K&K, Viena, 1961

Un domingo como este de hoy, se reunieron en Viena dos hombres muy distintos. Solo sirvió para que quedaran patentes sus diferencias.

4 de Junio.- Estos días atrás, una foto ha dado la vuelta al mundo. Durante la cumbre de la OTAN que se ha celebrado en Bruselas, en la habitual „foto de familia“ de las „consortes“ que sirve, normalmente, para que las revistas puedan decir lo monas o lo no monas que iban vestidas las esposas de los mandatarios reunidos, había un hombre.

Se trataba, naturalmente, del marido del primer Ministro de Luxemburgo el cual, aunque fuera por razones diferentes, se encontraba en la misma situación que „el señor Merkel“. O sea, el marido de la canciller alemana, el cual, por mor del cargo que ostenta su santa (y muy bien ostentado, en opinión de la mayoría de los alemanes) se veía en la obligación de seguir el programa de entretenimientos pensados para que unas señoras a las que no se les presupone más inquietud que los trapos pudieran sobrellevar la ausencia de sus cónyuges, empeñados en salvar el mundo. En este caso literal, porque trataban de convencer al cafre de Donald Trump de que no abandonase el acuerdo del clima de París. Intento vano, como todos hemos sabido despues.

Hace hoy exactamente cincuenta y siete años, o sea, el domingo 4 de Junio de 1961, a nadie se le hubiera ocurrido que, alguna vez, un político en activo pudiera llevar a su marido a una ocasión semejante (y eso que había, naturalmente, políticos en activo cuyos compañeros sentimentales eran varones, lo que pasa es que por aquella época no se decía) por lo cual, a las dos primerísimas damas cuyos maridos se reunían en Viena (tensa reunión, diálogo de sordos que apenas dio frutos) se les preparó un progama que incluía una actividad que los organizadores consideraron adecuada a su feminidad. O sea: mientras Nikita Kruchov y John Fitzgerald Kennedy intentaban ponerse de acuerdo a propósito de los ensayos nucleares de las dos superpotencias o sobre el papel de una Cuba que acababa de subirse al carro del comunismo, la señora Kruchov, Nina Petrovna, y la señora Kennedy, Jacqueline, fueron invitadas a una didáctica visita a la fábrica de porcelana de Augarten durante la cual se debieron de aburrir como ostras.

La idea de que Kennedy y Kruchov se reunieran en Viena partió del entonces ministro de asuntos exteriores y posterior canciller, Bruno Kreisky.

Las conversaciones se celebraron, hace ahora cincuenta y siete años (!Lo que ha cambiado el mundo desde entonces!) el primer día, o sea, el 3 de Junio, en la residencia del embajador estadounidense en Austria y luego, el día 4, en la residencia del embajador soviético. Sábado y domingo, respectivamente (y exactamente como este fin de semana). Entre medias, hubo una cena de gala, la noche del sábado, que se celebró en la galería de los espejos del Palacio de Schönbrunn y durante la cual la cocina del antiguo palacio imperial hizo honor a la fama que, según parece, se le adjudicaba en el mundo diplomático: o sea, la de servir auténticos comistrajos.

Kruschev y Kennedy no podían ser, como personas, más distintos. Más aún si cabe que sus ideologías. Kennedy era un hombre joven (entonces cuarenta y cuatro años) que hacía muy poco que había llegado a presidente y proyectaba una imagen de marido perfecto y padre de familia modélico, que representaba la América optimista de después de la guerra mundial. La realidad era muy otra, como luego se ha sabido. De resultas de un hecho de guerra, Kennedy era presa de dolores crónicos, se pasaba el día dopado a base de calmantes y anfetaminas que le recetaba un medicastro al que él llamaba Dr. Feelgood y solo abandonaba las muletas cuando los fotógrafos estaban cerca; su matrimonio con Jacqueline Kennedy era poco menos que una obra de teatro representada de cara a la galería. Kennedy era un auténtico adicto al sexo que se tiraba a todo lo que se le ponía a tiro.

Kruschev, a pesar de ser solamente diez años mayor que Kennedy, representaba a otra generación. Su vida nunca había sido fácil. Había perdido a su primera mujer de resultas de la crudelísima hambruna que azotó a la Unión Soviética a durante los años treinta, nunca había tenido la comodidad material del pijísimo Kennedy, que había sido criado desde niño para ser el primer presidente del clan.

En una cosa sí que se parecían: ambos eran, políticamente, hombres progresistas en lo político, dentro de lo que sus respectivos países se podían permitir. Kruschev fue el encargado de desmontar el estalinismo cuando el tirano murió, y emprendió una serie de reformas encaminadas a hacer de la Unión Soviética un estado más eficaz (fracasó, como todos sabemos). Kennedy luchaba contra los poderosísimos intereses de la industria armamentística (la que ha encumbrado a Donald Trump a la Casa Blanca).

Los dos mandatarios estaban sometidos a demasiada presión por parte de los sectores más reaccionarios de sus naciones como para que la cumbre de Viena hubiera tenido alguna posibilidad de éxito. Kennedy y Kruschev estaban separados por mundos de distancia. La prueba definitiva no tardó en surgir: en Agosto de 1961y a pesar de los buenos propósitos expresados en la cumbre, se levantó en muy pocos días el muro de Berlín que selló para siempre la separación entre los dos bloques.

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