Opus viridi (y 2)

Hombre, heterosexual y austriaco de toda la vida. Hay cosas que quizá, en determinados círculos, puedan resultar un hándicap.

15 de Julio.- el, hasta el lunes, político „verde“ Peter Pilz nació en Estiria en 1954, hace sesenta y cuatro años.

Durante toda esta legislatura Pilz ha adquirido un gran protagonismo y los medios se han ocupado mucho de él (y a él, por lo que parece, le ha encantado que los medios se ocupasen de él). Ha sido Pilz, durante estos últimos años, el perejil de todas las salsas, „desfacedor“ de todos los entuertos, „destapador“ de todos los convolutos.

Empezó pronto. Siendo aún un joven parlamentario, fue uno de los que hizo saltar por los aires el escándalo Lucona (aquí, la historia), el cual dejó con el porompompero al aire a gran parte de la gente guapa del socialismo austriaco.

Si hay algo que defina la trayectoria política y vital de Peter Pilz es que, donde haya, como se suele decirse „un fregado“ ahí está él en las cercanías.

En estos últimso años, como decía más arriba, Pilz ha acaparado la atención mediática con tres asuntos: Wikileaks, no hace falta explicarlo, el espionaje al que Erdogan somete a sus connacionales que viven fuera de Turquía a través de los miembros del clero musulmán y la puesta en marcha de una comisión parlamentaria para investigar el caso Eurofighter. O sea, la sospecha de corrupción (una más) que se lleva años cerniendo sobre la compra y mantenimiento de unos cazas que le costaron al Estado austriaco como si hubieran estado hechos de platino.

Sin llegar a ser un verso suelto dentro de Los Verdes, puede decirse que el estilo de Pilz no cuadraba demasiado con el general del partido. Si Peter Pilz hubiera sido un poco menos listo de lo que es, quizá hubiera cedido a la tentación de tener un ataque de „Julian-Mari-itis“ y decir, con Andreas Gabalier, que en un partido como el Verde, el ser un varon blanco, heterosexual y con el pasaporte austriaco desde la cuna, es una gran desventaja.

No ha sido así, por suerte (Pilz tiene más nivel) pero es innegable que Pilz tiene un alto concepto de sí mismo que, más que nada, hacía muy predecible que algún día su rumbo y el general del Partido llegaran a enfrentarse.

Como recordarán mis lectores, la marcha de Eva (yo que soy tan guapa y tan lista, yo que me merezco un príncipe, un dentista) Glawischnig y la convocatoria de nuevas elecciones para octubre se produjeron con días de diferencia. Mi opinión personal es que este era el momento que Peter Pilz estaba esperando y que probablemente, pensó que sobre él recaería la elección de sustituir a la lideresa retirada. No fue así, y la dirección del partido se decantó por dos mujeres: una lesbiana (es público y notorio) y una madre soltera. Dicho sea esto, naturalmente, sin ninguna intención de menoscabar la valía profesional de Lunacek y Felipe, solo como mera descripción.

Naturalmente, la convocatoria de elecciones trajo la confección de las listas electorales. Se celebró un congreso verde para decidir el orden de los candidatos en las listas y Peter Pilz quiso ir el cuarto en las listas verdes al parlamento pero los delegados verdes rechazaron a Pilz, y pese a su obcecación, colocaron a otro señor. Pilz se indignó y dimitió (de hecho, el lunes día diecisiete, dejará de ser oficialmente parlamentario adscrito a los Verdes).

Ulrike Lunacek, la líder del partido, trató de templar gaitas. Le dijo a Pilz que, por favor, que no se pusiese bravo, que ya sabía él cómo eran estas cosas en casa de los Verdes y que ya habría otras oportunidades. Pero Pilz, por vanidad, por pundonor o por lo que fuera, no cedió. De hecho, no ha cedido.

Para los Verdes, la pérdida de Peter Pilz supone la de un activo muy importante de cara a las próximas elecciones (y, aunque los cementerios están llenos de gente insustituible, quizá de cara a la futura viabilidad del partido, cuyas sedes regionales ya han empezado a desligarse de la matriz vienesa). Con su estilo Drama Queen, Pilz era un portavoz muy eficaz (un tanto populista, pero muy eficaz) de la ideología del partido y un imán para un determinado tipo de votante (el votante-protesta que, por la ultraderecha, se siente atraido por el mismo estilo, pero en versión FPÖ.

Pilz coquetea con presentarse a las elecciones con un partido propio y algunas encuestas le dan unas expectativas de voto de hasta un 5%, unos votos que, naturalmente, provendrían de la cantera verde. Un roto serio, vaya.

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