El caso de la flautista polaca

Para la señora Senger, columnista del Kronen Zeitung, parece haber solo dos caminos posibles de ejercer la feminidad.

15 de Junio.- Cuando yo era chico, se emitía (todavía) en la radio Española el consultorio de Doña Elena Francis. Digamos que Elena Francis era el paleolítico de Hombres, Mujeres y Viceversa. Atribuladas señoras y señoritas, la mayor parte de las veces utilizando seudónimos como „una arrepentida“, „flor de otoño“, „una desengañada de la vida“, le escribían cartas a Doña Elena (que, por supuesto, no existía, sino que era un personaje creado a medias por una locutora que había sido corista de Antonio Machín y Juan Soto Viñolo, el guionista, que por las tardes trabajaba como crítico taurino).

En las cartas, las atribuladas corresponsales de Doña Elena Francis, desgranaban (dentro de lo posible) un rosario de penas de amor que la señora Francis trataba de enjugar haciendo uso del maletín de herramientas de la moral nacionalcatólica aún imperante en la mayoría de la población, por entonces.

Por supuesto, Doña Elena, a fuer de señora muy pía, muy decente y con las ideas morales superclaras, solo contestaba a una franja de entre todos los problemas posibles en el negociado que regentaba (claro, la censura le hubiera cortado los Viñolos a Juan Soto ídem si se le hubiera ocurrido sacar los pies del tiesto).

Con ello, no solo el programa se convertía en un edificante entretenimiento apto para ser escuchado hasta en conventos de carmelitas descalzas, sino que Doña Elena y su guionista se quitaban de problemas como el que ha sufrido una columnista del Kronen Zeitung llamada Gerti Senger a la cual se le ha echado la parroquia de lectores encima por haber dado un consejo.

Pues señora: resulta que la Elena Francis de Austria, la cual lleva, de acuerdo al signo de los tiempos, un consultorio que se ocupa más de las rías bajas que del corazón, y que se llama Lust und Liebe (o sea, Deseo y Amor) recibió una carta de una lectora que le preguntaba lo siguiente:

Desde hace dos años cocino y limpio (yo, 29 años, nacionalidad polaca) para un pensionista que está muy bien para su edad (70 años). De vez en cuando, tengo que tener con él sexo oral. No quiero hacerlo, pero tengo miedo de no encontrar un trabajo tan bien pagado“.

(Sí: querido lector: a Elena Francis, al llegar a lo del sexo oral, probablemente le hubiera dado un síncope).

No así a la rocosa señora Senger la cual, se arremangó y, manos al teclado, le contestó a la polaca:

Desgraciadamente, usted no está siendo pagada solamente por su trabajo. Usted se está vendiendo también a sí misma. Si lo sigue haciendo, podría usted ganar lo mismo que ahora, si no más. En el caso de que usted de verdad no quiera (tocar la flauta de Bartolo, se entiende) tendrá usted que contentarse con menos dinero. Solamente así podría usted salvar su paz de espíritu y su autoestima“.

Como dijo el castizo: con dos cojones.

Sí: como mis lectores han leido, la señora le aconsejaba a su corresponsal polaca que, de perdidas, al río y que con las piernas (en este caso, la boca) abiertas, podía llegar muy lejos si se lo proponía. Pero que aún estaba a tiempo de abandonar el mal camino, lo único que tendría que ser pobre. O sea, puta y forrada o decente y más pobre que una rata (la mentalidad de la señora Senger, como la de la mayoría de los lectores del Kronen Zeitung se quedó en 1953 y ahí sigue).

Naturalmente, el que una columnista de un periódico de información general le aconsejara a una atribulada lectora, presumiblemente oprimida por el duro destino de ser inmigrante y mujer en un país extranjero, que ya que estaba no fuera tonta y le pidiera más dinero al viejo por chupárs…Digoooo por ofrecerle un desahogo, ha levantado el correspondiente polvo (con perdón) en las redes sociales.

Lo llamativo del caso es que la polvareda en cuestión ha pillado a la señora Senger absolutamente de sorpresa, porque a ella, naturalmente, le debe de parecer que, en una situación como la de la pobre limpiadora polaca, cualquier mujer haría lo que ella le había sugerido.

Tras un par de días de redes sociales rugientes, la frau Senger ha decidido salir a la palestra y explicarse. Para ella, el error estriba en que, en la entradilla del artículo, que es donde ella pone las preguntas de sus lectores, había condensado demasiado lo que la polaca le había escrito y había omitido un dato importante y es el siguiente: si el precio de mercado de las labores de limpieza y cocina es de 12 laureles la hora, con „servicio especial“ (una vez a la semana) la polaca cobraba cuarenta machacantes, lo cual, según Senger, le daba a su patrón cierto derecho a exigir. En fin…

Articulo publicado en Austria. Guarda el enlace permanente.

2 Responses to El caso de la flautista polaca

  1. Luis dice:

    Me ha encantado la aclaración de que el pensionista en cuestión “está muy bien para su edad”

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