Opus viridi (1)

¿En qué se parecen los verdes austriacos al Opus Dei? Pues en muchas más cosas de las que podría parecer.

14 de Julio.- El Opus Dei es, sin duda, una de las organizaciones más controvertidas de la Iglesia Católica. Ni siquiera la turbosantidad del fundador estuvo libre de polémica, dado que durante el proceso de beatificación primero y el de canonización después, había personas por el mundo que habían conocido en vida y de manera bastante directa a Jose María Escrivá y contaban cosas de él que no le dejaban en demasiado buen lugar. Personas a las que no se dejó que dieran su versión sobre la vida de aquel a quien, en las actas del proceso, se llama „el siervo de Dios“.

Sea como fuere, el caso es que uno de los peros que tradicionalmente se le han puesto al Opus Dei ha sido su hermetismo. Los fieles de la prelatura, sobre todo en los primeros tiempos, eran no solo mantenidos „a dieta intelectual“ a base de prohibirles leer libros o periódicos que no hubieran sido previamente aprobados por sus directores espirituales (o sea, hermetismo de fuera para dentro), sino que, además, se les daba una especie de Vademecum de respuestas a determinadas preguntas (hermetismo de dentro para fuera).

Al pensar sobre el artículo de hoy, me he acordado de esto.

Cuenta Maria del Carmen Tapia, la cual fue un alto cargo del Opus Dei hasta que lo abandonó en los años sesenta, que una de las respuestas automáticas con las que se instruía a los del Opus Dei para que contestaran a los que no eran „de casa“ era esta:

-¿Cómo son las personas del Opus Dei?

-Como todos los cristianos deberían ser.

Es bastante dudoso que la gran mayoría de los católicos se encuentre satisfecho con esta respuesta, pero lo cierto es que tenía la virtud de dejar al curioso con un palmo de narices y sin más ganas de indagar.

Los Verdes austriacos, por lo menos en la teoría, se parecen mucho al Opus Dei.

Me explico: si uno se detiene a mirar un poquito cómo funcionan y las capas sociales que componen al electorado verde, uno se da cuenta de que ellos actúan y, deben de estar convencidos de que son, „como todo el mundo debería ser“. O sea, piensen mis lectores en…Bueno, en el del flequillo rubio y la cara naranja ¿Le visualizamos? Pues lo contrario. Esto es, cultos, dialogantes, razonantes, educados, no sexistas, preocupados por el calentamiento global, activistas por los derechos de la mujer y por su equiparación al hombre en la sociedad (!Que en pleno siglo XXI haya que ser activista todavía de esto!), comprometidos con la erradicación de la homofobia y la transfobia, a favor de un trato generoso con los inmigrantes y los refugiados…En fin.

Sin embargo, por un misterioso (y sumamente insidioso) mecanismo, ocurre que la gente que es „como todos deberíamos ser“ sufre, de vez en cuando, unos ataques de locura tontísimos que hacen que, como si se tratase de los trabajos de Sísifo, todos los esfuerzos y todos los avances y mucha de su credibilidad se vayan a la porra en cuestión de días.

Como todo esto no se explica facilmente, vayamos por partes.

Como recordarán mis lectores, el Partido Verde cambió de liderazgo hace unas semanas y de manera bastante limpia para lo que suelen ser esas cosas.

Eva Glawischnig, la anterior „lideresa“, bajo cuyo mandato el poder Verde había alcanzado su cénit, al colocar a Van Der Bellen nada más y nada menos que en la cúspide del Estado austriaco y, de paso, convertirle en el primer presidente que no venía de los dos grandes partidos (SPÖ y ÖVP) fue sustituida mediante un proceso de votación por un liderazgo bicéfalo.

De un lado, la prestigiosísima eurodiputada Ulrike Lunacek, una señora de la que no ha nacido quien hable mal -salvo en el FPÖ, pero es que en aquella santa casa se habla mal de todo el mundo- y de otro la señora Ingrid de Felipe, que venía de los verdes tiroleses. Hasta ahí, bien.

Quizá se recuerde que Glawischnig abandonó su posición de liderazgo por una primera crisis que ha resultado ser como esos terremotos que, en California están siempre anunciando el Big One, o sea, un presagio de otras quizá de más calado.

Los Jóvenes verdes se rebelaron contra el liderazgo de Glawischnig y quizá Glawischnig intentó atajar esta crisis utilizando un procedimiento que, a lo mejor, le hubieran aplaudido mucho los miembros del Opus, pero que no revela un gran conocimiento ni de la psicología humana ni del funcionamiento de los adolescentes en el siglo XXI (decía Gillermo de Baskerville en „El Nombre de la Rosa“ que el cielo es el infierno visto desde otro lado).

Cuando las nuevas generaciones verdes la acusaron de ser una marimandona, ella poco menos que les mandó el mensaje siguiente. Muy en plan madre de las de antes, o sea:

-De momento, estáis viviendo en mi casa. Y si vivís en mi casa tenéis que respetar mis reglas. Y si no queréis respetarlas, pues ya sabéis dónde está la puerta.

¿Sí? Dijeron ellos. Pues tururú. Y con las mismas, cogieron la ídem y se marcharon, y de esta manera el avión Verde perdió un ala.

Seguía volando el avión verde, sin embargo, y no mal.

Una de las caras más reconocibles de los Verdes, y la que en gran parte mantenía en el candelero de los medios al partido, siendo responsable de gran parte de ese barniz de que eran „como todo el mundo debería ser“ era Peter Pilz.

Como quizá mis lectores sepan, Pilz había sido uno de los impulsores de la comisión llamada del Eurofighter, la cual…Bueno, para hoy ya nos hemos alargado mucho. Mañana ya contaremos más de Peter Pilz.

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