La agridulce victoria del candidato tróspido

cartel electoralEl domingo ganó el candidato Hofer. Sus rivales están teniendo reacciones comprensiblemente doloridas pero, de momento, de “orgullo tróspido”,salvo excepciones, ni rastro.

26 de Abril.- Según la información que puede encontrarse en internet Carral es un municipio coruñés de 6000 habitantes (unos pocos más que población española hay en Austria) y en él, según la red de redes, hay que situar el origen del adjetivo “tróspido”.

Lo popularizó un bloguero español (el hematocrítico) para referirse a los seres especiales, con una manera digamos curiosa de leer la realidad, que aparecían en el programa “Quién quiere casarse con mi hijo”.

Los improbables candidatos a novio ponible, desesperación de sus madres, que veían cómo pasaban los años y no lograban, como suele decirse,“recogerlos” no eran precisamente el orgullo de sus clanes respectivos pero claro, como el cariño de una madre es, al fin y al cabo, el cariño de una madre, pues…Pues eso.

¿Y de dónde viene el término? Pues parece ser que un amigo del bloguero, estando en Carral, escuchó (en gallego) la siguiente conversación:

-Claro, te puedes casar con tu prima, pero luego sálente los hijos tróspidos.

Tróspido es raro, no muy normal, un poco habsbúrgico, vamos (por utilizar un adjetivo que comprenderán mis lectores familiarizados con los entrecruzamientos de la antigua familia real austriaca)

La del domingo fue la victoria, claramente, del candidato de los que se ven a sí mismos como tróspidos (basta mirar el mapa de los distritos de Viena para sacar sin dificultad conclusiones sociológicas y “trospidísticas” clarísimas). Y no porque a uno le parezcan más o menos respetables unos votos que otros, sino porque, cualquier persona que haya tenido las orejas abiertas en Austria desde el domingo ha podido comprobar que los que se tienen por tróspidos muy conscientes de su condición, de su hándicap, como si dijéramos, y no van por ahí presumiendo, como es lógico.

Ayer, en el metro, mientras hacía como que leía, escuchaba a la gente comentar la jugada de ayer y la conversación era la misma casi siempre:

-Y tú ¿Votaste ayer?

-Sí, hija, pero para lo que me sirvió…

-¿Y eso?

-Yo voté a X –Griss, Van der Bellen, el que usted quiera- pero luego salió el otro –o sea, el tróspido.

-Si es que hay que hay gente que está en el mundo como los paragüeros, porque tiene que haber de todo.

-Di que sí: el mundo está lleno de tróspidos que no saben dónde tienen la mano derecha.

En la oficina, igual. Todos (los austriacos) venga de criticar al tróspido y a los que le han votado, pero claro, no hace falta tener superpoderes para darse cuenta de que muchos, por lo menos dos de cada cinco, de los que se metían con el pobre tróspido, con su mirada vacía y su discurso más simple que el mecanismo de un cubo, habían votado a dicho tróspido.

La pregunta, naturalmente, es ¿Son los votantes del candidato tróspido, tan tróspidos como parecen o como ellos se creen? Veamos: el día en que sobrevino el tsunami, la ORF, cadena pública austriaca, decidió que había que poner las cosas en claro y publicó una estadística en la que relacionaba los votos del candidato tróspido con la trospidez (o sea, el nivel educativo) de sus votantes y, naturalmente, salió que sí, que eran muy tróspidos, y que al candidato ganador le había votado mayormente gente de la escala más baja de la cadena trófica.

Aunque claro, la estadística, que era más que nada árnica destinada a los grandes perdedores, tenía truco: en Austria se puede votar desde que a uno le sale el acné (16 años) y a los dieciséis no te ha dado tiempo de tener un doctorado (por razones obvias, bastante ocupado estás con seguir los consejos de la Superpop para conquistar a Mario Casas o a Adriana Lima).

Aunque claro ¿hay algo más tróspido que eso?

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