Tierno verano de lujurias y operetas

En Austria, el verano es fecundo en festivales al aire libre y operetas. Ayer, disfrutamos de una en el bonito palacio de Kittsee.

16 de Julio.- Yo lo digo siempre, y lo digo con envidia, porque los españoles no sabemos hacerlo. En Austria, en cualquier pueblo de cabras, en cuanto tienen cuarto y mitad de „menumento“ lo aprovechan al máximo ¿Una cantera de la que no se saca piedra desde que nuestros ancestros tallaron los primeros instrumentos de sílex? Pues un festival de ópera al aire libre ¿Una plaza con una catedral en donde se pueden poner unos bancos de madera durísimos para que el personal no se duerma con el verso? (truco que también han utilizado ilustres plastas, como Adolf Hitler o Fidel Castro) pues un Jedermann. Y así.

Y no hablemos de los castillos o palacios. Si es castillo, se monta una fiesta medieval, con sus caballos y sus caballeros, con sus damas haciendo cosicas y sus tragadores de fuego. Si es palacio, y más barroco (ya se sabe: si no es barroco, es barraca) pues se monta una opereta.

Austria es un país pequeño y la competencia por atraer a la gente que hace Heimaturlaub es feroz.

Hasta ayer, de la ciudad de Kittsee, casi en la frontera con Eslovaquia (se ve Bratislava desde la carretera) yo solo conocía el hospital. Mi primera (y esperemos que mi última) crisis renal -cólico nefrítico- me sorprendió en Burgenland, así que la ambulancia me llevó al hospital de Kittsee.

Todo en esta ciudad, si juzgamos por el hospital, es pequeño y recogidito, digamos que familiar. En el mismo tono se ha montado un festival al aire libre, con diez representaciones (ayer fue la última), en el palacio, que perteneció a la familia Estherhazy primero y luego a los Bathyani, que está situado en esta ciudad.

Kittsee-9La obra que fuimos ayer fue Die Czardasfürstin, una piéce de résistance género lírico ligero centroeuropeo la cual fue montada en el parque del palacio -parque que, a falta de fondos, hace gala de una añoranza de tiempos mejores.

El ambiente general, ya digo, fue familiar, un poco como si una tropa circense hubiera llegado a la ciudad de Kittsee.

pensionistas

El jefe del asunto estaba en la taquilla, acompañando a una muchacha que uno tenía la sensación de estar un poco sobrepasada. Unos chiquillos de unos diez o doce años vendían los programas. Había puestecillos en los que se vendía vino y una caravana de Ströck (famosa cadena de panaderías local) en donde se podía comprar un café muy bueno.

Daniel Turcan

Estando en estas -en lo del café- llegó un pobre desequilibrado mental que le echó un broncote a las muchachas del café por venderlo no en tazas de porcelana, sino en unos coquetos vasitos de papel:

-!Aquí no hay cultura! !Esto es como en América! -bufó, aunque las chicas también habrían podido objetar que en Austria, en todos los supermercados, se venden champúes que están muy bien de precio, porque el tipo llevaba el pelo de guarro que le plantabas una patata y le agarraba; en vez de esto las muchachas trataron de hacer entrar en razón al hombre, explicándole que, lamentablemente, no había lavavajillas y que por lo tanto, no podían usar porcelana de Limoge para servirle el café cortado. El tipo, dio vueltas y más vueltas y al final, como si quisiera reconfirmar nuestras sospechas de que estaba como una cabra, dijo:

-!Bien, me rindo! !Capitulo! -juro que dijo esto- !En el nombre de Dios, denme un café de esos en vaso de papel! -y luego, como si quisiera salvar los muebles: ¿Y me van a dar también un vaso de agua…Bueno, un vaso de papel de agua?

Las muchachas, con paciencia encomiable, no dijeron nada. Es más: incluso extremaron su amabilidad. El tipo del pelo sucio se fue a una mesa con otro tipo como él y de ambos podría decirse, sin albergar las mínimas dudas, que ninguno de los dos parecía tener una vida amorosa muy activa.

Kittsee-56

La representación fue hermosa y correcta, a pesar de que, como estaba claro que estábamos en el circuito de provincias, el temor tenía una voz distinguida pero era para su desgracia un tipo bajito y más bien culoncete el cual, para colmo, iba peinado como si le hubiera lamido una vaca, con lo cual el que la protagonista se enamorase de él perdía credibilidad. La soprano protagonista era mucho más mona y mucho mejor actriz y, quizá para combatir que la obra, como sucede en todas estas, había soportado mal el paso del tiempo (era un poco como esos enredos inocentes que representaba la compañía de Fernando Fernán Gómez en El Viaje a Ninguna Parte) se había potenciado a los „graciosos“ para obtener al final una cosa un tanto arrevistada.

El caso es que el público, arrebujado en sus mantitas (sabia previsión, porque en esta época del año el relente en Austria es muy traicionero) pasamos un buen rato. De vez en cuando, las aves del cercano paraiso natural del Neusiedler See se asomaban a escuchar la música que ya es casi centenaria y, una vez más, la liturgia del teatro, con sus maquillajes, sus amores afortunados o desgraciados, se verificó felizmente.

La próxima semana, por cierto, si Dios quiere toca opereta también. El Vendedor de Pájaros, en Mörbisch.

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