Reyes, duquesas y viceversa

En estos días se le ha sacado brillo a la plata en Viena y se han limpiado curiosamente las copas buenas, esas de las que siempre se rompe una cada navidad.

6 de Abril.- Trabajo en una empresa muy internacional y una de nuestras diversiones principales a la hora de las comidas es explicarnos los unos a los otros las peculiaridades nacionales.

Los españoles, tengo que reconocerlo, les resultamos a los austriacos bastante graciosos. Sin duda, nuestra posición excéntrica con respecto al resto del continente europeo, hace que se hayan desarrollado en nuestro suelo algunas características típicas de la mentalidad insular que al resto de nuestros convecinos acostumbrados a otras cosas, les resulten marcianas. Una de estas costumbres raras nuestras se refiere a los idiomas y la relación curiosa que los españoles tenemos con quienes tratan de pronunciar bien el que no es el nuestro.

Venga, reconozcámoslo: a todos los españoles nos produce un poco de vergüenza ajena que haya compatriotas nuestros que se esfuercen en pronunciar bien (o sea, como los nativos) en inglés. Solo en España AC/DC, por ejemplo, se llama „ace decé“ y no hablemos de los U-2 (sí: lo sé, querido lector, tú tampoco has podido leer „iú tú“). Nuestra manera de llamar a los actores de jólivud produce el desgüevamiento instantáneo de nuestros convecinos europeos, por no hablar de nuestra manía (y a esto voy) de traducir los nombres de las personas reales de todas las monarquías. El otro día, se quedaban de plástico mis compañeros de sobremesa cuando yo explicaba que a la reina de los ingleses, en España la llamábamos universalmente Isabel (como a mi madre, hola mamá, por cierto), cuando todo el mundo, allende los pirineos, sabe que a ella, en su anglicana pila de bautismo, le pusieron Elisabeth.

Y hablando de ella: la monarca del Reino Unido está ya en su décima década de vida. En 2026, si Dios, ayudado por gerontólogos y por los genes férreos de la monarca, así lo quiere, la segunda de las Elisabeths que se ha sentado en el trono inglés alcanzará un lozano siglo de vida. Después, quién sabe, una vez cumples los cien, cada día es un regalo ¿Verdad? Su hijo, Carlos, será en 2026 un jovencito de 78 años. Si su madre, Dios lo retrase cuanto se pueda, se muere antes, al Rey Charles le tocará lidiar con la papeleta de las consecuencias que el llamado Brexit tendrá para la economía británica (porque aquí estamos todos hablando del „Independence Day“ pero es muy probable que el Brexit, por mucho que se prolonguen las negociaciones, le haga un siete bastante importante a la economía y la estabilidad del Reino Unido).

Para mejorar la imagen de un país que últimamente no goza de la mejor prensa entre el resto de los europeos, y prevenir la inquina que pueda hacer bajar las cifras de turistas a Londón, el Gobierno de la pérfida albión ha mandado al Príncipe de Gales y a la Duquesa de Cornualles de gira por Europa, para que se hagan unas cuantas fotos, besen unos cuantos niños (mocosos o adolescentes) prueben las especialidades locales y sirvan de embajadores del pueblo inglés, tratando de demostrar que los príncipes y las princesas (o las duquesas de Cornualles) son personas normales y tan sencillas como proverbialmente campechano era el primo Juáncar (lo cual es como si yo me empecinara en demostrar que me parezco a Cristiano Ronaldo, pero bueno).

Esta y no otra es la explicación de que Carlos (Charles) y Camila (Camilla), hayan empaquetado cuatro cosas en sus neceseres de viaje y se hayan lanzado a visitar países europeos un poco como la peli aquella de „si hoy es martes, esto es Bélgica“.

Ayer fue miércoles y tocó Viena (venían de El Vaticano, de hacerle una visita al Papa Paquirri) y esta bonita capital que el Danubio riega con sus cantarinas aguas, Carlos y Camila, como dos turistas de estos a los que les ponen la pulsera de todo incluido y hacen el tour Viena-Bratislava-Budapest, han recorrido las atracciones imperdibles que salen en todas las guías. La Escuela de Doma Española (la duquesa de Cornualles es gran amante de los equinos, sin segundas va esto, no me vayan a hacer un Carrero Blanco), se han tomado unos vinetes en un heuriger (Bio, eso sí -los vinetes, no el heuriger-) y han cenado con el Presidente de la República, Señor Van der Bellen y su señora.

Ocasión, por cierto, en la que han quedado las dos parejas empatadas en esto de la elegancia (seamos un poquito Peñafieles). El futuro rey de Inglaterra se personó en el Hofburg con un impecable smoking, y su señora con un vestido para cuya confección se aprovecharon algunos visillos color vainilla del castillo de Windsor, los cuales habían quedado en desuso antes del incendio de los noventa (es comprensible: Carlos ya había probado con una esposa fashionista que le salió rana y tampoco debe de tener vocación de Marichalar). En el matrimonio anfitrión, Van der Bellen fue el que pinchó, llevando un traje normal que le sentaba regular (en fin: conformémonos: mejor el cerebro que no la elegancia) en cambio, la señora Van der Bellen sí que iba muy bien con un vestido verde botella (o similar). Lo dicho: tablas.

Todos los que han estado en contacto con la pareja inglesa se han hecho lenguas de que su simpatía y de lo llevables que son, sobre todo para ser personas que tienen un árbol genealógico tan frondoso pero la verdad es que, en límpio en limpio, menos el lavado de imagen, como decía la pobre de mi abuela, que en paz descanse, „una poca leche“. Pero en fin.

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