La historia de Aitana

A veces, la vida misma es la mejor maestra. Por eso hoy contamos la historia de Aitana (que en la vida real, no se llama así, claro). Una emigrante en Viena.

18 de Julio.- Un día, cuando era niña, Aitana descubrió el secreto para que los castigos dejasen de serlo.

Por casualidad, averiguó que las cosas desagradables dejaban de serlo si uno aprendía a utilizarlas en su propio favor.

En otras palabras: cuando uno „se hacía amigo“ de las cosas que le molestaban, como por arte de magia, dejaban de molestar.

Esto funcionaba particularmente bien con aquellos castigos que eran pruebas para la paciencia -!Castigada sin salir a jugar con tus amigas!- en esos casos, Aitana cerraba los ojos y se retiraba al país de su interior y hasta llegó un momento en que agradecía estar castigada, porque en el secreto país que había detrás de sus párpados cerrados pasaban cosas muchísimo más interesantes que las que sus amigas podían proporcionarle.

Gracias a este truco, que aún hoy mantiene en secreto, Aitana se convirtió en una niña prematuramente responsable, que nunca protestaba y siempre parecía acometer con entusiasmo cosas que, normalmente, se les hacen cuesta arriba a la mayoría de los niños.

A los veintidós, Aitana conoció a Harald, un chico vienés algo mayor que ella. Ambos se enamoraron inmediatamente. Compartían, además, la misma pasión: la ingeniería. A Harald no le costó mucho convencer a Aitana de que dejara de vivir con sus padres y se viniera a Viena.

Aitana dudó, esa es la verdad, pero tras reflexionar seriamente, se dio cuenta de que Harald tenía muchas posibilidades de ser el candidato perfecto con el que construir una sólida vida en común.

Estaba, además, enamorada de él y, aunque era consciente de que, sobre todo al principio, serían muchas las dificultades, como Aitana es mujer de decisiones irrevocables, se hizo a la idea de que, cuando saliera de casa de sus padres, tendría que „hacerse amiga“ de su nueva situación de mujer casada, viviendo con el hombre al que quería en un país y una lengua extraños, y que si conseguía acostumbrarse, también llegaría a ser feliz.

Con la determinación escrita en la cara y algo de miedo en el estómago, Aitana hizo dos maletas con lo más imprescindible y abandonó la casa de sus padres convencida de que ya solo iba a volver de visita, como así ha sido, efectivamente.

Han pasado cinco años desde que Harald y Aitana se fueron a vivir juntos. De cara al exterior, Aitana y Harald forman la pareja perfecta. Con la misma gravedad que pone en todas sus cosas, Aitana se empeñó en aprender alemán y ahora lo habla perfectamente, y sus suegros austriacos están encantados de tener una nuera juiciosa, fuerte y trabajadora, de la que no dudan que será la madre de sus nietos.

El mismo Harald ha empezado ya a hacer planes para tenerlos. Oficialmente, los dos buscan casa (él, más, esa es la verdad) para dejar el piso de alquiler, situado en el distrito tres, en el que viven.

Todo el mundo asume que, yéndoles como les va (los dos tienen unos trabajos estupendos) y con una prometedora carrera por delante, el día en que les entreguen las llaves de su nueva casa empezarán a ir „a por el niño“ como suele decirse.

Aún no se lo ha dicho a nadie, pero Aitana está empezando a darse cuenta, horrorizada, de que quizá, esta vez, no podrá „hacerse amiga“ de esta nueva circunstancia, de la que, tiene la sensación, se alegran todos con locura menos ella misma.

Cada vez que va a España a ver a sus amigas y las ve yendo de fiesta, ligando con chicos con los que se acuestan una noche o diez, pero que luego olvidan, preocupándose de cosas lógicas de personas que no tienen responsabilidad ni grandes planes de futuro, algo parecido al rencor se remueve en el interior de Aitana y, aunque lucha contra ese sentimiento, tiene la sensación de que le han robado una parte insustituible de su vida, que jamás podrá recuperar. Todos le envidian su vida estable, su carrera brillante, su novio que la quiere, pero ella se moriría por tener la oportunidad de, por lo menos de vez en cuando, poder hacer alguna que otra tontería.

Articulo publicado en Austria. Guarda el enlace permanente.

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