Fastidiando la gorrina (con perdón)

Queridos lectores del año 2117, este artículo va especialmente dedicado a vosotros: hombres y máquinas del futuro.

7 de Marzo.- Los primeros años del siglo XX fueron una época apasionante. Hablando en puridad, ideológicamente, debieron de ser los últimos años del siglo XIX pero, al mismo tiempo fueron, como lo son los primeros años del siglo XXI, un tiempo de experimentación, en donde todo parecía ser posible, en donde la Humanidad, ayudada por una fe acaso ingenua en el progreso, empezó a arrumbar la pesada losa ideológica que la había tenido quieta desde aquella revolución reaccionaria que fue el congreso de Viena.

En este ambiente efervescente vivió su juventud, bastante a salto de mata, el periodista Julio Camba (en la foto que ilustra este artículo)

Le he descubierto por casualidad, a través de un librito que recopila los artículos que escribió cuando estuvo destinado en Nueva York como corresponsal para un periódico de Madrid. Camba fue anarquista de joven (parece que tocaba, no es el único caso) pero murió en los años sesenta en el seno del conservadurismo, convencido quizá de que el franquismo era lo menos malo que podía haberle pasado a su país.

Leyendo a Julio Camba y sus socarronas impresiones escritas desde América, le sorprenden a uno dos cosas: la primera, lo frescas que se mantienen (a pesar de que fueron escritas hace un siglo y a pesar de que el castellano de Camba es, forzosamente, ligeramente modernista) y en segundo lugar, la enorme perspicacia que tuvo Camba para darse cuenta de que el humor es, muchas veces, la manera más seria de contar las cosas.

Es delicioso ver cómo va de lo particular a lo general, y cómo tiene muchísimo ojo para trazar en cuatro líneas el retrato de un personaje completamente identificable y que se puede seguir sin dificultad. Espero que, si en 2117 alguien desentierra estos artículos, haya alguien, hombre o máquina del futuro, que pueda decir lo mismo de Viena Directo.

Camba, con su libreta, su cuello de celuloide, su sombrero flexible y su lápiz mordisqueado detrás de la oreja, hubiera tenido mucho que decir en Austria, en estos días. A cuenta, por ejemplo, del rifirrafe que tuvo ayer una periodista de la ORF que trató de informar sobre un acto, en principio público, organizado por un partidario del primer ministro turco, Erdogan, en los locales de una asociación de estudiantes vienesa.

Recordarán mis lectores que el Gobierno austriaco, principalmente por boca de su ministro de Exteriores, Sr. Sebastian Kurz, se había mostrado de todo menos amused con la idea de que los políticos turcos vinieran aquí a fastidiar a la miembro femenina del ganado porcino (vulgo: a joder la marrana). La reportera de la ORF, con la cabeza cubierta por un pañuelo –el político que “echaba el mítin” era muy conservador y hasta dicen que de los de las barbas de Palmira- intentó acceder al recinto y no la dejaron. El corresponsal de una cadena turca se encaró con ella y le preguntó qué venía a hacer allí, ella le contestó que a informar. La reportera le preguntó “al puerta” (vestido de negro, manos cruzadas delante del cuerpo protegiendo la zona “gitanal” como si fuera a afrontar un penalti con barrera) que si aquello era un acto público y el puerta se enrocó “no puedo hablar, no puedo hablar”.

Después, la reportera consiguió entrevistar al periodista turco. En la ORF emitieron la entrevista sin ningún corte ni explicación adicional, ayer, en el ZIB 2, y fue tan efectivo como dantesco, porque se veía a la legua que el tipo era una versión un poco más letrada (no mucho más) del puerta vestido de negro que había vetado la entrada de la reportera en el recinto (por cierto, la periodista trató de obtener una acreditación sin resultado, lo cual indica que es muy probable que en el acto se dijeran cosas que nadie quería que saliesen por televisión) y que solo se guiaba por la voz de su amo.

La que sí salió por la tele fue la reportera de la ORF, porque mientras su compañero grababa, ella era a su vez grabada. En una tele pro-Erdogan, se la calificó de “agente” (¿Agente? ¿De quién?) y se la acusó también de querer infiltrarse sin ser vista (¿Con un micro y un cámara?). Por cierto, los telediarios en Turquía tienen pinta de ser igual de malos que los españoles. A Julio Camba no le hubieran gustado nada.

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