¿La escuela del futuro está en Viena? (1/2)

Parece incuestionable que el mundo se encuentra ante la próxima revolución pero ¿Estamos preparando a los niños bien para eso?

3 de Abril.- Una de las bases de la preeminencia mundial de los europeos hasta el final de la primera guerra mundial fue que, a despecho de la idea de la Iglesia de que todo el mundo debía conformarse con el lugar en el que Dios le había puesto en la sociedad , los gobernantes ilustrados implantaron la educación obligatoria (si bien, claro, la versión “Premium” la siguieron pudiendo utilizar los de siempre, pero eso es otra historia).

El progreso fue muchísimo más espectacular en el caso de los Estados Unidos, los cuales aplicaron durante el principio del siglo XX una eficaz política educativa que, junto al harakiri colectivo que se hicieron los europeos durante la Gran Guerra, contribuyó a que, después de la segunda mundial, se extendiera la Pax Americana que se termina en estos días.

Hoy, el relevo lo ha tomado Asia, y es indiscutible que el éxito de estos países, como sucedió con Europa y después con Estados Unidos, pasa por inversiones brutales en educación, lo cual quiere decir también inversiones en la captación y aprovechamiento del talento.

Parece evidente también que la escuela a la que hemos ido la mayoría de mis lectores y yo mismo es, todavía, la escuela de la emperatriz Maria Teresa.

Una escuela que era hija, a su vez, de la mentalidad teocéntrica y medieval; el profesor omnisciente, autoridad suprema dentro del aula, que repetía una y otra vez contenidos fijos e iguales para todos los alumnos que, sentados en sus bancos, pasivamente, escuchaban y no tenían apenas derecho a valorar críticamente lo que se les enseñaba; con unas pruebas (los exámenes, con sus diferentes nombres) destinadas a averiguar si los contenidos se habían fijado en la memoria de los estudiantes; unos contenidos de los que, en el mejor de los casos, se recordaba un porcentaje muy bajo en la edad adulta.

Con la distancia que da el tiempo transcurrido, yo diría que, en mi caso personal, la enseñanza general básica me dio una cultura (aunque creo que los métodos educativos que utilizaron conmigo no eran, ni mucho menos, para todo el mundo y, de hecho, creo que en muchos aspectos fue un milagro que aprendiésemos algo a derechas), el bachillerato me permitió divertirme aprendiendo y satisfacer mi curiosidad (mi curiosidad inagotable) y la Universidad me enseñó que la mayoría de lo que estaba aprendiendo ya era obsoleto antes de que me lo enseñaran y que lo único que iba a poder sacar en claro eran una serie de estrategias para aprender rápido y eficazmente que me han servido de mucho durante mi vida laboral (aunque supongo que la porquería en que se ha convertido la Universidad española excede muchísimo los límites de este modesto artículo).

El sistema educativo tradicional, invariablemente sigue el ritmo de los alumnos menos espabilados, que lastran a sus compañeros más dotados y, además, no les estimula para superarse o para sacar lo mejor de ellos mismos. En el peor de los casos, además, fomenta la existencia de ciudadanos que se tragan de manera acrítica todo lo que les echan (así nos Trump). Naturalmente, las ventajas son que se trata de un sistema robusto en el que los conocimientos adquiridos son fácilmente comprobables y homologables, y en el que las estructuras de autoridad son muy parecidas a las de los entornos laborales clásicos piramidales.

De todas maneras, si el mundo ya no es el de la emperatriz Maria Teresa, y las empresas tienen que ser cada vez más organizaciones flexibles en las que sus empleados se estén todo el rato reciclando. Si además, cualquiera que tenga ojos en la cara sabe que los chavales son cada uno de su padre y de su madre (nunca mejor dicho que en este caso) con diferentes intereses, habilidades y capacidades ¿Por qué nos obstinamos en enseñarles del mismo modo en que lo hacíamos en el siglo XVIII?

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Un comentario a ¿La escuela del futuro está en Viena? (1/2)

  1. Andres dice:

    Muy buen artículo …

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