeros propietarios (en forma de palacio, cuando se empezó a construir la Ringstrasse). En 1867, con motivo de la Exposición Universal, se abrió como Hotel Imperial para los viajeros ricos que visitaban la ciudad. El fracaso de la exposición universal (complicada con una epidemia de cólera) no impidió que el Hotel Imperial haya sido desde entonces el más solicitado por los ricos, poderosos y famosos que han pasado por esta tierra planetaria. Desde Madonna a la reina Isabel de Inglaterra, pasando por Brad Pitt, Peter Ustinov, Karl Lagerfeld y, como es público y notorio, el tito Adolfo, el cual (pasó mala noche, el jodío de él, cuando visitó el hotel en 1938 con motivo de la anexión de Austria por el entonces Reich alemán.

Los partidarios de los nazis se agolpaban en la Ringstrasse y, a fuerza de vítores, no dejaron dormir al dictador.

El nuevo propietario del Hotel Imperial, que lo ha incorporado a su holding, ha prometido que va a mantener la identidad del establecimiento (más que nada, para que le siga pareciendo tan cómodo alojarse en él durante sus estadías en la capital de Austria) aunque también ha dicho que iniciará un proceso de renovación y restauración del algo baqueteado establecimiento, para devolverle el esplendor de sus primeros días.

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Un comentario a La importancia de tener un cliente satisfecho

  1. primo N. dice:

    Uno de los célebres húespedes del Imperial fue Alfred Hitchcock, del que el N., un médico palestino que ha pasado casi toda su vida en Viena, me contó una divertida anécedota.

    El N. y sus amigos, estudiantes por entonces creo recordar, se enteraron de que Mister Hitchcock se alojaba en el Hotel Imperial y decidieron hacerle una visita. Vestidos con sus mejores galas, se presentaron en la recepción y, con aires de suficiencia, pidieron que se le anunciase a Mister Hitchcock la llegada del productor libanés George N. Mientras los conserjes y recepcionistas debatían sobre la conveniencia de avisar o no al director inglés, Nicola y sus amigos se acodaron en el bar del hotel y empezaron a pedir bebidas como si ni hubiese mañana y el dinero fuese algo que se daba tan por supuesto que ni merecía la pena mencionarlo.

    Presa de su sentido del deber, el recepcionista avisó a Alfred Hitchcock, que bajó presto al bar a reunirse con el «célebre» productor, del que por supuesto había oído hablar. Nicola representó su papel a la perfección y habló de la posibilidad de producir una película, que por supuesto Hitchcock dirigiría. Estrecharon manos y Mister Hitchcock se retiró aduciendo algún compromiso. Cuando llegó el camarero con la cuenta, que ascendía a no pocos Shillings después de tanto whisky como habían tomado, el Doctor Nicola lo despachó con displicencia: «Cárguelo a la cuenta de Mister Hitchcock»

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