Cabreados e indignados

Sin entender de dónde vienen, es muy difícil entender el papel progresivamente imprescindible que desempeñan en la política del siglo XXI.

8 de Mayo.- Mi amigo el doctor Luis Tercero –entre los eruditos, famoso en el mundo entero- que es muy largo y está siempre al quite, me ponía un guasap el otro día para señalarme que el signo de estos días inciertos que vivimos es la presencia, en la sociedad española y en la sociedad austriaca de ciudadanos cabreados (Wutbürger, en lengua vernácula) ¿Será coincidencia? ¿Será el amor? (ay, será será, que cantaba Carmen Sevilla).

Lo que también nos llamaba la atención a los dos, y la campaña electoral en Francia con Madame la Mamarrache (pronúnciese “la mamaggash”) nos lo ponía a huevo, era que los cabreos del homo hispanicus y del homo austriacus eran de orígenes muy diferentes.

En primer lugar, el español, en general, cuando se cisca en sus políticos, tira hacia la izquierda. Desde que apareció el movimiento conocido como 15-M o de los indignados (hoy algo estancado, debido a cierta parálisis que aqueja a Podemos, partido que parece no haber hecho bien el tránsito de princesa del pop a gran dama de la canción) los llamados indignados españoles, con su entrañable cultura asamblearia y su cuadro del Guernica en la salita de estar, se coronaron como los sucesores de esa cadena de progresistas más o menos ilustrados, que empezó con las gloriosas cortes de Cádiz, que se defendió como gato panza arriba durante todo el siglo XIX para terminar cristalizando bellamente en ese otro experimento que fue la edad de plata de la cultura española y que luego, tras el oscuro paréntesis franquista, el brillo de la re-instauración democrática en la persona de Campechano, the first.

El aborigen austriaco, cuando se enfada con sus políticos tira, generalmente, a la derecha. Muy a la derecha, como si dijéramos.

El austriaco no se “indigna” como el español, sino que se encoleriza. Ahí ganamos. Punto para nosotros, porque la indignación es, como si dijéramos, un sentimiento un poco más sofisticado que la cólera. La cólera es solo enfado, para indignarse en cambio hace falta tener la fantasía suficiente como para imaginarse que hay otros mundos posibles (más caros, pero los hay).

En cualquier caso, tanto la cólera como la indignación, o sea, ponerse “hecho un obelisco”, son unos sentimientos si bien se mira bastante idiotas que, por su propia idiosincrasia, necesitan combustible. O sea, que es difícil que una persona normal y en su sano juicio esté encolerizada o indignada perpetuamente, de manera que los políticos que se trabajan a este sector de la población se ven en la necesidad de inventar, cada cierto tiempo, pretextos para que la cólera no se desinfle. En Austria, tradicionalmente teníamos al FPÖ para esto, aunque últimamente, se le han unido personas de otros partidos, como el señor “menistro” de Asuntos Exteriores, el cual, para excitar la acometividad de sus mesnadas, agita de vez en cuando el fantasma de esas aldeas rumanas en donde todas las abuelas llevan los piños de oro gracias al sufrido contribuyente austriaco. En fin.

Pasando a otros antecedentes, los cabreados de esta parte del mundo, al contrario de los españoles, no son hijos (ideológicos, se entiende) de un movimiento de signo liberal y progresista, sino que beben, muy al contrario, de los movimientos reaccionarios y ultranacionalistas que dieron origen, en el siglo XIX, a la unificación de Alemania y cuyas peores zurrapas vemos todos los años en el famoso baile de los Burschenschaften.

En otras palabras: desde los tiempos de Fernando VII, los indignados españoles han querido cambiar el mundo hacia adelante, para que avance. Los cabreados alemanes (y para esto, los austriacos son muy alemanes) lo que han querido siempre es que el tiempo se pare y que el mundo retroceda hacia una supuesta arcadia feliz (la cual, sobra decirlo, nunca existió). El aspecto de la arcadia ha ido cambiando (relativamente) a lo largo de los últimos 250 años, aunque se han mantenido algunos rasgos, como por ejemplo el de la identificación raza-nacionalidad-estado, dogma que, por razones obvias, alcanzó su punto álgido durante el nazismo pero que hoy toma caracteres más sutiles, en forma, por ejemplo, de la islamofobia que denunciaba el otro día el presidente VdB (si bien la denuncia le salió medio regular, es indudable que esa islamofobia existe). Este dogma de la identidad racial-nacional es, más o menos, inseparable de todo nacionalismo -en España, por ejemplo, tenemos las famosas teorías de Sabino Arana con relación a los vascos- pero aquí sale, a poco que la “ira” hierva un poquito más de la cuenta.

De poco sirve recalcarlo, sin embargo, porque ya se sabe que, cuando uno está enfadado (o indignado) se ciega y como el que oye llover.

Articulo publicado en Política/Economía. Guarda el enlace permanente.

Un comentario a Cabreados e indignados

  1. dubuke dice:

    El español, cuando se cisca en los políticos, pide más poder para los políticos y que éstos dirijan más aún sus vidas.

    Somos así 😀

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Follow Me