“Operación Roble” y otras historias de guerra (2/2)

un certificado naziEn donde se cuenta cómo la liberación de Mussolini de sus carceleros estuvo a punto de terminar como el rosario de la aurora.

La primera parte de esta historia, aquí

2 de Julio.- Habíamos dejado a nuestro vienés, Otto Skorzeny, en Berlín, en el verano de 1943 recién operado de la vesícula y escalando puestos en el servicio secreto del Reich alemán gracias a su amigo de la juventud, el malvado Ernst Kaltenbrunner, también austriaco como él.

Como decíamos, Musolini es mandado apresar por el Gran Consejo fascista y Hitler, al conocer la noticia, ordena que se haga lo necesario para liberarle, liberación que traería como consecuencia el establecimiento de la efímera república títere de Saló, en el norte de Italia.

Para este fin, a Skorzeny se le dan hombres y recursos y, así pertrechado, se pone a la tarea. El primer problema es ¿Dónde está Musolini? Los fascistas italianos, que seguían en el poder mientras los aliados no les desalojasen, no tenían excesivo interés en conservar al Duce, pero sí que es verdad que tampoco tenían demasiadas ganas de tenerlo suelto, por lo que pudiera hacer en aquellos tiempos convulsos en los que las lealtades estaban tan enrevesadas. Así pues, cambiaban a Musolini de sitio cada cierto tiempo, dificultándole la tarea no solo a los aliados, sino a los nazis que estaban deseando echarle el guante.

Por fin, Skorzeny y los suyos localizaron a Musolini en el hotel Campo Imperatore, que aún existe y funciona, en lo que hoy es el parque natural del Gran Sasso.

La operación, que le proporcionaría a Skorzeny fama mundial, se produjo el 12 de septiembre de 1943, a las dos de la tarde, o sea, a plena luz del día. La mitad de los hombres de Skorzeny se encargaron, por tierra, de subir al hotel Campo Imperatore desde el valle, utilizando un teleférico, no sin antes haber cortado las comunicaciones telefónicas entre el hotel y el valle. Skorzeny mismo saltó en paracaidas de un avión con al otra mitad de los soldados. Por parte italiana, se opuso la resistencia mínima (da idea de que los italianos actuaron a beneficio de inventario el hecho de que solo hubo dos bajas). Tres cuartos de hora más tarde, Mussolini, con abrigo y sombrero (los que tenemos poco pelo corremos peligro de resfriarnos con el relentito de la montaña) estaba sano y salvo en manos de Skorzeny. Ambos, liberador y liberado, tras hacerse las fotos para la Historia, se montaron en un avión(cito) Fiseler Storch, que tenía capacidad para sus dos pasajeros y el piloto (como su nombre indiga es apenas una „cigüeña“). La operación estuvo a punto de terminar de mala manera, porque el avión, sobrecargado con el peso del orondo Duce y del no menos fondón Skorzeny, tuvo serios problemas para despegar (durante la guerra civil española pasó algo parecido con el Mola, el cual insistió en llevar en el avión que tenía que llevarle a Madrid todos sus uniformes de gala; la chatarra militar supuso un sobrepeso en el avión que provocó un accidente aéreo en el que Mola pereció calcinado).

No sucedió así con Musolini, al cual el destino le tenía reservado un final digno de un tirano romano (la multitud le linchó junto con su amante, Clara Petaci, algún tiempo más tarde). Veinticuatro horas más tarde, Mussolini le estaba dando la mano a Hitler en el cuartel general del Führer.

A pesar de que la cosa fue bastante chapucera en general y de que Skorzeny cometió varios pecados contra la ortodoxia táctica, su acción (sobre todo por el resultado final) fue ampliamente alabada por la propaganda nazi e incluso recibió una condecoración en un tiempo en que los nazis ya daban la guerra por perdida y necesitaban creer en los héroes (en todas las culturas se intenta crear héroes, signo fehaciente de que los héroes, fuera de los cuentos, no existen).

Tras estar implicado en la confusión que supuso el atentado de Von Staufemberg y los suyos contra Hitler, Skorzeny terminó la guerra del lado de los nazis y fue apresado por los aliados en Estiria.

Consiguio escapar y, en los cincuenta, escribió sus memorias (como Lola Flores y otras folklóricas) en las que, siguiendo el ejemplo de Albert Speer intentaba dar el pego del „nazi bueno“ que todo lo había hecho por obediencia debida y que era ajeno a la ideología criminal de sus jefes.

Por cierto: cuando murió en Madrid, en 1975, fue incinerado y sus restos se trajeron a Viena, en donde reposan. Los medios contaron que sus cenizas fueron recibidas por un grupo de nostálgicos, que saludaron a la urna con el brazo en alto.

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