Escenas de matrimonio (a la turca)

De nuevo, se ha producido el choque entre dos concepciones de la vida. Y no será el último. Ankara y Viena a la greña (again)

28 de Febrero.- La Unión Europea tiene un problema muy gordo que reventará el día menos pensado. Resulta que el cancerbero de su frontera con Oriente Medio, el que hace de portero de discoteca mal encarado, el que, de alguna manera, garantiza la estabilidad de la Unión, Turquía, lleva casi dos años de rumbo hacia el autoritarismo.

Como el putín de Putin, como el indocumentado de la Casa Blanca, se trata, grosso modo, de volver al binomio ejército+clero. Unos ponen la fuerza represiva por si algún turquito saca los pies del zoco y los otros “el misterio”, la cancela ideológica para que el que se mueva no salga luego en la foto del paraíso. Más tarde, es fácil: se identifica la religión mayoritaria del Estado con el Estado mismo (“por la gracia de Dios”) y cualquier crítica como una crítica contra lo Sagrado, de manera que el crítico sea, además, pecador contra lo que, en principio no admite crítica porque es sobrehumano. Nada nuevo bajo el sol, o sea.

Los problemas surgen cuando esta noción, primitiva pero ciertamente eficaz si se cuenta con los medios necesarios para implantarla, choca con otras que no se rigen por estas reglas.

Últimamente, sucede con una preocupante frecuencia entre la sociedad austriaca y la sociedad turca, dado el interés que tiene, para el Gobierno de Ankara, contar con el apoyo de los turcos residentes en el exterior (un caladero de votos de proporciones considerables).

La cosa empezó porque en 2014 el Gobierno de Ankara decidió que los turcos que no residiesen en el territorio de Turquía podían votar en las elecciones (hasta entonces era ilegal). Naturalmente, si hay votos, hay campaña electoral, por lo que el ministro Erdogan decidió venir a Austria pero no en visita oficial, sino para “echar un mitin”. La política turca es complicada y en el territorio turco existe una etnia, la kurda, que se lleva a matar con el Gobierno (y lo de a matar, desgraciadamente, no es una metáfora, por ninguno de los dos lados). Durante el último golpe de estado en Turquía (que aún no se sabe si fue un autogolpe o qué fue) se produjeron también enfrentamientos entre turcos “erdoganistas” y turcos de etnia kurda, que terminaron en la destrucción de la terraza de un local de Mariahilferstrasse gestionado por estos últimos.

Asimismo, la última vez que Erdogan echó un mitin en Viena ante sus fieles, la cosa terminó en batalla campal entre sus partidarios y los que no lo son tanto.

Pues bien: Erdogan ha anunciado su intención de repetir la jugada, con motivo de un referéndum que hay convocado en Turquía y para el que quisiera contar con el apoyo de los votantes residentes fuera de Turquía. Con este motivo, el mandamás ha anunciado su deseo de viajar a Viena a predicar su verdad y el Gobierno austriaco, mediante su Ministro de Exteriores, Sebastian Kurz, le ha dicho que si solo viene a eso, que mejor se quede en su casa, porque el Gobierno austriaco no lo ve con buenos ojos. Que, cuando quiera, organice una visita bilateral, que el Gobierno austriaco le pone un piso en Schönbrunn si quiere, pero que el ejecutivo vienés no está dispuesto a tolerar que Erdogan “exporte” la grave tensión interna que vive la sociedad turca y que luego sea el Gobierno austriaco el que tenga que pagar los desperfectos y la vigilancia.

El Gobierno turco ha reaccionado como era esperable. O sea, poniendo el grito en el cielo y acusando al Gobierno de Viena de ser un “racista” y un “islamófobo” (la identificación del Estado con la religión del Estado) y a Sebastian Kurz de actuar guiado por intereses espurios (o sea, trepar y hacer carrera a costa de humillar a los turcos).

Desde el Gobierno de Viena no se ha querido comentar más el incidente, y se ha recalcado que sólo se le ha hecho saber al Gobierno turco, por los canales acostumbrados la posición del ejecutivo austriaco a este respecto.

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