Imago mundi

Hace quinientos años, Europa empezó a convertirse en un Afganistán que duró casi ciento cincuenta años. No hay motivo para presumir, pero sí para aprender.

1 de Agosto.- Hace justamente quinientos años, la única unidad europea que había sobrevivido al imperio romano, la religiosa, saltó por los aires.

Un cóctel de fanatismo religioso, nacionalismo y la invención del medio de comunicación más poderoso que el ser humano había conocido hasta entonces, la imprenta, hizo que, en poco más de cincuenta años, la sociedad europea terminase sumergida en un baño de sangre que se prolongó durante ciento cincuenta años, y cuyas cicatrices son perceptibles aún hoy.

La invención de la imprenta no solo permitió producir libros de forma muchísimo más barata, rápida y eficiente que antes, sino que también permitió producir todo tipo de folletos propagandísticos, tarea en la que, por cierto, los protestantes se mostraron mucho más diligentes que los católicos.

Desde entonces, el mundo quedó dividido en dos mitades: en los países del mundo católico y su área de influencia, persistió la ingénua noción de que la verdad es evidente por sí misma (por eso, contra la llamada „leyenda negra“ los españoles no nos molestamos en inventar una „leyenda blanca“ que mitigase la propaganda puesta a circular por nuestros competidores por la hegemonía mundial) y el área anglosajona protestante, en donde, hasta hoy, saben que tan importante como lo que sucede es la manera en que se cuenta lo que sucede.

En el mundo anglosajón es típica la figura del „publicista“, que no tiene que ver con hacer publicidad de ningún producto, sino que es un señor que se dedica a componer obras más o menos eficaces, generalmente sobre determinadas tesis, al objeto, fundamentalmente, de forrarse. Hace unos años, por ejemplo, entre los ambientes de ultraderecha fue muy famoso en Austria y Alemania un tal Tilo Sarrazin. En España, un caso parecido sería Pío Moa. O sea, gente que vive del „me se ocurre“ vendiéndolo como lo que no es.

Austria tuvo una (corta) época protestante y terminada esta, se importaron a cascoporro monjes españoles (los famosos „schwarz Spanier“ de la calle vienesa) al objeto de „recatolicizar“ el país y volverlo a la recta senda.

A pesar de esto, Austria siempre fue, para estas cosas, un país de frontera y quizá esto explique que en este país convivan la manera anglosajona y la manera mediterránea de entender la difusión de los mensajes. Por ejemplo, la ultraderecha es para esto fundamentalmente protestante, siempre cuidando exquisitamente la comunicación (bueno, exquisitamente: ofreciendo el rancho ideológico que su público pide, pero siempre formando un sistema coherente y sin fisuras) en tanto que los partidos llamados „tradicionales“ siguen la vieja máxima católica de que la verdad, al final, resplandece por sí misma y que Dios hará lo posible para que los buenos terminen triunfando después de todo, lo cual, en este mundo moderno, hay que reconocer que no es una táctica muy inteligente.

Naturalmente, tan bobo como dejarlo todo en manos del Altísimo (tú, fíate de la Virgen y no corras) es confiarlo todo a las relaciones públicas.

En la Universidad, yo tuve un profesor de marketing -quizá el único bueno, en un páramo intelectual de gente a la que apenas se podía tener respeto- que decía que no hay marketing infalible para vender un producto malo.

Es decir, que te pueden comprar al principio, pero que la gente no es tonta y no se puede engañar al público indefinidamente. O sea: como Donald Trump es tonto, pero es un tonto de matriz plenamente anglosajona, él piensa que su problema no es que él sea un inútil como presidente, sino que la gente no termina por captar su mensaje porque sus jefes de prensa no se lo comunican bien. De acuerdo a una imago mundi protestante como la suya, él piensa que bastará con encontrar alguien que domine el lenguaje para que la gente se trague sin rechistar todo lo que él diga.

En general yo pienso que estos dos paradigmas también se dan en la gente común y que los españoles, en general, somos menos dados a ser „propagandistas“ de nosotros mismos o de nuestras ideas o de nuestra valía en los trabajos. Pensamos que, si somos buenos, nuestra valía terminará resultando evidente a los entendidos. No siempre es así, creo yo ¿Qué opinan mis lectores?

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