Schadenfreude

Una fuente con cara de demonioEn Austria, los resultados de las elecciones de hoy han producido una ola de alegría. Verán mis lectores por qué.

13 de Marzo.- en alemán existe una expresión, compacta, como todas las suyas, que es la Schadenfreude. Esto es, ese sentimiento malsano que nos corroe a todos los que no estamos hechos de la misma materia de los ángeles, cuando le pasa algo malo a alguien al que, por alguna razón, le tenemos tirria.

Es conocida la rivalidad, el resquemor, la pelusa, que reina entre Austria y Alemania. Muy parecida a otras relaciones conflictivas entre primos hermanos (¿Qué decir de las complicadas relaciones que durante siglos hemos tenido los españoles con los franceses o la que los portugueses tienen con nosotros?). En Austria se ve a los hermanos mayores alemanes como esos parientes ricos que siempre están dando porsaco con lo bien que lo hacen ellos todo (mientras nosotros pensamos que „no te fastidia, con buena p*lla bien se j*de).

Una de las cosas que más desprecio causaba entre las élites cultas y bienpensantes alemanas era que en Austria, cuna del tito Adolfo, la ultraderecha (llamada aquí „derecha populista“ para no mentar la esvástica en casa del ahorcado) es una fuerza con la que, tristemente, hay que contar.

Me acuerdo perfectamente de un debate en la ORF organizado para dilucidar lo bueno o lo malo que fue en vida Jörg Haider en el que una periodista alemana se encaró con Stefan Petzner, „viuda“ oficiosa del político fallecido y le dijo algo así como:

-Claro, ustedes a lo suyo le llaman „derecha populista“ pero nosotros lo llamos nazi y lo que sigue.

Alemania estaba muy orgullosa de que, en su suelo, no había arraigado aún la mala hierba de la ultraderecha.

Y podía estarlo.

Hasta hoy.

Y, dados los resultados electorales de las regionales de hoy, se puede decir del electorado alemán lo que alguien dijo de Mae West: que, cuando era buena era buenísima, pero que cuando era mala, no había quien le ganara.

El partido ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD, por sus siglas en la lengua de Hansi Hinterseer) le ha propinado una buena gaya a la remanguillé no a Angela Merkel -!Qué nos gusta personalizar!- sino a la inocencia en la que vivían los alemanes aún a estas alturas de este siglo que no cesa de coger velocidad, pensando, como piensan las madres seguras de la virtud de sus hijas casaderas que, en su casa, „no pasaban ciertas cosas“.

Está claro que Alternative für Deutschland ha aprendido a ser lo que es en Austria. Hace unos meses escribía yo aquí sobre la visita de la lideresa de esta formación que es la cristalización política de PEGIDA, al Akademikerball. Allí, la señora esta vino a hacer contactos, a ampliar su agenda, a tomarse unas copichuelas y echarse unos bailes con gente que piensa sobre ella (y ya escribí lo que piensa ella y ponía -y pone- los pelos de gallina).

¿Cómo hay que leer este cambio desde el corazón de Europa? Desde 2008 (quizá aún algo antes) el mundo está pasando por una fase de cambio, que no ha hecho más que empezar. Es una crisis que parece sistémica pero que hunde profundamente sus raíces en otros cambios que afectan mucho más al ciudadano de a pie que la crisis institucional o de las ideas. Es una crisis, por ejemplo, del mundo del trabajo.

En un mundo crecientemente tecnificado e interconectado, en el que, para sobrevivir laboralmente, cada vez hace más falta ser multidisciplinar, flexible, contar con talentos versátiles, ser emocionalmente inteligente y estar eternamente dispuesto al reciclaje, otro mundo, un mundo regulado, anclado en un pasado idílico y ficticio, con los conceptos de bien y mal, nosotros y ellos, pureza cultural (que es decir también pureza racial) clarísimos, se vuelve sumamente atractivo para los que se quedan fuera, para aquellos que no pueden o no saben incorporarse a las nuevas corrientes. PEGIDA, Alternative für Deutschland, el FPÖ, el Front Nationale surgen de la conciencia de una parte de la clase media urbana de estar asistiendo a una fiesta en la que otros se divierten y de la que ellos no podrán disfrutar. Nunca. Y eso duele.

José Carlos Mainer, gran estudioso del fascismo español (que lo tuvimos, aunque luego deviniera en pandereta, como todas nuestras cosas) dijo que „el fascismo es una excrecencia de la modernidad; sin modernidad, no habría fascismo“. Quizá nos toque, les toque a los alemanes, consolarse con eso: la existencia de ciertas corrientes políticas es el precio que todos tendremos que pagar por presenciar la aurora del futuro.

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