Un misterio en pleno corazón de Viena

StephansplatzEn los años setenta del siglo pasado, durante las obras del metro de Viena, los ingenieros dieron con un espacio misterioso que había permanecido 200 años clausurado.

11 de Julio.- Se puede decir que miles de personas todos los días, procedentes de los cinco continentes, pasan por encima de una de las atracciones turísticas más misteriosas de Viena sin saberlo.

Al nivel de la calle, los únicos vestigios que quedan de ella  es un mosaico de adoquines que el municipio de Viena dispuso en 1973, con ocasión de la reforma de la plaza de la catedral con motivo de la finalización de al estación de la línea 3 de metro. Las líneas dibujadas con piedras en el pavimento representan los límites de lo que fue una pequeña iglesia, la de la Magdalena, erigida en el siglo XIV en lo que, entonces, era el cementerio anexo a la catedral de San Esteban. La pequeña iglesia, que estuvo en pie hasta el siglo XVIII, se quemó en 1781 –diez años antes de la muerte de Mozart- y, después del incendio, fue demolida y, lo que había debajo de ella, que es lo que hoy nos ocupa, olvidado por completo.

En los años setenta del siglo pasado, durante la realización de las obras de la estación de Stephansplatz, se encontró un espacio subterráneo, perfectamente conservado y que hoy puede verse por una ventana abierta al efecto en la estación. Se trata de una habitación de algo más de diez metros de largo por seis de ancho, cuyo suelo se encuentra a unos doce metros de profundidad con respecto al empedrado actual. Se trata de la Virgilkapelle, la cual estaba rodeada de otras siete capillas subterráneas más pequeñas. Los muros estaban revocados de yeso y pintados de blanco, con una decoración de líneas rojas. En cada nicho de las siete capillas subterráneas hay pintada una cruz en rojo en un estilo que solo se encuentra en el ámbito sirio-palestino y en el arte bizantino temprano. La capilla subterránea no tuvo nunca suelo de piedra y siempre se encontró en su estado actual y, más extraño aún, en ella se encuentra una fuente de la que no se sabe la función. Sin embargo, lo más misterioso es la cuestión de cómo se podía entrar a este espacio subterráneo que, por lo que parece, estaba totalmente clausurado salvo por una puerta que debió encontrarse disimulada en los muros de la capilla que sí que podían ver los fieles normales que iban a misa en la pequeña iglesia de la Magdalena.

No se sabe quién mandó construir la iglesia ni por qué, ni a qué finalidad servía. Se ha podido datar a finales de la primera mitad del siglo XIII, y se especula con que Federico II pudo pensar en ella para servir de enterramiento para los restos de San Colomán, un monje irlandés que, de camino a tierra santa, fue apresado en Baja Austria y torturado hasta la muerte (por cierto, una de las piedras del lugar de su martirio se encuentra, a modo de amuleto, en el portal de la catedral de San Esteban, fue puesta allí en 1361). Federico II murió sin descendencia tras una batalla contra los húngaros y, cuando los Habsburgo subieron al trono, se abandonó el proyecto de una tumba de San Colomán que sirviera de lugar de peregrinación . Como la catedral de San Esteban, cuya construcción duró varios siglos, terminó por crecer llevándose por delante el antiguo osario –lo que se hacía entonces era enterrar a la gente y, pasados unos años, recuperar los huesos para hacer sitio a otros difuntos- , se decidió ubicar un nuevo osario en las cercanías de la capilla que iba a ser la tumba de San Colomán. Se reformó el edificio y se erigió la iglesia de la Magdalena que fue utilizada por la rica familia Chrannest, lugar de enterramiento lujoso. La familia Channest hizo algunas reformas, entre ellas la erección de un altar a San Virgilio que da nombre a la capilla hoy en día. Cuando los Chrannest se extinguieron, la iglesia de la Magdalena se utilizó para lugar de reuniones de hermandades religiosas

En  1783 terminó la historia del osario, último uso conocido de la capilla, cuando todos los restos de los difuntos fueron trasladados a los osarios que hay en los sótanos de la catedral en donde aún puede verse lo que queda de varios siglos de población vienesa.

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