La oportunidad y el peligro

En diez, quince años como mucho, el mundo habrá cambiado tanto que costará reconocerlo. En Viena están intentando que el cambio sea más suave.

5 de Enero.- Una de las cosas que más me gusta en el mundo es escuchar a gente inteligente. Cuanto más inteligente, mejor. Si algo soy, es un admirador de la inteligencia ajena y presumo, sin ningún problema además, de tener amigos mucho más listos que yo, porque para mí eso significa que esa gente me abre ventanas que de otra manera yo ni siquiera hubiera visto.

Estas navidades quedé, como hago cada par de meses, con uno de estos amigos míos admirables.

Anda por la mitad de los treinta y tiene su propia empresa dedicada al desarrollo de software. Le va bien, pero no es uno de esos optimistas que creen ciegamente en las ventajas de la tecnología. De hecho, él piensa que la digitalización apenas va a ofrecer ventajas para las personas de abajo, como nosotros, sino que solo va a beneficiar (como es evidente) a aquellos que posean el capital. O sea, a los de siempre. Y que va a aumentar la brecha entre ricos y pobres de manera dramática. Él es partidario, por ejemplo, de gravar el trabajo de las máquinas, de los robots y, con el dinero obtenido, implantar una renta mínima universal, lo cual, explicado por él, cobra un aspecto muy plausible.

Los seres humanos ya somos incapaces de competir con la inteligencia artificial, y quizá seamos la última generación de trabajadores que pueda ponerse enferma o pedir aumento de sueldo. Además, antiguamente, los trabajos que corrían peligro eran los monótonos o poco calificados, sin embargo las máquinas ya están en condiciones de sustituir también las tareas basadas en el conocimiento. Los partidarios de la digitalización ofrecen la alternativa del “reciclaje” profesional, pero está claro que no todos los trabajadores van a poder acogerse a esta medida y grandes capas de la sociedad van a ver peligrar dentro de cinco, diez o quince años como máximo, sus medios de subsistencia. Mi amigo, que es un adelantado a su época (aunque vea el futuro más parecido a las goyescas pinturas negras que a los risueños panoramas impresionistas de Renoir) también es muy crítico con la llamada (mal llamada) “economía colaborativa” o “economía del uso” como también podría llamársela, por ejemplo, airbnb o Uber.

Su razonamiento, muy claro, es el siguiente: en el caso de airbnb, la gente alquila un piso durante tres días o una semana a una persona, dinero recibido que, en la mayoría de los casos, no tributa ni, por lo tanto, genera beneficio al resto de la sociedad, que no ve la riqueza redistribuida.

Gran parte de los beneficios se los lleva una compañía (airbnb, en este caso) que está radicada en San Francisco (Califonnia) y que, por lo mismo, no paga impuestos en Austria con lo cual el Estado austriaco, o sea, nosotros, todos, estamos perdiendo dinero y la posibilidad de hacer lo que nuestros impuestos hacen posible: por ejemplo, invertir en la educación que ha hecho posible que una persona como mi amigo, proveniente de unos padres trabajadores de clase media baja, haya conseguido el nivel educativo suficiente como para haber fundado su propia empresa y haber mejorado meteóricamente, en el corto transcurso de una generación, el nivel de vida que tenían sus padres. En cambio, los dueños y accionistas de airbnb, con residencia en a otra punta del planeta, se lo están llevando crudo.

Según su punto de vista –que yo encuentro bastante razonable- en realidad lo que sucede con la llamada “economía colaborativa” es que en realidad siguen ganando siempre los mismos, que son los que poseen el capital que “comparten” (en realidad lo alquilan) posibilitando la ilusión de que la gente se crea un poco más rica de lo que es. Igual por ejemplo con Car2Go, empresa radicada en Luxemburgo, y tantas y tantas otras.

Todo esto viene a cuento porque la ciudad de Viena ha decidido gravar con una tasa parecida a la que pagan los hoteles a los alquileres de airbnb.

La ley, que estará lista dentro de poco, todavía no está precisada (de hecho, se trata de hacer aflorar parte del dinero que produce airbnb, pero tratando de mermar lo menos posible el incentivo que supone para la economía, al hacer que haya mucha más gente que se anime a viajar a Viena). De hecho, el consistorio vienés y la empresa americana están negociando todavía los términos, pero la consecuencia inmediata que tendrá será que airbnb tendrá que compartir la información de los pisos que se alquilan a través de ella con las autoridades fiscales austriacas. Se une así Viena a una ya larga lista de ciudades europeas que están intentando que los beneficios de la actividad se reinviertan en el lugar en el que se producen.

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Un comentario a La oportunidad y el peligro

  1. Alex dice:

    Una metáfora interesante a la economía de periferias. Es bien conocido que las multinacionales del diamante llevan años extrayendo éste precioso mineral de las entrañas de la África profunda. A fecha de hoy, sabe Dios cuántos años después éstas regiones africanas alumbradas por materia prima fundamental siguen estancandas en guerras y luchas por el p oder regional

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