Círculos viciosos

A veces, lo más inteligente es hacer lo contrario de lo que a uno le dicen las tripas. Yo creo que esto puede pasar con los parvularios musulmanes famosos.

6 de Julio.- La autobiografía del cómico británico Charles Chaplin es un tomazo que leí hace muchos años y del que se me quedó grabado una frase. Hay un momento, cuando Chaplin habla de su trágica niñez en la Inglaterra victoriana, en donde dice que la pobreza no es bonita. Nunca. Los ricos (y los que no lo somos tanto) han construido alrededor de la pobreza una leyenda romántica al objeto, sin duda, de acallar la conciencia, pero la pobreza es siempre fea, porque la estrechez material conlleva casi siempre un embrutecimiento, el cual se mantiene en muchos casos interesadamente por parte de las clases pudientes, las cuales salvaguardan así el statu quo de sus privilegios (¿Qué es, si no, la telemierda española? ¿Qué fue la religión en España durante muchos siglos? ¿Por qué florece ahora el fanatismo musulmán?).

La pobreza material es un mecanismo perverso que lleva en su vientre los mecanismos morales e intelectuales que la perpetúan. Aún hoy, para que un niño que nace pobre rompa las barreras de su ambiente y estudie y, con esos estudios, consiga hacer algo con su vida mejor de lo que hicieron sus padres, hace falta un esfuerzo heroico, porque no implica solo el hecho de tener que sufragar los gastos de los estudios (de entre todas las heroicidades, quizá esta sea la más fácil de acometer) sino porque tiene que romper la tendencia mantenida a veces durante generaciones.

Pensaba esto mientras leía hoy una entrevista interesantísima que ha publicado el Kurier con la directora de un colegio de niños de Ottakring, una zona proletaria de Viena.

La señora explicaba la relación que tiene su colegio con los parvularios musulmanes de su zona, tema de máxima actualidad.

Leyendo la entrevista con atención y tratando de hacerlo desapasionadamente, para mí está claro que lo que no funciona no es la religión, sino el fracaso, compartido al cincuenta por ciento (por la parte austriaca y por la parte inmigrante) de crear los mecaismos necesarios de ascenso social que rompan el círculo vicioso de falta de educación-pobreza-falta de educación y vuelta a empezar.

La señora es la directora de lo que podríamos llamar una unidad en la primera línea de fuego del sistema educativo. Zona trabajadora, ya digo, noventa por ciento de alumnos inmigrantes en las aulas.

Preguntada por cómo es su relación con los parvularios msulmanes contesta que hay dos en particular con los que la relación es inmejorable, pero que hay otros, dirigidos sobre todo a niños turcos, que son meros aparcamientos para chiquillos.

Hay que aclarar que, cuando los niños llegan al colegio en Austria, tienen que ser totalmente independientes. O sea, tienen que comer, vestirse e ir al baño solos. Hasta donde yo sé, esto es mucho más estricto que en España por ejemplo (a una abuela española se le pondrían los pelos de gallina si viera que aquí a los niños se les deja comer solos casi desde el momento en el que pueden sostener una cuchara con las manos). Lo que piensan los turcos al respecto se resume en ese dicho de que los austriacos tratan a los niños como a perros y a los perros como a niños.

En Austria se espera que en los parvularios se prepare a los niños para que se solucionen la vida por sí mismos y no necesiten de la „tante“ o sea, la cuidadora del Kindergarten, para mantenerse en estado de revista.

La señora directora se queja de que los niños turcos llegan al colegio también, aparte de esta que digo, con graves carencias idiomáticas, porque hacen toda su vida en turco, como sus padres, y que cuesta Dios y ayuda ponerles al nivel del resto de los alumnnos, incluidos los hijos de los refugiados, los cuales (añado yo) al provenir en su mayoría de las clases medias y altas de sus países de origen, sí que son conscientes del valor de la educación y de hablar alemán para poder moverse por la sociedad austriaca y mejorar su situación.

A este respecto, yo quisiera añadir otra cosa: en todos los años que llevo aquí solo he conocido a una pareja mixta de una persona con raíces turcas y una persona austriaca. De este modo, como sucede con las parejas en donde los dos miembros son españoles, es muy difícil que el niño aprenda alemán antes de ir al Kindergarten, porque sus padres no lo hablan, ni entre sí ni con él. Introducir en esas condiciones un idioma que a todo el mundo le resulta extraño en el núcleo familiar resulta poco menos que imposible.

Así las cosas, es obvio que la pregunta ¿Son malos los parvularios musulmanes? Debe formularse necesariamente de otro modo ¿Solucionaría todos estos problemas su desaparición? En mi opinión, rotundamente no. Es más: yo creo que lo inteligente sería exactamente lo contrario: destinar más recursos a mejorarlos y utilizarlos como cabeza de puente para romper los círculos viciosos.

No se hará, seguramente. Lo populista es lo contrario.

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