Escenas de matrimonio

¿Quién dijo que la política siembra la división en las familias? En casa de un conductor de autobuses de Viena han llegado a un acuerdo.

12 de Abril.- Hace algún tiempo, creo que con ocasión de la primera vuelta de las elecciones austriacas a la presidencia, se formó cierto revuelo en el grupo de Facebook Españoles en Viena, de cuya administración soy un 25%. Sucedió que, como el candidato tróspido obtuvo muchos votos, hubo personas que, sin duda dejándose llevar por el fragor de la batalla, empezaron a postear fotos de Hitler, cosa que, naturalmente, estuvo muy fea. A esto respondieron algunos paisanos (míos, no de Hitler), muy dolidos (¡Ay, las dos Españas, siempre en eterna batalla!) porque compartían objetos textiles (sábanas y manteles) con santitos/as austriacos/as que eran fieles votantes de la formación más montaraz del panorama político austriaco.

Naturalmente, el amor implica que uno tiene que aprender a contemporizar con los defectos de su cónyuge, incluyendo el de vivir en la contradicción de, en la calle y en la urna, pensar que los extranjeros somos gente poco de fiar, pero en casa estar por la integración. No es cosa de andarse separando porque el marido o la mujer de uno vote sin usar los mínimos dedos de frente. El amor, ya lo decía San Pablo en su famosa carta a los ciudadanos de Corinto, todo lo perdona.

Me acordaba de esto al leer una curiosa noticia que ha aparecido hoy en los medios austriacos.

Una pareja más entrará, a partir del día 18 de los corrientes, en el grupo de las que viven con el corazón partío y la contradicción entre la urna y el tálamo.

Ese día, un concejal del distrito 14 de esta bonita capital, el cual, aparte de dedicarse a la política, es conductor de autobús (tribu miseranda) dejará de pertenecer a los verdes para pasarse, y aquí está la sal del asunto, a la ultraderecha del FPÖ.

Nuestro hombre, en declaraciones al Kronen Zeitung (el mejor papel higiénico que se vende en este país, si descontamos al Österreich) ha explicado las razones de su decisión. De sus hasta ahora correligionarios verdes, le molesta que hayan puesto por Penzing, el distrito en el que sirve a la comunidad, unos carriles bici que, a su juicio de conductor de autobús, son la mar de peligrosos. También le molesta que el Partido Verde (al cual, tras sus últimas vicisitudes, podría llamársele “el partidito por la mitad” como en la canción de Lola Flágüers) propugne el establecimiento de cuotas de participación femenina (esto le resulta bastante humillante). Así pues, dado que los conductores de bus, como todo el mundo sabe, suelen ser gente que tira a lo colérico (cosas de trabajar con el público, que es muy esclavo), a nuestro hombre se le han inflado las bowlings (que quizá lleve depiladas, decíamos ayer) y ha decidido cambiar de partido.

¿Y por qué no lo ha hecho antes? Pues porque nuestro autobusero, señora, está casado con una mujer turca, cuya nacionalidad, hasta ahora y como es natural, le había servido de freno a las ganas de cambiar de bando político. Uno puede imaginarse las conversaciones conyugales que habrán tenido lugar en esa casa durante los días previos a que estallase la bomba informativa:

-Pero chiquillo ¿Cómo te vas a meter a ultraconservador siendo yo turca? ¿No ves que esa gente descomunal, si llega alguna vez al Gobierno de Esta Pequeña República, van a deportarme a mí y a nuestros niños, a mí por musulmana y a ellos por no ser de pata negra austriaca?

-Pero Tugba –nombre ficticio- amor mío, chochimín ¿Tú no te das cuenta que esto de los carriles bici no tiene perdón ni de Dios ni de Alá? Además, eso de las deportaciones es para ganar votos, mujer. Luego, llegan al poder y todos pierden el gas –lo del gas, claro, nuestro hombre lo dijo sin parar mientes en que podría haber malintencionados que pudieran malinterpretarle- ¡Si supieras la de tonterías que he tenido yo que decir siendo de los verdes! Ahora, pues diré otras, tontina…La política es “asín”.

El autobusero ha declarado que, por fin, con buenas palabras, con bombones, quitándole hierro a las declaraciones de Strache, la pobre Tugba ha accedido a pasar por el aro, y a no separarse de su marido por las cosas de la política. Esperamos que, por lo menos, ella no sea hincha del Galatasaray y él del Rápid, porque en su hogar volvería a reinar una alta tensión ambiental.

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