Preparados para atacar

Sebastian KurzUn hombre, un voto. Una foto, un perfil ¿De verdad? Hoy hemos tenido un pequeño aperitivo de lo que podría ser el futuro.

29 de Mayo.- Hace unos ciento veinte años, se produjo en París un pequeño acontecimiento que cambiaría para siempre la historia de la humanidad. En un pequeño café, dos hermanos, llamados casualmente Lumiére (casualmente por lo que inventaron, cuya materia prima es la luz misma de su apellido) ofrecieron al público parisino la primera función de lo que ellos, con gran miopía comercial, pensaban que sería un juguete óptico. Una moda, sin más. En el programa, que el público de la Belle Epoque contempló extasiado, había cuatro o cinco cortos; entre ellos, la primera película cómica de la Historia, „El regador regado“ (vamos, tampoco hay que ser Schopenauer para saber qué argumento tenía: un hombre, una manguera y un chorro, ese era el gag cómico). Para el final, los Lumiére dejaron el corto más espectacular: la llegada de un tren a una estación filmada desde el andén.

Para los anales ha quedado que la gente, al ver que una locomotora se les veía encima, huyó despavorida.

¿Qué pasaba? Pues a los primeros espectadores del cine les sucedía lo que a mi abuela: que pensaban que todo lo que pasaba en la pantalla era en directo y, sobre todo, de verdad. Durante mucho tiempo, veinte, quizá hasta treinta años, el cine jugó con esta inocencia de un público que no entendía que, con la cámara, el montaje y otros mil y un trucos, el cine no solo podía mentir, sino que mentía a propósito, convirtiendo lo que sucedía en la pantalla en una cosa mucho más excitante de lo que la vida real sería nunca.

Desde entonces, la técnica juega a engañarnos, para hacernos creer que los milagros son posibles, que la celulitis no existe, que los pechos femeninos son siempre simétricos y firmes, que los abdominales son pétreos y que las mujeres que le guardan a Victoria su secreto son seres venidos de otro planeta.

El último artificio que la Humanidad ha inventado para engañarse a sí misma es internet. Aunque pensamos que cada vez es más difícil, que ya hay programas que imitan bastante perfectamente la sencilla acción de dejar comentarios o darle al botón de „me gusta“, no podemos dejar de pensar que todas las cosas que hay escritas en internet las ha puesto un ser humano y que detrás de los perfiles aunque salga en la foto una chinita de ojos vacunos y pectorales potentes, hay una persona. Y que, naturalmente, esa persona tiene sus opiniones y que esas opiniones, están vertidas en internet con una total inocencia.

No es así. Se calcula que un veinte por ciento (o más) del tráfico de internet lo producen los llamados robots. Son programitas que exploran, por ejemplo, Viena Directo y le envían a papá Google palabras clave para indexarme en sus búsquedas. Son los programas que durante la campaña electoral de los Estados Unidos, fueron programados para difundir por Facebook noticias falsas a favor de Donald Trump y en contra de Hillary Clinton (como antes habían ayudado a difundir la noticia falsa de que Obama era musulmán). Los malos, curiosamente, se muestran muy laboriosos en eso de programar a estos pequeños diablillos hechos de unos y de ceros (el putín de Putin y sus esbirros, por ejemplo); para un perito en la materia, cuesta una tarde de un trabajo no demasiado exigente.

Luego, se echa el barquito al agua de la red y a dejar que navegue.

Hoy, por ejemplo, se ha visto lo que estos bots pueden hacer, que es solo una parte infinitesimal de lo que podrían hacer.

Sebastian Kurz (bueno: sus asesores) han decidido hoy publicar en la cuenta de Twitter del político un mensajito en el que el neojefe de los conservadores austriacos le deseaba a los musulmanes un Ramadán estupendo, igual que en diciembre, como las muñecas de Famosa, nos desea a todos los demás una nochebuena de amor y una navidad jubilosa. Inmediatamente los bots han empezado a sabotear su mensaje y a llamarle de todo menos Jefe de los Conservadores austriacos.

Es solo un aperitivo y no lo duda nadie. Se aproxima una campaña electoral en la que los malos se juegan mucho (no vamos a señalar porque no hace falta) y es muy probable que no se reparen en medios para conseguirlo. Solo unos consumidores de internet formados para distinguir la verdad de lo que no lo es, pueden parar la avalancha. Es nuestra responsabilidad.

Por cierto, a mis lectores musulmanes si los tengo, un feliz ramadán.

Articulo publicado en Política/Economía. Guarda el enlace permanente.

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