!Ay ay ay! !Aua aua aua! Paquito undercover en la seguridad social (y 2)

Hace un año, en la hermosa ciudad de Lima volando para Cuzco. Un año después, tanto Lima como yo, hechos polvo. Qué cosas tiene la vida.

(La primera parte de este reportaje está aquí)

20 de Marzo.- La morfina tiene diferentes efectos secundarios, aparte de los obvios de todos los opiáceos. Hay gente, por ejemplo, que experimenta una agudización de todos los sentidos (las luces se hacen más brillantes, los ruidos más intensos, y se tiene la sensación de que se puede pensar con mucha más claridad); yo, fui más modesto y lo que puedo recordar, aparte de una suave borrachera, fueron una serie de bonitos patrones visuales, parecidos a esas películas que muestran la cristalización de los minerales a través de la luz polarizada.

Cuando desperté de mi sueño, el dolor se había rebajado a un nivel bastante soportable. Recobré conciencia, poco a poco, de estar en el hospital. Abrí los ojos para reconocer la situación. Estaba en una sala de seis camas (en Austria, si pagas un poco más, puedes tener derecho a habitaciones individuales, cosa que no es mi caso; se llama zusatzsversicherung). La habitación era espaciosa y limpia, pintada de color rosa palo y de las seis camas había, en aquel momento, tres ocupadas aparte de la mía. En la fila de enfrente, había un abuelo de unos ochenta años y un hombre que tenía pinta de estar recién operado y en la cama que estaba a mi derecha, había un paciente que tendría más o menos mi edad y del que, inmediatamente, empecé a tener la sospecha de que la parte que tenía peor era inmune a la acción de los antibióticos, no sé si me explico.

El viernes por la noche, creo recordar que no cené (estaba muy medicado). La cena, en los hospitales austriacos, se sirve entre las cinco y media o las seis de la tarde. A las ocho, se apagan las luces. Aún bajo los efectos sedantes de la morfina, pasé la noche más o menos tranquilo, con la cabeza yendo y viniendo por los proyectos que tenía para el fin de semana y que ya no se podrían realizar (entre ellos, terminar un reportaje fotográfico que ha tenido que esperar). Fue tranquilo, ya digo, a pesar de que el abuelo que tenía enfrente, aquejado de esa actividad frenética e incontenible que asalta a los niños y a los viejos, no hacía más que sacar todo lo que tenía en su taquilla de metal y volverlo a meter después. Continuamente. Sin pausa. Durante toda la noche. A las cuatro de la mañana, el hombre decidió que era hora de ducharse, así que se tiró de la cama, se agarró al andador y se fue al lavabo. Estando en él, se cayó al suelo montando el escándalo consiguiente. Las enfermeras tuvieron que venir y le preguntaron (entre las tinieblas del sueño, tomé nota):

-¿Es que no se podía esperar usted hasta que despertásemos a todo el mundo a las cinco y media?

(¡Ostras, Pedrín!, pensé yo ¿Qué quiere esta gente que hagamos a las cinco y media?)

Total, que un poco más tarde, efectivamente, encendieron las luces. Pasó una enfermera y nos dieron a todos un termómetro (en el hospital descubres que, como en la cárcel, los pequeños rituales como este del termómetro o el afeitado diario se alargan, porque uno quiere llenar el tiempo). A mí me preguntaron qué tal estaba y la piedra, como si lo oyera, decidió moverse. Puse la mueca que deben de poner los forofos del Madrid cuando Messi mete cinco goles seguidos. Me volvieron a poner morfina. Caí de nuevo en un sueño sin orillas.

Aquí, me gustaría hacer un paréntesis para decir que, lo mejor de estar malito (¡Y qué malito estaba yo!) es que la gente te manda cariños. Ahora con el telefonino, es muy fácil. Me llegaron mensajes desde España, desde Austria, desde América latina (¡Ay, hace justo un año estaba yo en la bonita Lima, en una de las bodas más divertidas en las que he estado nunca! Qué vueltas da la vida, este año tanto Lima como yo, pobres de nosotros, hemos pasado un día de San José que hubiéramos preferido olvidar).

A las diez de ese día, me despertaron: que oiga, que solo tenemos un té para darle de desayunar, que se nos ha acabado el café.

-Ah, vale, no se preocupe –además del té me dieron pan con mermelada.

-Luego, vendrá la señora doctora –aquí todos los doctores son “señor doctor” y “señora doctora” como en las películas de Cantinflas –y ya le dirá.

A las doce, apareció la doctora, que era una señora de unos cincuenta años, pelo rubio permanentado y fuerte acento, no sé si porque trataba de disimular el dialecto burguenlandés o porque venía de algún sitio en donde hacen matrioskas.

-¿Sabe usted lo que le pasa? –preguntóme.

-Pues solo aproximadamente –contestéle.

Y entonces, encantadora, me hizo un dibujo de mi aparato excretor urinario y me explicó que mi pedrusco estaba casi casi llegando a la vejiga.

-Eso son buenas noticias.

-No son malas –repuso ella, algo circunspecta- pero tiene usted que moverse para que la piedra caiga por sí misma. Si no, quizá tengamos que operar.

-¿Una litotricia?

-Es tarde para eso –dijo, y se me quedó mirando con cara de circunstancias. En sus ojos, leí “como la piedra no salga, te vamos a meter un catéter por el jánder guánder goranaurl”. En mis ojos, ella pudo leer “Ouch” –de todas maneras –me dijo- le voy a hacer una ecografía y ya vemos.

Me la hizo, y me dijo:

-La piedra debe de estar al final del camino, así que le recomiendo que se mueva y que salte mucho, sin miedo –en el hospital, se conoce que para que no me faltaran las fuerzas, me habían metido poco antes un plato de cerdo asado con lombarda que no se lo saltaba un miembro de una minoría étnica.

Total que, como yo soy el paciente más obediente del mundo, me puse a ello. Caminé arriba y abajo por el pasillo de mi planta veinte veces y luego, por lo de saltar, me puse a bajar y subir escaleras con un galopín (procurando que no me viera el personal sanitario, porque tampoco es cosa de estar enfermo y, encima, hacer el ridi).

Por suerte, la fuerza de la gravedad hizo su trabajo y pasado un rato, la piedra abandonó mi cuerpo con un ¡Plup!

No era un diamante (por el trabajo y el dolor, debiera de haberlo sido) sino una china negra como la pez y con pinta de ser algún meteorito caído del espacio exterior. Nunca me hubiera imaginado que expulsar el pedrusco supusiera tal sensación de triunfo.

Articulo publicado en Austria. Guarda el enlace permanente.

Un comentario a !Ay ay ay! !Aua aua aua! Paquito undercover en la seguridad social (y 2)

  1. victoria dice:

    Ánimo, Paco. Yo este invierno también estuve un poco fastidiada debido a una bacteria intestinal que me ha cogido cariño y se ha hecho fuerte. Doce días en el hospital, y nueve de ellos sin comer ni beber, también con algunos dolores. En fin, que debe de ser que nos hacemos un poquito viejos
    Espero que te hayas recuperado y que no vuelvas a tener ningún problema de salud por una larga temporada. Un abrazo muy fuerte.

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