Thalia cambia de manos

lectorUna de las librerías más cómodas y frecuentadas de Viena cambia de propiedad. Veamos cuál.

30 de Noviembre.- En el mundo hay dos tipos de personas: los que leen y los que no. Todas las demás distinciones son accidentales y, en general, comparativamente de poca importancia.

Entre los que leemos y los que no leen, sin embargo, se levanta una barrera de incomprensión que es insalvable, porque hay determinadas cosas, una hermandad profunda, luminosa, transnacional, transversal, translingüística y transtodo, que los que no leen no han experimentado nunca (los pobres).

Yo mismo, puedo ponerme a hablar con cualquier desconocido en cualquier parte del planeta, darme cuenta de que es lector habitual y, automáticamente, se formará entre los dos una red de sobreentendidos que formará un cimiento inconmovible. En los primeros tiempos de mi vida en Austria, fue un gran alivio encontrarme, de vez en cuando, con otros lectores los cuales, aunque no hablaban español, sí que formaban parte de esa comunidad de los que no podemos vivir sin letra impresa. Aunque esta frase, como veremos a continuación, probablemente vaya a convertirse dentro de poco en una metáfora que no entenderán los niños que nazcan, por ejemplo, dentro de veinte o treinta años.

Los lectores, como todos los demás habitantes de la Tierra en estos momentos, estamos pasando por un cambio tremendo; el mismo que supuso pasar de leer en alto (como se leía en la antigüedad, incluso en las bibliotecas) a leer en silencio (san Agustín, obispo de Hipona, fue el primero que lo hizo); o pasar del rollo al libro en forma de cuaderno (que no es lo mismo que pasar del libro en rollo al rollo en libro, como se empeñan en hacer creer a sus alumnos no pocos profesores de bachillerato). Ese cambio se llama digitalización. La industria del libro, como la del periodismo o la de la música, está cambiando a pasos agigantados y el futuro que se abre ante ella es incierto. Antiguamente, o sea, hasta ayer por la tarde a las cuatro y cuarto, convertirse en editor implicaba que había que tener el riñón bien cubierto, porque la industria del libro era muy intensiva en capital. O sea, se necesitaba, aparte de unos señores con gafas de pasta que se leyesen los manuscritos y unas secretarias con gafas de pasta (pero más pequeñas) que cogieran los teléfonos, unas máquinas muy grandes y muy caras y mucho, muchísimo papel. Publicar un libro era una inversión y si uno no tenía mucho instinto, como Jose Manuel Lara (que se forró vendiendo los tochazos de Jose María Gironella sobre la guerra civil), lo de ser editor era una empresa de recorrido corto: el que va del superávit a los números rojos.

Hoy, en cambio, cualquiera puede ser editor. Ventajas: que múltiples talentos que antaño permanecían escondidos o sea, esforzados administrativos que redactaban sus epopeyas a la hora del bocadillo o en la penumbra administrativa de los ministerios, pueden por fin salir al exterior. La desventaja es que, naturalmente, entre tanta voz pidiendo ser escuchada, la labor del editor de separar el polvo de la paja o no existe o se hace imposible.

Quizá el tamiz pase, ahora, por la distribución. Lo que no llega a los lectores, no existe y así las librerías (físicas o en la red) cobran su papel fundamental. Esto es lo que ha debido de pensar la editorial alemana Herder, la cual ha decidido comprar un paquete mayoritario de acciones de Thalia. Una de las sucursales de la cadena, que también agrupa otros negocios editoriales, como Weltbild, está en la céntrica avenida vienesa de Mariahilferstrasse y es uno de mis lugares favoritos para comprar libros. Cinco pisos, si contamos el sótano, de auténtico placer. Naturalmente, en español tienen poquito y más bien trillado (un poco de Paulo Coelho, otro poco de Isabel Allende, otro poco de Carlos Ruiz Zafón…) pero en lengua vernácula tienen de todo.

Se da la circunstancia de que, al comprar Thalia, Herder recupera parte de lo que fue suyo. A principios de los noventa, Thalia era una pequeña cadena de librerías local en Alemania que se propuso ser líder de la distribución de libros en el ámbito de habla alemana. Para ello, una de sus estrategias fue ir absorbiendo a sus competidores. Uno de esos competidores fue Herder.

La única incógnita es cómo influirá la línea editorial de la casa madre en los libros que se vendan en las tiendas, porque los Herder, familia de la conservadora sociedad del sur de Alemania, se han hecho ricos vendiendo obras de marcado contenido religioso. Por ejemplo, las del papa Ratzinger. Aunque claro, si son editores también serán buenos lectores y sabrán que, como dice un personaje de Umberto Eco en El Nombre de la Rosa “el cielo es el infierno visto desde otro lado”.

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