La “muertaldi” de Vivaldi

¿Sabía usted que Vivaldi murió y está enterrado en Viena? La historia alrededor de su muerte es chula y merece ser contada.

9 de Marzo.- En el mismo lugar en donde hoy se levanta el Hotel Sacher estuvo la casa, propiedad entonces de un fabricante vienés de sillas de montar, en la que murió en julio de 1741, de forma repentina, uno de los compositores más populares de todos los tiempos: el italiano Antonio Vivaldi.

Cuando murió, el padre de la música que suena en los ascensores de todos los hoteles finos del mundo (aunque también hizo muchísimo más) estaba pasando por horas bajas profesionalmente hablando. Tenía 63 años y su estilo, fuertemente barroco, estaba siendo barrido por nuevos “rismos de astualidá”, o sea, por el neoclasicismo.

No se sabe bien por qué la muerte le pilló en Viena, pero se piensa que pudo tener que ver con el intentar poner remedio a estas estrecheces económicas.

Vivaldi, entonces de sesenta y tres años, bastante achacoso, acompañado de su padre ancianísimo, había venido a la capital de Austria quizá a solicitar la protección del emperador, un declarado “fan” de su música. La jugada le salió mal, porque el emperador tuvo el mal gusto de morirse sin que Vivaldi consiguiera hablar con él, y con esa muerte, se terminó la última oportunidad que el sacerdote tenía para recuperar algo de estabilidad económica (Vivaldi era cura pero había celebrado solamente un par de misas en su vida, porque había solicitado una dispensa a las autoridades eclesiásticas alegando que era estrecho de pecho –y no es coña- dicha estrechez no le impidió en cambio ser un exitoso empresario teatral y un virtuoso del violín).

Para poder pagar el viaje a la capital imperial, Vivaldi, a quien en vida llamaron “el padre rojo” (no por comunista, sino porque era peli-ídem) tuvo que malvender algunas de sus partituras manuscritas y el resto se las trajo con él. Imagínese el lector un carro cargado con 400 librotes entre óperas, sinfonías, etc. La obra de una vida. Este tesoro también tiene una historia curiosa, que se aleja un poco de Viena, pero que conviene relatar.

Cuando Vivaldi muere “de una infección interna” en lo que entonces aún no era el hotel Sacher, en una cama prestada y más pobre que una rata, le entierran en el cementerio que, entonces, había frente a la Karlskirche (hoy un parque) y sus posesiones, que prácticamente se reducían al carro con las partituras (entonces, de un cierto valor) las heredó su hermano, un barbero y fabricante de pelucas que tenía puesto su negocio en Venecia, llamado Francesco Vivaldi (Paquito Vivaldi, vaya). Y aquí tenemos al barbero con un problema.

Ma che cazzo faccio io con tutti questi pappeloni?

Como entonces no había contenedores de reciclaje, el barbero se los vendió a un noble veneciano, Jacopo Soranzo. Este, a su vez, se los vendió a otro noble, el conde Giacomo Durazzo, el cual guardó los manuscritos de Vivaldi en su palacio de Venecia. Cuando este Durazzo murió, los manuscritos fueron llevados a Génova, en donde permanecieron durante un siglo entero. Hasta 1893. En plena belle époque, los nietos del primer Durazzo, dos hermanos, se pelearon por la herencia del abuelo, y alguien, muy a la italiana, adoptó una solución “salmerónica”. O sea, cogieron los manuscritos, y cada hermano recibió un cincuenta por ciento. En casos dudosos, se cogió el manuscrito y !Rasca! Los serraron por la mitad.

Uno de los dos herederos murió antes que el otro ¿Se reunieron entonces los manuscritos? No. Porque el difunto los dejó en herencia a un monasterio, a cambio, se supone de que los monjes rezasen para que Dios le perdonase la salvajada que había permitido con la mutilación de las partituras de Vivaldi. En los años 20 del siglo pasado, el monasterio se quedó corto de fondos y decidió venderlos para poder hacer reparaciones en su edificio. Se dirigió a la Biblioteca nacional de Turín, para que evaluase cuánto podían valer. Los bibliotecarios reconocieron al instante el valor de aquel tesoro, y se pusieron a su vez en contacto con un rico empresario, que adquirió los manuscritos en memoria de su hijo muerto (que debía de ser, además, un melómano). Vale. Una mitad ya está a buen recaudo ¿Y la otra? El Gobierno italiano se puso en contacto con el hermano Durazzo sobreviviente y, tras una tortuosa negociación, il signore decidió vender. Curiosamente, también a un rico empresario que los compró en memoria de su hijo muerto y los donó a la biblioteca nacional de Turín.

Allí, el poeta filofascista y por lo tanto mussoliniano (un pájaro de cuenta) Ezra Pound, inició un primer intento de catalogar los manuscritos de Vivaldi, pero no fue hasta el año 2000 cuando se empezó a grabar “un completo”. Para esta magna obra, los músicos trabajaron con las auténticas partituras salidas de la mano de Vivaldi (o con fotocopias).

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Un comentario a La “muertaldi” de Vivaldi

  1. Pedro Duque dice:

    Muy Interesante su articulo.Pero en la TÜ de Viena,hay un letrero donde especifica que Vivaldi murio ahi y no en el emplazamiento del actual Hotel Sacher,de ahi mi confusion.

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