Un cimbel en el jardín

En la localidad de Traunkirchen andan los feligreses soliviantados debido a la insólita decoración del jardín de un vecino.

13 de Abril.- Desde que el cristianismo, en las postrimerías del Imperio Romano, se convirtió en una religión totalitaria (en el sentido que a ese adjetivo da el diccionario, o sea, el de aspirar a controlar todos los aspectos de la vida del individuo) las relaciones entre la religión y el sexo han sido tradicionalmente tormentosas.

La Iglesia, en una actitud que, aunque hoy pueda parecer lo contrario, era muy progresista para la época, se empecinó en defender un modelo de relaciones humanas que trataba de prevenir, en lo posible, que los niños, en una época sin mecanismos de control de la natalidad, quedaran desamparados. Fue, eso sí, a un coste muy alto que aún perdura. Por un lado, el de difundir un modelo perverso de mujer: o sea, una criatura desdoblada en dos: de una parte la mujer-madre, la santa modelada a imagen de la virgen Maria, que solo tiene contacto con el varón lo imprescindible para quedar encinta y que luego rechaza el sexo como algo bajo y sucio; y por otro la mujer-pecadora, espejo de Eva, “la perdición de los hombres” la mujer que disfruta con el sexo sin sentir ningún tipo de culpabilidad al respecto, para la que se reservaba, en los productos culturales, un destino fatal (el que sigue aguardando a las malas de todos las telenovelas sudamericanas, por ejemplo).

Los padres de la Iglesia, célibes (o por lo menos siempre que el Espíritu Santo les ayudaba a soportar tan crudo cilicio), se encargaron por todos los medios de educar a los niños (sobre todo a las niñas) para que considerasen el sexo y, sobre todo, el placer al practicarlo, una cosa sucia, bestial, pecaminosa y en todo caso rechazable. Al hacerlo, se mataban dos pájaros de un tiro: por un lado, se controlaba la natalidad (que es lo mismo que si a los pobres el cuerno de África se les dijera que comer es una asquerosidad y que qué suerte tienen, que van a ser santos por quedarse en los huesecicos), por otro lado, se controlaba a los hombres por medio de sus mujeres que ya habían pasado desde pequeñas o por el lavado de cerebro o por una dieta rigurosa de desinformación al respecto.

En la historia humana, a cada movimiento de acción, se le opone otro de reacción, y el resultado de este estado de cosas fue que, cuanto más se trataba de ocultar el sexo, más reaccionaba la carne para intentar librarse del yugo de quienes intentaban sojuzgarla. A lo largo de los siglos puede seguirse una línea de celebraciones de la alegría y en contra de la oscuridad de las tocas y los hábitos, obras a contracorriente o silenciadas o prohibidas, o que conseguían burlar milagrosamente la férrea censura de unas sociedades teocráticas, como la española del siglo XVII, que en muchos aspectos podrían compararse al Irán de los ayatolás actual en lo que a la moral respecta (a la femenina en particular).

En España, el libro del Buen Amor, de Juan Ruiz, o La Celestina, de Fernando de Rojas (prohibida en España durante el franquismo) y en Italia el Decamerón, de Bocaccio (estupenda sigue siendo la adaptación de Pier Paolo Passolini) son solo algunos ejemplos.

Como si se tratase de un episodio sacado de uno de estos libros, está la noticia de la que hablaremos hoy.

En la localidad de Traunkirchen, Salzkammergut, comarca que es una joya rutilante de la naturaleza austriaca, zona muy conservadora de Esta Pequeña República, anda la feligresía muy soliviantada, y no debería, estando en las fechas en que estamos, que invitan al recogimiento.

Resulta que un señor muy rico el cual, se conoce, le tiene cierta manía a los enanitos de jardín, ha decidido poner en el parquecillo frente a su lujosa villa una p*lla de dos metros de alto.

La cosa no tendría mayor importancia, si no fuera porque el cimbel en cuestión es claramente visible desde un viacrucis que será utilizado esta Semana Santa, como todas, para rememorar la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo con rezos y cánticos. Los fieles encuentran que el símbolo fálico resulta poco apropiado en un lugar dedicado a las plegarias. Sospechan también que el caballero ha puesto semejante cosa en su jardín con el único ánimo de fastidiar, en venganza porque el ayuntamiento de Traunkirchen no le dio permiso para poner en su Villa una tienda de objetos artísticos, precisamente porque el concejo temía que, al estar el viacrucis cerca (el más antiguo de Austria, por cierto), le restaría valor al monumento. Sin embargo, al estar el chisme en cuestión en una propiedad privada poco pueden hacer, ya que cada uno en su jardín coloca la estatuaria que más le peta (unos enanitos, otros ninfas y los hay que cipotes, con perdón).

El dueño del artefacto, sin embargo, niega la mayor y defiende su elección: el marmóreo carné de padre es una figura helenística que tiene dos mil años de antigüedad y procede de Asia menor (época helenística) o sea, que a su pedigrí como objeto artístico no se le puede poner un pero (añado yo que, aunque no lo sepan, las beatas de Traunkirchen y el señor de miembro de dos metros están celebrando lo mismo, porque es bien sabido que la Iglesia, lista como ella sola, solapó la semana santa con las celebraciones del culto a la fertilidad que se producían desde hace milenios por estas fechas). El anticuario también sostiene que, lejos de irritarse, su pene de dos metros, dado el eco mediático suscitado, atrae más turistas al pueblo, viajeros que, presume él, están muy deseosos de ver que los austriacos, en cuanto a decoración de jardines, no desmerecen a ninguna región de la tierra e incluso le ganan a todas. De largo, además (¿O habría que decir de alto?).

Postdata: después de terminar de escribir este artículo, me he enterado de que el municipio de Traunkirchen ha decidido separar el cimbel de los feligreses con una valla opaca.

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