Barbara Rosenkranz vuelve a empezar

Una vieja conocida de los lectores más atentos de Viena Directo ha hecho hoy un importante anuncio.

7 de Agosto.- El domingo 25 de Abril de 2010 amaneció un día precioso de primavera. Lo recuerdo perfectamente porque estuve en el Prater y me llevé la cámara de fotos y fotografié a una señora turca a la que luego utilicé de ilustración para el artículo de ese día. Trataba de la arrolladora victoria de Heinz Fischer en las elecciones presidenciales. Fischer consiguió casi un ochenta por ciento de los votos de los austriacos. La siguiente „clasificada“ fue Barbara Rosenkranz, que se presentaba por la ultraderecha del FPÖ. Obtuvo un poquito más de un quince por ciento de los sufragios. El restante cinco por ciento fue para Rudolf Gehring, un candidato al que, según yo recuerdo, no le hizo la gente mucho caso.

En el año 2010 la política austriaca era aún muy diferente de la que es hoy, y nadie podía imaginarse que, tan solo seis años más tarde, un compañero de partido de Barbara Rosenkranz, Hofer, estaría a un pelo, pero a un pelo, de conseguir ocupar la más alta magistratura del país, la Presidencia de esta república.

Rosenkranz probablemente sabía que se enfrentaba a una tarea imposible.

Heinz Fischer era imbatible en las encuestas y Rosenkranz se enfrentaba a una imagen publica (que, seamos justos, se había ganado a pulso) de ser una criptonazi. De nada sirvieron los esfuerzos ímprobos que ella misma hizo para intentar desprenderse de ese sambenito, incluyendo una declaración pública (a la que le instó el entonces poderosísimo editor del Kronen Zeitung, uno de sus más firmes partidarios) en la que hacía profesión de fe en el holocausto y manifestaba su creencia en que las cámaras de gas existieron y en que durante el nazismo se cometieron crímenes horribles.

Tampoco le ayudaba su nula simpatía y su casi inexistente telegenia. Para rematar, Rosenkranz estaba casada (está casada aún) con Horst Rosenkranz, un conocido „publicista“ de ultraderecha condenado por negacionismo (negar o minimizar los crímenes del nazismo es delito en Austria), un tipo que en 1990 concurrió a las elecciones con un partido que se llamaba „No a la invasión de extranjeros“ (otro, al que los minions querrían con locura, me temo).

Es muy probable que la candidatura de Rosenkranz a la presidencia de la República fuera un premio.

En los difíciles principios de Heinz Christian Strache, un hombre que se ha labrado a pulso durante estos últimos quince años un difícil camino desde la marginalidad de los ambientes más duros de la ultraderecha al punto en el que está ahora, se dice que fue Barbara Rosenkranz uno de sus más fuertes sostenes dentro de un FPÖ que estaba empezando a superar que Jörg Haider, el padre fundador, había decidido montar su propio chiringuito, el BZÖ, una estructura utilitaria en la que perpetuar su poder ayudado por una serie de caballeros de fortuna a los que, en su gran mayoría, se llevó la trampa del olvido cuando Haider murió después de estamparse, borracho como una cuba, contra un muro de hormigón.

Fue el último momento de gloria de Barbara Rosenkranz. Después de aquel día, su estrella política fue declinando progresivamente. Los elementos más duros del FPÖ, aquellos provenientes de la escena neonazi con la que Rosenkranz tendía puentes constantemente (circulan vídeos por youtube que la muestran cantando canciones de cuando la guerra) fueron desapareciendo del partido. La mayoría caían como hace unos días cayó Johannes Hübner. Una conferencia, una charla que trascendía a los medios durante la cual trascendía que se habían mencionado, con aire de complicidad, los antiguos clichés antisemitas, racistas o vaya usted a saber, protestas escandalizadas de la dirección del FPÖ y, si el interesado no dimitía por sí mismo, era excluido o relegado a una segunda fila.

Desde que Rosenkranz perdió la elección presidencial, prácticamente desapareció de la vida pública. Siguió siendo elegida diputada periodicamente, pero estaba claro para todo el mundo que, en el duro mundo de la política, que es todavía más despiadado que el de los actores porno, ella había dejado de ser una persona con la que se contase. De vez en cuando -las amistades, quizá sigan pesando-, Rosenkranz seguía actuando en las fiestas del partido (bancos corridos, gulaschkanonen, cervezotas, fieles devotos queriendo que los jaleasen a pasar por las aceras más salvajes de la vida). En el último proceso de elaboración de listas del FPÖ no fue incluida en ninguna.

Hoy se ha sabido que Rosenkranz, debido, según sus propias palabras, a un largo proceso de extrañamiento (Verfremdung) ha dejado el FPÖ y va a concurrir a las próximas elecciones por la lista de un tal Schnell, otro renegado del FPÖ. Irá la primera. Tampoco parece que a nadie le vaya a importar demasiado. Quizá solo a los minions.

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