La fiebre escarlata

Desde el domingo, una misteriosa fiebre se ha propagado por todos los despachos austriacos. Su orígen es París. Afecta, sobre todo, a los hombres.

9 de Mayo.- David O. Selznick era un productor americano del Hollywood clásico. Su ambición era casi tan grande como su ego. Empezó en la Metro Goldwin Mayer –se había casado con la hija del, entonces, ejecutivo mejor pagado de los Estados Unidos, Louis B. Mayer, Irene, la cual, años más tarde, descubriría a un joven guapísimo pero bastante pelmazo de carácter llamado Marlon (Brando)-. Llegado un momento, Selznick decidió establecerse por su cuenta y crear la Selznick International Pictures. Probablemente, a mis lectores menos cinéfagos el nombre les suene poco, pero si les digo que Selznick fue el que trajo a Hitchcock a América (Rebeca, Recuerda, El Proceso Paradine) o que también se fijó en una señorita sueca y la convirtió en Ingrid Bergman, quizá empiecen a hacer memoria. Y si ya digo solamente Lo Que El Viento Se Llevó quizá, como dijo alguien “la flor perfecta de esa época y de ese imperio”, probablemente se darán cuenta de que estamos hablando de palabras mayores.

Cuando LQEVSL llegó a las manos de Selznick el libro ni siquiera se había publicado. De hecho, su “cazahistorias” de Nueva York, la perspicacísima Kay Brown, le había enviado las galeradas de la novela que ella misma había podido conseguir bajo mano a través de un chivatazo de alguien de la editorial que había comprado el libro. Selznick se dio cuenta inmediatamente de que aquello era una bomba y compró los derechos cinematográficos. El tiempo le dio la razón. Cuando la novela de Margaret Mitchel se publicó, unos meses más tarde, en aquellos Estados Unidos azotados por la Gran Depresión, fue un éxito instantáneo.

Selznick, que era un zorrete de la mercadotecnia, preparó el lanzamiento de la película con una campaña a largo plazo, en la que desempeñaron un papel fundamental las pruebas para el papel protagonista. Se presentaron cientos de actrices. Literalmente. Porque en Hollywood “toda mujer entre los quince y los sesenta años se veía como Escarlata O´Hara”. Al final, la carrera se decidió en otro caso típico de tráfico de influencias. El hermano de Selznick, Marion, era agente, y entre sus pupilas tenía a una cómica británica que estaba deseando trabajar en Estados Unidos, porque el hombre (casado, entonces) con el que estaba liada, un tal Lawrence Olivier, había sido contratado en América. La cómica se llamaba Vivien Leigh.

La victoria de Macron en Francia ha hecho que se desate en el planeta austriaco de la política una curiosa fiebre, comparable a la que barrió Hollywood a mediados de los treinta. De este lado de los Alpes, todos los hombres (mujeres, hay pocas) entre los veinticinco y los sesenta años que alguna vez “hayan echado un mítin” se sienten, en su fuero interno y más o menos disimuladamente, candidatos a ser el Macron transalpino, y están ya preguntando que dónde hay que hacer el casting y diciendo que ellos se saben bien el papel. Hay estrellas más o menos establecidas (el canciller Kern, por ejemplo, que no termina de verse a sí mismo como un político puro y que, por lo tanto, tendría esa “virginidad” que resulta tan encantadora en el francés), está, naturalmente, Sebastian Kurz, la gran esperanza blanca de la derecha austriaca, a quien ya se le están sugiriendo nombres de señoras que podrían ser sus abuelas para que se case con ellas (vamos, con una, no con todas a la vez) y así hacer que el parecido sea perfecto. Está también Strache, naturalmente (aunque Strache está siempre en modo casting y, en cuanto le ponen un micrófono delante él se pone a rajar sobre “su libro” como si no hubiera mañana). Está también el jefe de los Neos (princesa del pop perpetuamente a la espera de convertirse en una gran dama de la canción) que es un poco el Albert Rivera austriaco o, lo que es lo mismo, ese cuñado que uno solo ve en las cenas de navidad, en casa de la suegra y al que uno quisiera ver todavía menos. Este se ve a sí mismo en la misma clave regeneracionista de Macron, pero sin darse cuenta de que las recetas que propugna (como las de Rivera) son un corta y pega de ideas que ya eran viejas en 1982. Y por fin, está Reinhold Mitterlehner, el vicecanciller el cual…No. Este no se ve como Macron. A lo mejor, como su mujer. Quizá tiñéndole el pelo…

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