A vueltas con el «Ketschup»

Welcome DiversityDespués del aceite de oliva, puede que el tema de hoy sea uno de los más peliagudos de las relaciones hispano-austriacas.

18 de Febrero.- Uno de los contenciosos que nos enfrentan a los austriacos con los españoles -dejando aparte nuestro amor incondicional por el aceite de oliva, ese oro verde- son las palabras. Concretamente, las palabras en inglés.

Mi amigo J., hombre de voz poderosa y „aciertopelada“, por circunstancias de la vida, estudió en un colegio internacional cuya lengua vehicular era el inglés. De resultas de ello, habla un inglés no solo muy bueno, sino también exquisitamente elegante, a años luz de distancia de ese inglés americano chicloso y superordinario que se aprende en los malos buenos colegios.

Pues bien, J. Lo pronuncia todo como se debe, o sea, que al Colgate le llama „Colguéit“ y a Tina Turner la llama „Tina Tehnah“ y cosas así. Yo, por meterme con él, siempre le gasto la misma broma. Cuando J., pronuncia perfectísimamente una determinada palabra en inglés le digo:

-Pero J., ¿Por qué lo has dicho mal?

Él, me levanta las cejas, al principio -durante las décimas de segundo que tarda en darse cuenta de que estoy de coña- y luego yo le digo:

-Hombre, claro, tú has dicho „Tihna Tehnah“ y la mujer se llama de verdad Tina Turnerrrrr -y exagero mucho las erres.

Los españoles, cuando hablamos en otro idioma que no es el nuestro y, sobre todo, cuando hablamos un idioma que no es el nuestro delante de nuestros connacionales, tendemos indefectiblemente al acento vallecano (con todo mi respeto a los habitantes de Vallecas, marco-incomparable-de-belleza-sin-igual) más que nada para que no nos llamen pedantes, finolis o se dude de nuestra orientación sexual o se sospeche que nos gusta Enrique Iglesias (como músico).

En cambio, los austriacos, sobre todo si quieren hacer gala de una cierta formación cultural, tratan de pronunciar en un inglés decente o, en todo caso, lo mejor que pueden (aunque es muy gracioso escuchar cómo a Frank Stronach, para darse el pisto, los más mastuerzos le llaman „Freeenk“ -alargando mucho la e- Stronach“.

Por lo demás, el alemán se enfrenta, como el español, al hecho incuestionable de que hay cosas y realidades que se nombran más eficientemente en otros idiomas y en cómo incorporar esas palabras.

Nosotros tenemos la Academia a la que el marido de Elvira Lindo va todos los jueves y cuyas recomendaciones más locas, en algunos casos, solo sigue Pilar Urbano (eso de llamarle „aeromozos“ a lo que todo quisqui llama azafatos o escribir güisqui) y en alemán está el Duden, que también, como las chonis de Gran Hermano „hace sus pinitos“ en la tarea de „alemanizar“ palabras provenientes en otros idiomas.

Basta poner la radio o la televisión todos los días o, simplemente, escuchar a tus compañeros de trabajo, para darse cuenta de que Duden fracasa estrepitosamente en la tarea. Hace años se intentó, merced a la reforma ortográfica última, que los alemanes escribieran Ketschup (primo hermano de nuestro güisqui) o Majonäse, pero a la gente no le gustó la innovación y en los supermercados se sigue comprando Ketchup y Mayonnaise (y en todos los Würstelstände, te siguen ofreciendo las proverbiales patatas fritas con Ketchup y „Mayo“.

Los lingüistas que han estudiado la cuestión achacan esta resistencia a los cambios ortográficos a que los germanoparlantes hablan cada vez mejor inglés (y, añado, cada vez mejor español)

Parece ser que el alemán (vaya, sus hablantes) en ese ejercicio de democracia máxima que consiste en decidir el código en que se quieren comunicar, ha optado por utilizar las palabras inglesas que nombran cosas y realidades a pelo, tal cual, y los verbos (al fin y al cabo el alemán y el inglés vienen de un tronco común) se conjugan (mejor se „participian“) como al germánico modo. Por ejemplo, cuando un post en Facebook (este, sin ir más lejos) les ha gustado, ellos dicen que lo han „geliked“ pero ¿Lo han geliked o lo han „geliket“? Yo me inclinaría por la primera posibilidad, pero quién sabe. Aún no está todo decidido.

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