Yo soy la tierra de tus raíces (a ver qué dices tú)

¿Rosana? ¿Jelinek? ¿Patria? ¿Qué tienen en común estos tres elementos? Lee el artículo de hoy de Viena Directo y aprenderás de buena literatura.

17 de Julio.- El fenómeno literario de los últimos tiempos en España se llama „Patria“. Muchos son los factores que explican su éxito.

Los cultos encuentran en el libro un tema „serio“ y „respetable“ del que poder hablar sin que por eso parezca que han condescendido al gusto de la masa. El tema no es otro que el terrorismo de ETA – el cual, por cierto, tiene la ventaja de yacer afortunadamente extinto, gracias a Dios, con lo cual es un monstruo que ya no le da miedo a nadie y ha pasado a formar parte de esa materia fría de la que se puede hacer ficción sin padecer grandes cargos de conciencia.

Los menos cultos encuentran en Patria unos personajes con los que se pueden identificar sin esfuerzo y una historia en la que, dejando aparte el punto de arranque, pasan cosas que le podrían suceder a todo el mundo, como las operaciones de vesícula.

En realidad, el mayor acierto de Patria, en mi opinión, es que es una novela del siglo XIX y, como tal, utiliza todos los recursos que hicieron de Blasco Ibáñez el primer Ruiz Zafón de la historia de la literatura española, pero dándoles un barniz que hace que parezcan nuevos, porque están usados de una manera muy eficaz.

Patria no es, sin embargo, un gran libro. Es un libro entretenido, pero a nivel literario es un fenómeno equivalente a las canciones del primer disco de Rosana (¿Publicó más?). Se oían con facilidad, se recordaba el estribillo pero nadie se tomaba en serio aquello de „yo soy la tierra de tus raíces, a ver qué dices tú“. Tampoco estaba pensado para eso. O sea, que es una obra de artesanía, hecha por un hombre medio, quizá con un poquitín de talento de un hombre medio (pero solo un poquitín) y dirigiada vocacionalmente a un público medio al que las exigencias se le acaban en la página 150.

Ayer, estando en la Schweizerhaus, en pleno centro de Viena, rodeado del público vocinglero y dominical que garantiza el sitio, me acordé de Patria y pensé que, para crecer como lector, que es la manera más exquisita que tenemos de crecer como seres humanos, también hay que darse cuenta de que los libros entretenidos no siempre son los mejores (aunque tengan, naturalmente, su misión en el ecosistema Gutemberg y su sitio en los gustos nuestros, que no va a estar uno todo el santo día leyendo a „Chopenágüer“). Sin embargo, la literatura auténticamente buena va más allá, incluso más allá de cierta perfección técnica (no hay sonetos más perfectos que los sonetos de los poetas del fascismo español y, al mismo tiempo, no hay sonetos que sean más coñazo).

La auténtica buena literatura, como la auténtica buena historia hace que se logre el milagro de que seamos otras personas, que miremos el mundo de otra manera aunque nos resistamos. O sea, la del autor.

Llegué a la reflexión que antecede a estas líneas porque en estos días estoy leyendo La Pianista, de Elfriede Jelinek, la Nobel austriaca. A pear de que estoy leyendo el libro en una traducción que es una auténtica porquería, la calidad del original, su audacia, su mordiente, es tan sumamente salvaje y arebatadora que uno no puede evitar dejarse llevar y, si no tiene cuidado, uno empieza a mirar a sus semejantes como a larvas de una especie desconocida, del mismo modo inclemente, casi impío y desvergonzado, sarcástico, en que lo hace Elfriede Jelinek, sin pizca de amor o simpatía, pero al mismo tiempo con la misma totalidad con la que Dios, si existe, debe de mirarnos a todos.

La novela de Jelinek pasa en Viena, y tiene como objeto la vida de unas personas feas, sucias, desgarradas, histéricas pero sin embargo, por alguna extraña razón (pasa siempre con la gran literatura) cuando cerramos el libro sentimos que hemos participado en una verdad universal y nos preguntamos cómo hemos hecho tanto tiempo para vivir sin haberla sabido, cosa que es muy dudoso que le suceda a un lector de Patria, aunque naturalmente el milagro de los libros es que los que no son tan buenos (aunque no sean malos, porque Patria no es un mal libro) también nos enseñan cosas y en todos podemos ver algo que no habíamos visto antes.

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