La vie en rouge

En estos días se cumplen 40 años de la legalización en España del Partido Comunista, echamos un vistazo a la movida historia de su primo austriaco.

10 de Abril.- Hoy parece hasta mentira, pero uno de los momentos más delicados de la Transición (o sea, el paso de las instituciones de la dictadura franquista a las de la monarquía parlamentaria y democrática) fue la legalización del Partido Comunista, de la que ahora se cumplen cuarenta años. Hoy parece hasta mentira, digo, porque la historia nos ha enseñado que poca cosa había que temer. Los Comunistas españoles se revelaron pronto como una fuerza política muy minoritaria, de la cual parece que hubiera podido decirse que ejercía algún influjo sobre la gente precisamente porque eran ilegales. Una vez vieron lo que podríamos llamar la luz del sol de la legalidad, su atractivo hizo chimpún. Y hasta hoy.

El aniversario de la legalización de la filial española de la rebelión en la granja me ha sugerido que quizá sería buena idea echarle un vistazo a la evolución y la historia del Partido Comunista austriaco, KPÖ, el cual viene a tener la misma o aún menos visibilidad política de la que los comunistas españoles tienen en la actualidad.

El Partido Comunista de Austria se fundó en 1918 (oficialmente, por supuesto) y una de sus primeras acciones fue el día en que se proclamó la primera república austriaca, el 12 de Noviembre de 1918.

¡Esta es la nuestra! Debieron de decir, hay mucha bulla porque hemos perdido la guerra mundial, el káiser ha salido por piernas del país con su mujer y sus niños, así pues hagamos la revolución, no vamos a encontrar mejor momento. Y dicho y hecho, se fueron al parlamento , extendieron una pancarta en sus escalinatas que decía “Viva la república socialista austriaca” y luego se encaramaron al mástil de la bandera que hoy como ayer ondeaba frente al edificio, arriaron la enseña roja-blanca-roja, le quitaron la parte blanca (rasrás) y la izaron de nuevo, en versión monocolor, tal que si Austria hubiera seguido los pasos de Rusia.

Pero no los siguió, claro.

Los comunistas austriacos se pasaron la primera república peleándose entre ellos, lo cual, como es natural, hizo que su presencia en el panorama político austriaco de entonces tendiese a cero y no pasaron de obtener un diputado o dos en el parlamento y en las elecciones locales. El poder de las siglas, y su obediencia (presunta o muy manifiesta, como luego veremos) a las instrucciones que recibían desde Moscú, hizo que el austrofascismo del canciller Dolfus prohibiera el comunismo austriaco y que pasara a la clandestinidad (eran, cuatro gatos, los pobres, pero oyes: ilegales igual). Durante la brevísima (por suerte) guerra civil austriaca, los comunistas austriacos se posicionaron a favor de la muchísimo más activa y grande socialdemocracia. Les dio igual. El austrofascismo aplastó también a la socialdemocracia y luego llegaron los nazis e invadieron Austria en 1938, con lo cual la cosa se les puso, a los comunistas austriacos, de color de hormiga.

Como sucedió en nuestra dictadura, los comunistas austriacos se implicaron en la resistencia contra el fascismo y lo hicieron a fondo. Les pilló pues muy desprevenidos el pacto entre Hitler y Stalin, sobre todo porque el dictador georgiano, cuando detuvieron a los comunistas austriacos y los deportaron a Alemania, dejó a los que, por lo menos oficialmente, eran correligionarios suyos, más tirados que una colilla. A pesar de lo cual, como la fe religiosa es lo que más eficazmente tapa los ojos ante las realidades de la vida (y el comunismo, llegados a este punto, es una religión como otra cualquiera) los comunistas austriacos siguieron luchando contra los malos del paso de la oca esperando a que llegasen días mejores. Y llegaron.

Al terminar la guorld guar tú, los comunistas austriacos, como sucedió con los comunistas españoles cuando se terminó la dictadura, creyeron que había llegado su momento y se pusieron a la cola de recoger recompensas por los servicios antifascistas prestados. Les avalaban, no solamente el sacrificio de vidas y los riesgos que habían corrido, sino, naturalmente, que tenían detrás a Moscú, una de las potencias vencedoras en la guerra, con los brazos cruzados y enseñando bíceps, como el primo de Zumosol. Considerando además que Stalin había empezado a construir alrededor de Rusia una red de gobiernos títere que le debían obediencia, al primer canciller austriaco, Figl, le debieron de temblar las piernas al pensar en las consecuencias de cabrear a los ocupantes soviéticos.

Así pues, en el primer gobierno de la segunda república, con muy buen criterio, el sagaz Figl (el cual, además, era bastante beato, por lo cual los comunistas le debían de dar bastante cosica) colocó en su Gobierno unos cuantos ministros rojillos (siete de un total de casi treinta) para templar gaitas.

Durante la ocupación, los comunistas austriacos, permanentemente al habla con el Kremlin, llegaron a discutir la partición de Austria en dos trozos, a imagen de lo que había sucedido en Alemania. Un trozo comunista, el más cercano a Hungría y otro trozo capitalista. A Moscú (por fortuna) no le pareció buena idea, porque temía que el trozo capitalista se integrase en la OTAN, dándole así a los aliados una posición inmejorable durante la guerra fría que ya se veía venir. Así pues, para conjurar este grave peligro, le pidieron a los comunistas austriacos que reivindicasen la neutralidad (o sea, la no alineación en ninguno de los dos bloques de entonces). Lo consiguieron y aún hoy la neutralidad austriaca es un valor sacrosanto de su ordenamiento jurídico.

Cuando los soviéticos abandonaron Austria y el plan Marshal le dio alegría a las barrigas aborígenes (pobres, en la posguerra, pasaban más hambre que un caracol agarrado a un vaso) el comunismo austriaco dijo despreciativo que la nueva prosperidad sería cosa de poco tiempo. Pero no: duró, como todos sabemos. Y desde entonces empezaron a secarse los antiguos laureles y el KPÖ a perder fuelle, para sumirse más y más en la irrelevancia. Los comunistas tienen, hoy en día un 1% de los votos del electorado. Corren malos tiempos para la hoz y el martillo.

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Un comentario a La vie en rouge

  1. Paco dice:

    Como siempre, da gusto leer tus textos. Que sencillez, y permiteme, que ‘simpleza’. Mas claro, de guater. Enhorabuena. Y que les dure la neutralidad y la cabeza fria

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