Dios te ampare, Ruiseñora

Los caminos de la mente son tortuosos, mientras nos mordemos las uñas con el Brexit, pensamos en una semejanza entre austriacos y españoles.

8 de Junio.- Los caminos de la mente son tortuosos. Ayer, mientras planchaba, me puse música.

La lista de canciones que me pongo es un intento (confeso) de despistar a cualquiera que quisiera encontrarle alguna lógica. Ayer, por ejemplo, me acordé de que, por la mañana, mientras iba en el tren, me había venido a la cabeza un verso que me hizo mucha gracia. Yo, que tengo una memoria de elefante para las letras de las canciones (sobre todo para aquellas que me aprendí cuando era más joven) no conseguía acordarme de dónde venía aquel trozo de letra, hasta que ya me rendí y decidí buscarlo en Google.

Se trataba de un verso de una copla de La Piquer que se llama „La Ruiseñora“. Una obra maestra de Quintero, León y Quiroga.

Cuenta la historia de una cantante que se retira de las tablas para casarse con Paco Olivares -la flamenca, donde ponía el ojo ponía la bala, la pobre- pero resulta que a mi tocayo, antes de cumplir el año de casados, se le pasaba el interés y la pobre Ruiseñora le esperaba levantada toda la noche (igualito, por cierto, que la reina de Inglaterra con el duque de Edimburgo) hasta que a la flamenca se le inflaban las narices y volvía al cante, momento que Olivares utilizaba para cometer un crimen de violencia de género matando a la cantaora de un tiro (Paco  no se andaba con chiquitas). Ella, sin embargo, le perdonaba antes de espicharla, en un gesto que no se sabe si era de „amour fou“ o de revalidación del machismo que imperaba en la época.

Planchando, busqué la copla en el Tutubo y me salió la versión que, hace años, antes de ir a la cárcel, grabó Isabel Pantoja. Y hay que reconocer una cosa: que si bien Isabel Pantoja siempre ha tenido un punto como persona un poco raro, una cosa es verdad: como cantante no se le puede poner un pero. Tiene un registro vocal igual de completo y de poderoso que el que tenía Rocío Jurado y es tan buena actriz como ella, por no hablar que su manera de colocar la voz y de frasear ha creado escuela.

Se puede decir, sin temor a equivocarse, que Isabel Pantoja representa, enlo suyo, lo que Whitney Houston o Celine Dion representan en América. Pensé y me di cuenta de algo que nos pasa a los españoles, pero que les pasa también a los austriacos (porque nos parecemos, qué caray, hasta en esto) y es la tacañería que tenemos en reconocer la excelencia en lo nuestro. Mientras planchaba, me acordé, por ejemplo, de una cantante tan buena como Isabel Pantoja y de vida casi tan movida como la suya. Ella Fitzerald era, a mi juicio, la cantante prácticamente perfecta. Tú escuchas grabaciones de ella y las canciones le salían como una cosa orgánica, su forma de decir la letra, sin que nada se perdiera pero sin énfasis, tan elegante, su manera de entonar, la belleza del timbre de una voz que era como la de un pájaro o como el Teide, una fuerza de la naturaleza. Sin embargo, Ella Fitzgerald se pasó la vida prácticamente entre gangsters y tuvo unas elecciones sentimentales casi tan límites como las de La Ruiseñora. Y quien dice Ella Fitzgerald dice Nina Simone, que murió en Francia no porque le gustara el paté, sino porque la andaba buscando la Hacienda de los Estados Unidos porque, en un momento dado, se le puso en la laringe no pagar impuestos, y sabía que si ponía los pies en Estados Unidos la meterían en la cárcel.

Pensaba yo, mientras planchaba, que habrá personas en Estados Unidos que, influidas por estos accidentes biográficos de las divas, no las podrían ni ver, pero que nosotros, al no saber todas estas cosas (salvo si uno se pone a mirarlas en güikipedia) estamos ajenos y nos quedamos solamente con la parte artística, o sea, con la capacidad de producir maravillas de estas dos mujeres que, como la Pantoja, podría pensarse que han bajado del olimpo para enseñarnos a los humanos de lo que son capaces las diosas. Y de esta manera las consideramos sobrehumanas, sin ver el lado humanísimo que tenían.

Los austriacos son también, como los españoles, muy poco dados a reconocer en sus compatriotas los méritos que nadie les disputa en el resto del mundo. Y viene de antiguo (y no solo porque a Ötzi le matara, presumiblemente, un paisano suyo).

Cuando uno va a Salzburgo, si uno se preocupa un poco de averiguar las cosas, resulta muy gracioso que toda la ciudad sea un puro recuerdo de Wolfgang Amadeus Mozart cuando, en vida, el genial compositor (pero ser humano pésimamente dotado para la vida práctica) no podía ver a los habitantes del Castillo de la Sal ni al arzobispo Coloredo, el que fue su jefe, ni en pintura.

Cuando yo llegué aquí la gente ponía morritos cuando les hablaba de Falco, cuando fue el que puso a Austria en el mapa de los años ochenta. Cierto que, claro, Falco, en sus últimos años, se convirtió en una especie de muñegote de sí mismo (lo mismo que Elvis) pero fuera de Austria, como no le vimos borracho y drogado, pues nos seguimos quedando con el cantante chulángano de Junge Römer y otros éxitos.

¿Será, a lo mejor, que es la envidia lo que compartimos españoles y austriacos? Habrá que preguntarle a Conchita.

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Un comentario a Dios te ampare, Ruiseñora

  1. Luis dice:

    Seguramente tienes razón con lo de la tacañería para lo propio pero, qué quiés que te diga, me quedo con La Jurado

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